Artículos — 2 Marzo, 2011 at 0:00

Dr. Feelgood, Una misión divina…venida a menos.

El documental Oil City Confidential ha devuelto a la actualidad los orígenes de una esencial banda británica que se dejó devaluar con los años. Sus primeros elepés siguen sonando ejemplares. Qué remoto suena pensar ahora en los días en que los Feelgood fueron, durante un par de minutos, el grupo enrolado en lo más alto de la escala hipérbole; el grupo al que los listos, escritores, pintores, artistas genéricos y borregos socio-contraculturales al movimiento de la corriente principal de Londres, se asociaban e iban a sus conciertos. Eso sucedía en 1973, poco después de haberse pateado todos los antros de su Canvey Island natal y la zona de Essex.

‘‘Probablemente incluso a los escritores y a los pintores les gusta ir a conciertos’‘, comentaba Wilko Johnson. ‘‘Así que, ¿por qué no acudir al mejor concierto en la ciudad?’’. Dr. Feelgood —nombre que se utiliza para definir al doctor autorizado a prescribir drogas, y apodo por el que se conocía al Bluesman Willie Perryman; de este último cogieron la idea para el nombre de la banda— fue un ente impar, sorprendente, catalizador. Me atrevo a decir, aún sin haber vivido la escena en primera persona, que no hubo una sola banda en todo el Reino Unido capaz de levantar tal ánimo de sorpresa entre los asistentes a sus conciertos. Probablemente los Who en 1965 causaban ese tipo de estrago entre la plaga erudita. Pero en 1973 los cánones mandaban otro tipo de onda. Dudo mucho que un tipo de desasosiegos intelectuales mostrase interés por una banda como Slade. Sin embargo, los Feelgood eran amenazadores, y su puesta escénica era en sí una obra de arte. No es nada nuevo. Cada cierto tiempo hay una banda o artista de rock que pone un punto y aparte y suelta un balón de oxígeno, para seguir con el transcurso durante otro lustro, más o menos. Del mismo modo que Allen Ginsberg se asociaba con el séquito de Dylan, Andy Warhol amparaba bajo su regazo a los New York Dolls, y Dalí se inspiraba en Alice Cooper, los Feelgood tenían todo aquello para ser la banda hype del momento y ser abrazados por la sociedad selecta londinense. ‘‘¿No eran una sencilla banda de bar interpretando rhythm&blues?’’, se preguntarán algunos. Pues no, amigo. Quizás hubiese algo de eso en la base rítmica formada por los estrafalarios John B. Sparks (bajista) y The Big Figure (baterista). Pero los otros tipos eran arena de otro costal. Lee Brilleaux (cantante, armonicista) no era la clase de cantante que susurraba al oído de las quinceañeras. Becerraba desde las entrañas, se negaba a cantar canciones sobre relaciones, vestía noche tras noche con la misma chaqueta blanca de corte americana —al final llegó a desconocerse el color exacto de la prenda—, y encontró una seña de identidad propia para formar su personaje de directo: un incesante movimiento, micro en mano, de codo y antebrazo, que marcaba la música a marcha militar y de modo amenazante. ‘‘Aunque Lee era muy estilista en sus ideales’’, apuesta Johnson, ‘‘estoy seguro de que MC5 le impactaron tanto como a mí, cuando fuimos a ver su concierto en el estadio de Wembley, junto a Chuck Berry y Jerry Lee Lewis. Si miras la cubierta de nuestro primer trabajo, Down by the Jetty, puedes ver que es nuestra forma de homenajear la de Back in the USA de MC5, bajo nuestra perspectiva de Canvey Island’’. Entra Wilko Johnson: compañero de ataque de Brilleaux, y principal compositor y canalizador del sonido de la banda. Wilko era y es, un guitarrista distinto. Su estilo de guitarra, catalogado como cortante, puede describirse como un ritmo intermitente tocado sin púa, pero al mismo tiempo incesante; una especie de rítmica discontinua silenciada por el mismo aireo de la mano, que se aplicó en algunas de las primeras grabaciones funk de James Brown, y que continuó tradición en el ska, y después de Wilko Johnson, en el punk británico y Talking Heads. Por otro lado, Wilko agarró muchos de los trucos de Mick Green, el tipo de Johnny Kidd & The Pirates, que tenía una habilidad especial para fusionar solista y rítmica. Pero tan importante como su tocada, que definió la personalidad del sonido del cuarteto, era su pasmosa fuerza escénica. Guitarra en hombro apuntando a la audiencia cual rifle combativo, paso adelante y atrás, andares verticales a lo Groucho Marx, saltos descerebrados, y ante todo, una afinidad con Lee, que quedaría marcada como una de las grandes parejas del rock. El conquistador y su escudero; el alcalde y el escolta; el uno por el otro, el pelotón de batalla. El binomio Johnson/Brilleaux duró poco; la banda se formó en 1971, la grabación de Down by the Jetty se finalizó a finales de 1974, y Wilko fue expulsado tras la edición de Sneakin’ Suspicion en 1977, aunque los titulares de la prensa británica dijeran que era el guitarrista quien dejaba la banda. Entre medio un fugaz número 1 en los puestos de ventas y éxitos, que les catapultó a lo alto de la vanguardia europea, con un directo veloz y contundente de aquellos que no se olvidan: Stupidity (United Artists, 1976). El recuerdo de Johnson: ‘‘Me sentí jodidamente bien tras la edición de Stupidity por dos razones. La primera es que el tipo de la compañía discográfica quiso que regrabásemos algunas partes del disco para captar un mejor sonido. Yo le dije que una mierda. Una grabación en directo es una grabación en directo. Así que cuando el disco alcanzó el numero 1 sentí que había triunfado, y ya podía decirle unas cuantas cosas a ese tipo. Por otro lado, llegar al numero 1 fue como ganar la lotería. Nos mostró que aquello que estábamos construyendo era el liderazgo de algo e iba hacia alguna parte. Estábamos vendiendo más discos que Abba, aunque sólo fuese por una semana’’.

