Artículos — 1 Diciembre, 2010 at 0:00

Reggie King y The Action, Requiem por el amo y señor del Pop Soul

De lo que estoy más orgulloso es de lo que grabé junto a Mighty Baby”. Esto me dijo una vez, durante una borrachuza conversación, Reggie King, el mítico cantante de los Action, ya por entonces en notable estado de decadencia física y no sólo. “Un momento” – pensé para mis adentros- “si, precisamente, Mighty Baby son los Action SIN ti!!!”. Lo pensé, pero me callé, porque –ya digo- el hombre no estaba muy fino. Me temo que estoy empezando esta casa por el tejado y que conviene hacer un repaso de la vida y milagros de este auténtico icono mod: Reginald King (n. 15/02/1945 – Londres), la voz soulera de ojos azules de la que hasta Paul Weller ha elogiado los méritos, poniéndole a la misma altura de Steve Marriott, o incluso en un plano superior: “De alguna forma, su rica y suave voz suena bastante más natural que la de Marriott”.

1,2,3, ACCIÓN!!

King era, en los 60, el cantante de una banda llamada The Action, que era el conjunto perfecto de Pop Soul de ojos azules, y que triunfaba con un sonido remarcablemente cool, basado en versiones de ese R&B y Soul que enloquecían a los Mods de la mano de Marvellettes, Wilson Pickett o Bob & Earl. A King y los suyos, Kiko Amat los describe como “los mejores fabricantes de Motown mod-esca de los 60’s”. Como buena banda Mod, The Action tuvieron un fandom muy fiel, hasta el punto de que llegaron a ser escoltados por un ejército de scooters a la entrada de Bournemouth ante una actuación incipiente, pero –a la vez- mucha mala suerte. Cuenta la leyenda que sus mismos fans, amantes obsesivos del secretismo, devotos de la exclusividad y la coolness subterránea, boicoteaban la promoción de esta banda que, a pesar de contar con George Martin como productor, no alcanzó ni un mísero número 1 en las listas de venta; a pesar de la indiscutible calidad del puñado de singles que llegó a publicar. 

En 1967, su mala suerte siguió un inexorable curso. La banda –siguiendo la tendencia generalizada- pegó un giro musical y, ahora con barbas, melenas y bigotes crecidos, su enfoque se alejaba del Soul de ojos azules para proyectar su sonido en una dimensión a medio camino entre el Pop Psicodélico y el Hard Rock.

Ya con un repertorio sólido, se enfrascaron en la grabación de un disco, Rolled Gold, firme candidato a boccato di cardinale de la era dorada de la psicodelia británica si no hubiera sido por la súbita cancelación de su publicación. El disco, o –mejor dicho- las grabaciones de esas canciones maravillosas sin mayor producción que la que se pudo hacer en su breve momento pre-cierre del grifo, no verían la luz hasta 30 años después.

 

Tras tan sonado fracaso, y ante una progresiva diferenciación de caracteres, Reggie King abandona la banda, que se convierte primero en Azoth y, poco más tarde, en Mighty Baby. Entendámonos, King era un tío divertido y dicharachero que disfrutaba frecuentando clubes, escuchando boogie blues y dándole al morapio, mientras que los intereses del resto de la banda tiraban más hacia el Islam (religión a la que algunos de ellos acabaron catstevensescamente convirtiéndose), Gurdjeff y degustar tés asiáticos.

 

SEPARACIÓN Y CRUCE DE CAMINOS

 

A pesar de tan sonadas diferencias éticas y estéticas, el colegueo entre King y los componentes de su ex banda permaneció. Y, mientras éstos grababan sendos portentosos elepés como Mighty Baby, ya en una vena de rock y folk de alta densidad psicodélica y plagados, ambos, de exquisiteces varias; King se enfrascaba en el proceso de grabar su primer álbum en solitario. Horror Movie nunca recibió tal título, que se quedó en el más anodino Reg King, a pesar de que se respetó la portada pensada para el primer título con lo que la gente no entendía nada. El disco tuvo una cierta resonancia en EEUU, pero casi enseguida pasó a formar parte de esos discos legendarios. Sí, sí: esos de los que te pasas media juventud oyendo hablar y sólo unos pocos viejunos con pinta de bullshitting fabuladores aseveran haber escuchado alguna vez. Hasta que, claro, llega el día de su reedición y –más allá de constatar su existencia, lo cual no es poco- puedes escucharlo y valorarlo tú mismo.

Si hay algo que en Reg King se nota y mucho, es que los 60 ya habían terminado, al menos para su autor. Y no, no me refiero sólo a la década, que también (el disco es de 1971), sino a su espíritu: a ese halo entre desenfadado y alucinado; el mismo que, para entendernos, describe Joe Boyd en su imprescindible Blancas Bicicletas, en el que fecha los 60 entre finales de los 50 y principios de los 70.

Aquí se nota que todo eso ha terminado y ello queda plasmado en sonido que, pese a llegar a recuperar un par de piezas del malogrado Rolled Gold, resulta amargo, a momentos incluso lóbrego. Enrarecido. Como si una angustia se hubiera apoderado del alma de Reg King, consciente de que hay algo que no volverá. Pero algo más descubrí cuando la reedición de este rarísimo disco llegó a mis manos: En este elepé, los músicos que participan son –entre otros, como por ejemplo Brian Auger (quien, a pesar de todas las pruebas ‘en contra’, siempre negó participar en este disco)- sus ex compañeros de correrías, Mighty Baby.

 

“No estabas loco, Reggie amigo, es cierto que grabaste con los babys; y menuda obra maestra paristeis juntos, caramba!”. Eso me habría gustado decirle. Me gustaría decirselo ahora, de hecho. Pero supongo que ya es tarde.

