Encuentros — 10 Diciembre, 2010 at 21:07

Ryan Adams, ser joven es estar triste y volado

’Ven a recogerme / Sácame a dar una vuelta / Déjame bien jodido / Róbame los discos / Fóllate a todos mis amigos / Son una mierda / Con una sonrisa en el rostro / Y luego repite / Ojalá lo hicieras’’ («Come pick me up»)

Pese a que el sentido crítico busca, y encuentra, semejanzas y  flaquezas, entran ganas de abrir las ventanas y gritar ¡salvados! Tal es la excitación, ya casi olvidada en los miserables últimos meses, que me han producido los discos del norteamericano Ryan Adams. Un descubrimiento tardío —llegaron juntos, en el mismo paquete, «Heartbreaker» y «Gold»—, que se ha apoderado de mi equipo de sonido, últimamente acostumbrado a las audiciones de trámite, las analíticas sin sobresaltos. Consumidos a fondo para desenmascarar el presunto efecto placebo tan habitual hoy día, superan el escrutinio con notable. Ambos discos almacenan talento, honestidad, bravura, pero sobre todo rebosan vida cuando tantos otros huelen a artificio o pretensión. Mi rendición podría deberse al aburrimiento crónico motivado por la repetitiva flaccidez del mercado discográfico actual, pero creo que también se explica en otros factores. Por ejemplo, en la siempre provechosa juventud, esa nerviosa inquietud que parece escapar por todos sus poros cuando canta. En la noble curiosidad por un periodo histórico concreto del rock unida a una impronta que procede de la música tradicional —fue cantante de Whiskeytown (1996-1999), uno de los más estimados referentes de la escena ‘’neo-roots’’— y de su inequívoca procedencia sureña. Es esa actitud entre ingenua y urgente que puntúa sus palabras cuando me habla desde Londres.

Ya oigo al carcamal que pugna, todavía sin demasiado éxito, por instalarse en mi pellejo cuarentón: sí, pero todo eso ya lo habíamos oído antes. A lo que, plenamente consciente, respondo: ¡el momento es lo que cuenta! Y el momento es ahora. Se debe ir más allá de la a estas alturas universal influencia de Dylan, disfrutar sin manías las sublimadas conexiones con Steve Earle o un novato Bruce Springsteen, superar la posible ilusión de ya visto junto a alguien que no puede tener esos complejos de aficionado resabiado. Porque es joven, está triste, va volado. Y por esa misma razón puede verse reflejado en mundos opuestos como el de los más vulnerables Smiths o el de aquellos epicúreos Stones de pantalones acampanados, invitar a Emmylou Harris a cantar en uno de sus temas y luego hacérselo con Beth Orton, citar a Sonic Youth pero versionear a Oasis. No está solo, le apadrinan veteranos de la talla de Elton John (‘’Un buen amigo. Me sorprendió, es un tío estupendo, una enciclopedia viva del rock’n’roll’’) o Glyn Johns (padre de Ethan Johns, su insustituible productor y batería, productor a su vez de Rolling Stones, The Who o Faces).

Sus conciertos pueden durar hora y media o tres horas, depende del público. El que da, recibe: así es él. Imprevisible. Se mete en el estudio de grabación y desembucha todo lo que lleva en tripa y corazón, sin pararse a reflexionar, escupiendo como si tal cosa ese «Too be young (Is to be sad is to be high)» digno de aparecer en un imaginario tributo a «Blonde On Blonde», o esa indirecta crónica de nuestro tiempo, por razones obvias, que es «New York, New York», con guitarrazos que miran a The Who y resopón de jazz bastardo a lo urbanita Reed. Ambos cortes abren «Heartbreaker» y «Gold» respectivamente —dolido, inspirado por un desamor el primero; el segundo más robustecido y refulgente—, álbumes musicalmente efusivos o introspectivos que pronto se desvelan caudalosos en sentimientos, cantados por esa voz que no tarda en hacerse amiga. Escuchando «Come pick me up», «La Cienaga just smiled», «Shakedown on 9th Street» o «Touch, feel & lose» se recupera un puñado de la ilusión desvanecida entre tanto cantautor posmoderno, un término que Ryan Adams ni entiende ni quiere entender. Bendito sea.