DE VUELTA EN CANVEY ISLAND

Me imagino que los pintores y escritores que disfrutaron de la banda en los pubs ingleses, dejarían de hacerlo cuando los Feelgood alcanzaron el codiciado numero 1. Ser fan de Dr. Feelgood dejó de ser un secreto, eran un tesoro público. En los clubes británicos crecía ahora el invertebrado esqueleto del movimiento punk, un género al que se asocia el ritmo trepidante de los Feelgood; muchos les consideran el puente entre el pub-rock y el susodicho punk. ‘‘No sé cuanto hay de verdad en ello’’, comenta Wilko. ‘‘El termino pub-rock nunca me gustó. No describe un tipo de música, describe un tipo de lugar. Los pubs eran los sitios donde podías conseguir actuaciones, pero en esa escena se englobaban bandas de todo tipo: country, folk, blues, soul; no es que todos hubiésemos leído el mismo libro, por así decirlo. En cuanto a lo del punk… Creo que nosotros agotábamos a la gente, porque éramos más agresivos que el resto de bandas. Algunos se meaban, aterrorizados, sólo de vernos en escena’‘. Tanta explosión escénica acabó con la relación Johnson/ Brilleaux al término de su segunda gira americana, allá donde conquistaron el corazón de algunos de los miembros de Ramones o Blondie. Fricciones, alcoholemia, drogodependencia —sobre todo en el caso de Wilko—, discrepancia por el material a registrar… Johnson inició su interminable andadura en solitario —después de pasar por la banda de Ian Dury y grabar un álbum junto a los Solid Senders— y ahí sigue en la actualidad, ofreciendo un tipo de recital que no deja impasible a nadie. Los Feelgood pos-Wilko, por otra parte, quedaron en lo más alto que una banda con esos esquemas pueda imaginar. Siguieron llenando recintos en países como España, Francia, Alemania e Italia. En Reino Unido lograron mantener el tipo hasta que el efecto del single «Milk and Alcohol» —ya con John ‘’Gypsie’’ Mayo a la guitarra—, que había sido un gran éxito, pasó a la historia. La banda aguantó los cambios de formación, y siguió haciendo lo que mejor sabía hacer: tocar. Se transformaron en un acto irrelevante, atendido sólo por nostálgicos. Si no recuerdo mal, las últimas actuaciones de Dr. Feelgood con Lee Brilleaux, que falleció en 1994, en Barcelona se produjeron en la sala La Boite. Pasaron de ser una banda capaz de liderar una ceremonia en un campo de fútbol enfrente de diez mil feligreses, a las doscientas y pocas de un club de íntimas limitaciones. Pero mira por donde, en plena efervescencia y auge de realización de documentales musicales, el cineasta Julian Temple decide cerrar su trilogía sobre la música británica centrándose en los Feelgood, habiendo sacudido el género anteriormente con suculentos documentales sobre los Sex Pistols y Joe Strummer. El mismo Temple se presentaba en la edición 2009 del festival In-Edit, a su paso por Barcelona, a presentar el largometraje Oil City Confidential. Así comentaba el director la realización del documental: ‘‘Puede que a muchos de vosotros os resulte extraño que cierre esta trilogía con Dr. Feelgood, porque hoy en día no es una banda famosa. Pero no hay nadie que represente las provincias inglesas mejor que ellos. Hubo pocas bandas que me impactaron del modo en que lo hicieron Dr. Feelgood con sus conciertos. Cambiaron un modo de entender los recitales en Inglaterra, y fueron detonantes para el subterfugio del punk. No quemen la sala al finalizar la proyección, porque esta banda les incitará a ello. Arranquen los asientos y tírenlos contra la pantalla; con eso bastará’’.