 

ANONIMATO COMPULSIVO

 

Una tremenda caída por unas escaleras, acontecida en algún momento de los 70, dejó muy maltrecho a Reggie y le apartó de los escenarios para verle ir y venir por hospitales y centros de salud, la memoria maltrecha y los nexos cerebrales altamente dañados. Una vez recuperado, decidió olvidar su carrera discográfica a pesar de contar con fans de enjundia, tal y como él mismo reconocería en una de sus escasas charlas públicas en esa década: “Hace poco estaba yo en el Dingwalls viendo a Dr.Feelgood, ese nuevo grupo con su guitarrista demente de mirada fija, cuando de pronto Robert Plant se acercó a mi mesa acompañado por su mánager y su séquito y dijo: ‘Tú eres Reggie King! Siempre iba a verte. Erais los mejores’. Yo le podría haber dicho: ‘pues entonces invierte algo de dinero en mí’ pero nunca me rebajaría de esa manera. Siempre he sido demasiado vago para eso”.

 

VUELTA A LAS ESTANTERIAS DE DISCOS

 

En el imprescindible Something beginning with O, el autor Kevin Pearce –que dedica un extenso panegírico a los Action, explica una interesante anécdota: “A finales de los ochenta una madre fue al Erith College, en el sur de Londres, una escuela para adultos subvencionada por el gobierno, y allí se encontró con un señor extraño y pequeñito, un verdadero gentleman dandy del Swinging London, que argüía haber cantado con un grupo de joven. En su casa la madre mencionó a su familia que el señor se llamaba Reggie King. Su asombrado hijo le enseñó la portada de The Ultimate Action; ‘Dios mio, es él’, dijo. ‘El cabello, el traje, todo’. El auténtico Reggie King perfectamente conservado. La imagen, la voz, la figura. Podía no ser rico ni reconocido, pero había sido el mejor. Eso es lo que importa”.

 

The Ultimate Action fue la recopilación editada por el sello Edsel que rescató en 1980 a The Action del olvido, y en la que incluso participó Weller, firmando unas bonitas notas de contraportada donde se hablaba de todos los ingredientes mágicos: de soul de ojos azules, de chicos montados en scooters, de infinito amor hacia la Tamla Motown y de mandíbulas batientes en oscuros clubes donde se viste con traje tónic. Pero lo más importante, The Ultimate Action volvía a colocar en las estanterías de las tiendas de discos a The Action, y generaba una nueva legión de fans, enamorados de ese puñado de canciones y de la voz que las cantaba. A pesar de ello (y de la posterior edición, siempre por parte de Edsel, del material inédito de Azoth, eso sí: malintencionadamente firmada como The Action), King decidió seguir en el anonimato y no volver a subirse a un escenario. Aún así, la semilla estaba plantada, y toda una generación de mods y fans de los sesenta iban a hacer suyo un grupo que había existido incluso antes de que ellos nacieran.

 

PHIL COLLINS Y EL MERECIDO HOMENAJE

 

A mediados de los 90, King tenía, sin duda, el gusanillo. Tenía ganas de volver a cantar y así lo hacía de vez en cuando, acompañando en la sala de ensayos a un grupo de pop de su barrio llamado Dog. Tanto éstos, como la antes mencionada legión de mods y fans en general cosechados con el paso de los años, le rogaban que se animara, y volviera a subirse a los escenarios. Pero no había manera, aquello sólo parecía fruto de la primaria voluntad de matar a ese gusanillo: el de berrear un poco en la intimidad. Así siguió todo hasta que, en un esfuerzo conjunto, la organización 60s The New Untouchables y Phil Collins (sí, el mismo, quien nunca negó que “The Action siempre fueron mi banda favorita”) unieron fuerzas no sólo para reconducir a King sobre los escenarios, sino para hacerlo con su primera banda, The Action, junta de nuevo. Una vuelta al ruedo que fructificó en el rodaje de un vídeo (con première en un céntrico cine londinense incluida), en la exhumación de sus grabaciones para la BBC (que hasta incluyen una muy bizarra revisión del India de John Coltrane) y una serie de conciertos en que la ternura de volver a ver a un King emocionado sobre un escenario lograba eclipsar la tristeza de ver a aquel pobre hombre con poca voz, muchas arrugas y una aura de tristeza, de cosas que no volverán, orbitando alrededor de su enclenque figura.

 

EPÍLOGOS, MUERTES Y ÚLTIMAS CABALGATAS

 

A veces, cuando pienso en aquel concierto y aquella posterior conversación bizarra con King con la que empezaba estas breves líneas, me gusta pensar que él sabía que aquella reunión era algo así como su última cabalgata. Y que en todo momento era consciente de que aquello no podía durar muchísimo más. Que, en fin, era como decir, me voy en dos telediarios, pero lo haré con un bonito traje puesto, cantando a Marvin Gaye y explicando anécdotas a los más jóvenes de las que ni siquiera yo me acuerdo bien. El 15 de enero de este mismo año, Mike “Ace” Evans, bajista de la banda, nos dejaba. Este pasado 8 de octubre le seguía King. Con ellos, se van dos piezas claves para entender el Pop anglosajón de los 60. Con ellos se van centenares de buenos recuerdos, pasados en habitaciones solitarias, inundadas por su música, o en clubes con pistas de baile a rebosar mientras las siete pulgas de un sencillo liberan, aguja mediante, toda la potencia vocal con la que King fue capaz de desgañitarse bajo órdenes de George Martin.

Sé que suena tópico, pero es verdad: ellos se han ido, pero siempre nos quedará la acción.

 

ALBERTO   VALLE

 

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