Tras abandonar Whiskeytown te sonrío el éxito muy rápidamente. Hoy estás nominado a tres Grammy. ¿No te inquieta esta situación?
Es un éxito modesto, no puede compararse al de otros. Y no pasó de la noche a la mañana. No ha sido tortuoso, pero cada peldaño ascendido fue producto de muchísimo trabajo. He girado incesantemente y mi mánager, tanto como mi antigua discográfica y la nueva, también han trabajado lo suyo. No me han echado de golpe en la carrera, todo ha llegado gradualmente. Lo de los Grammy es un honor pero también un tanto inquietante, hace que me pregunte cómo he llegado hasta aquí. Al final del día, con tanto trabajo, me encuentro exhausto. En ese aspecto no soy muy distinto a cualquier otra persona. Amo lo que hago, pero me agota, y cuando me paro a pensar el buen momento que estoy pasando no lo disfruto. Para mí ha sido un extraño viaje. Trato de aprender a disfrutarlo, pero a veces resulta surrealista lo que me está ocurriendo.

Como un sueño recurrente del que no se puede escapar…
Exactamente. Pero me siento muy agradecido por haber estado siempre rodeado de gente magnífica. Quienes me acompañan desde que abandoné Whiskeytown son personas cuya opinión valoro muchísimo. Con ellos ha sido más fácil subir los altos peldaños que antes parecían inalcanzables y hacer algunas cosas que antes me intimidaban. Con Whiskeytown me sentía como quien intenta aprender a ir en bicicleta sin ayuda, no logra mantener el equilibrio y se magulla las rodillas. Ahora tengo la ayuda que necesitaba: un mánager que además es un buen amigo, y los de la discográfica lo mismo, son personas con las que estoy a gusto aunque no estemos trabajando. Esto facilita las cosas a la hora de estar a la altura de lo que me exigen, y me exigen mucho, muchos vuelos, muchas entrevistas. El viaje es lo peor. Un amigo, hace mucho tiempo, me dijo que lo más importante en la vida es personarse, el resto viene por si solo. Y tenía razón. Acabo de regresar de Australia. Sabía que era un vuelo largo, pero no estaba preparado para las veintitrés horas desde allí hasta Londres, con escala en Singapur. Hubo un momento en que sentí que se me iba la cabeza, no podía creer que estuviéramos sobrevolando el Océano Indico. No he sentido mayor felicidad en mi vida que cuando aterrizamos en Londres. Volar de ida y vuelta hasta el otro confín del mundo para dos actuaciones y unas entrevistas hace que comprendas lo mucho que trabajas. Pero es un buen trabajo.

Sé que odias las comparaciones, pero siento en algunas de tus canciones, quizás no la huella directa, pero sí la clase de enérgica vibración de los inicios de Dylan y otros. Y, en el tema «Answering bell», escucho a Van Morrison.
Conozco la obra de Dylan, pero lo único que he escuchado de Van Morrison es lo que me ponen mis amigos y su aparición en «The Last Waltz». Al final de la adolescencia mis gustos musicales cambiaron, descubrí a The Band y me metí a fondo en los Rolling Stones. Está claro que abracé una serie de bandas que a la gente de mi generación no le interesan. Básicamente porque prefiero el vinilo y porque vi que eran grupos muy interesantes. A muchos de mis amigos no les gustan los Rolling Stones. La otra noche estaba de fiesta con los Strokes y pinché a los Stones, inmediatamente se quejaron y pasaron a Velvet Underground. Lo que me gusta del rock es que, cuando suena la guitarra, te comunicas a través de ella y surgen ideas. En cierto modo esas influencias se funden en lo que haces y te encuentras cara a cara con el oyente, manteniendo una conversación.

Eres de Carolina del Norte, pero emigraste a Nueva York siguiendo a tu novia de entonces, la Amy de la canción.
Ella es de New Jersey y, cuando dejó Carolina del Norte para instalarse en Nueva York, me invitó a pasar una temporada allí. Acepté y quedé atrapado, me gustó mucho, no al principio, pero cuando me acostumbré no había forma de sacarme de allí. Si atendemos a la cronología de mis discos con Whiskeytown, «Strangers Almanac» y «Pneumonia», los dos últimos, también tratan sobre Nueva York. He escrito sobre la ciudad desde que vivo allí, ha sido mi vecindario los últimos cinco o seis años, desde que tenía veintiuno, resulta difícil separarlo de quien soy, es parte de mi vida. En el Sur ocurría lo mismo, cuando escribía una canción sobre un lugar o un ambiente siempre incluía alguna imagen típicamente sureña.