EL EFECTO DOCUMENTAL.

Temple centró gran parte de Oil City Confidential en los límites geográficos de Canvey Island. La pequeña ciudad, antaño escaparate de vacaciones estivales de muchos ingleses, se convierte en temporada laboral en otra fea y saturada urbe inglesa, de corte gris e industrial. En Canvey Island nunca hubo mucho que hacer, excepto esperar a los turistas de redundancia económica, aquellos que prosperaron rápidamente después de los efectos de la segunda guerra mundial. No es de extrañar que los miembros de Dr. Feelgood tuviesen todo el tiempo del mundo para fantasear en sus alrededores: ‘‘Yo tenía en mi cabeza que vivía en una ciénaga, en el delta del Mississippi’’, comenta Johnson. ‘‘Por lo que de ningún otro modo podía interpretar otra música que no fuese rhythm&blues. Todos en Dr. Feelgood teníamos ese tipo de idea en la cabeza. Supongo que habíamos construido ese mundo de fantasía, obviando la refinería como fondo teatral: ¡esta es la ciudad del aceite! Donde la gente veía una cicatriz en el horizonte, a nuestros ojos era un hermoso paraje. Y menudos rascacielos; se mean en todo Nueva York’’. Obviamente nunca hubo una escena en Canvey Island; por lo que, los Feelgood, algo influenciados por Brinsley Schwarz, iniciaron su propia revolución contando sólo con el sonido que emanaba desde las ondas radiofónicas. Y principalmente eso es lo que intenta describir Temple en el documental; el empuje de las provincias industriales en los parámetros de las grandes urbes. Los Feelgood no tuvieron un antes, un espejo al que echar un vistazo. Eran 100 % originales; y así asienten los invitados que pasan por la cámara de Temple. Quizás por ser de las afueras asimilaron el éxito de forma errónea. Ignorantes ellos, la carrera de los cuatro Feelgood originales no debió sucumbir a los egos. Con el documental, el nombre de Dr. Feelgood ha vuelto a volar, no alto, pero sí a media altura. Su estreno en los teatros Ingleses provocó una semana de excitación. Fue como volver a la época cuando en 1977 fueron numero 1 en listas; un sube y baja de siete días. Las revistas especializadas y la prensa prescrita dedicaron atención a la banda. Wilko Johnson pudo girar con un poco de auge a su alrededor, y tanto Big Figure como John Sparks pudieron alargar su estancia de jubilación en Francia. Pero parece que ahí es todo. El documental sigue su curso en DVD, pero su única edición carece de subtítulos para el mercado exterior. Por otra parte, los chavales que se inician en el rock siguen desconociendo la valía de canciones como «Roxette», «She Does It Right», «Going Back Home», «Back in the Night», «The More I Give», etc. La versión deluxe de Down by the Jetty sigue valiendo un riñón, el magnífico Malpractice sigue sin ser reeditado en un buen formato —ni siquiera en vinilo, ahora que el artefacto está en auge—, y el cofre Looking Back lleva descatalogado unos cuantos años. Supongo que es mejor que los Feelgood sigan siendo un momento de placer íntimo para los que disfrutan de su idiosincrática música. Pero no vendría mal a las generaciones actuales y venideras de bandas en directo, que se fijasen en ellos y advirtiesen como era una banda de directo de verdad. Aunque ellos fueron irrepetibles.

SERGIO MARTOS

Publicado en Ruta 279, febrero 2011

 

 

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