Luego te mudaste a Nashville, una ciudad que en Europa se percibe como esa meca country irremisiblemente hortera.
Eso es tan erróneo como pensar que París es un lugar lleno de gente comiendo queso y bebiendo vino. Sabemos que no es así. De hecho, Nashville es muy cosmopolita. Yo la compararía a Manchester, si Nueva York fuera Londres, con más variedad. Pero lo mejor de la ciudad es que tiene algunos de los mejores estudios de grabación. Siento decir que el estudio donde grabamos «Heartbreaker» y también «Strangers Almanac» de Whiskeytown, donde Emmylou Harris grabó «Wrecking Ball» y Steve Earle «Guitar Town», ha cerrado. Pero hay otros buenos estudios y es un buen lugar donde vivir. Aparte del country establecido están Lambchop, bandas punk como Local Itch y gente como Gillian Welch, Steve Earle, Guy Clark y una larga lista de buenos músicos.

Tus álbumes son generosos en canciones, catorce en uno, dieciséis en el otro.
Cualquier disco importante, de esos que tardan de tres semanas a un mes en completarse, surge de un montón de canciones que grabas y de entre las cuales luego seleccionas las mejores. Actualmente en un CD, por su larga duración, pueden incluirse unas dieciséis canciones. El formato elepé hizo que nos acostumbráramos a menos, pero yo siempre quise meter más. La primera edición americana de «Gold» era un doble con veintiún temas. En vinilo sigue siendo un doble elepé. Hay gente que se aburre con tantos temas, y me parece normal. Llevo toda mi carrera haciendo discos demasiado largos, pero a partir de ahora voy a enfocar mejor, para que sean más concretos. Los dejaré en diez temas. También es más difícil hacer un buen disco con diez canciones que con dieciséis.

La producción se ha enriquecido bastante en «Gold», «Heartbreaker» sonaba más elemental…
A Ethan Johns le gustaría oír eso, aspira a que cada disco suene distinto. «Heartbreakers» lo hicimos Ethan y yo, y luego añadimos todos los demás instrumentos, mientras que en «Gold» grabamos todos juntos. La diferencia básica está en el sonido del estudio de Los Ángeles. Aquella sala no respiraba, no había eco, pudimos llenarla de músicos sin que sonara empastado y conservar así la sensación del directo. Metimos más instrumentos, porque la sala lo permitía, eso es todo. Me parece divertido que se diga que está más producido cuando, por nuestra parte, fue una confusión total a nivel de arreglos. Improvisamos mucho, pero afortunadamente funcionó.

Has dicho que en un álbum es más importante la continuidad que la inclusión de las mejores canciones. No todas las escenas de una película deben ser forzosamente brillantes o intensas, es necesaria una alternancia para construir una cierta narrativa.
Lo que dices es muy interesante, ojalá todo el mundo lo viera así. En una película donde todas las escenas son formalmente fantásticas estás ofreciendo al público un espejismo estético. Necesitas un argumento, la dinámica es lo más importante. Hoy la gente compra un disco básicamente por dos razones. Una, porque le gustan una o dos canciones, y el resto quizás lo escuchen alguna vez. Y otra, porque les gusta el artista en cuestión y en ese caso el disco se convierte en algo íntimo. Yo personalmente pongo un disco porque quiero participar. Para mí es más importante ser un artista de álbumes. Podría componer singles fácilmente, pero me interesa trabajar en algo un poco más evocativo, más personal.

Pareces muy prolífico, ¿tienes facilidad para componer músicas y escribir letras?
No puedo decirte si es fácil, no tengo con que compararlo. Lo paso muy bien componiendo, y lo mismo grabando, pero no conozco nada más. Las estructuras que he escogido para componer y grabar no tengo con que compararlas, no sé si son diferentes o no. No siempre es fácil, a veces soy muy autocrítico con mi forma de trabajar y me es muy difícil comprender cómo han de encajar las cosas en lo que quiero hacer.

Das la sensación de ser enamoradizo, hay muchas mujeres en tus canciones…
!Hay muchas mujeres en el mundo! No conozco a nadie que no se sienta fascinado por su amante. Pero no veo a tantas mujeres en mis canciones. Soy consciente de que tienen un elevado valor romántico, pero no más que el que pueda tener un autor de relatos. No escribo sobre cuestiones políticas, y definitivamente no me interesa plantear adivinanzas, no intento ser enigmático porque sí. Escribo sobre lo que ocurre a mi alrededor, no siento atracción por ir más allá. Prefiero dejar las cosas tal y como están.

Texto: Ignacio Julià. Publicado en Ruta181, marzo 2002

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