Artículos — 22 diciembre, 2010 at 0:00

Neil Young, preferentemente vivo

 

Destacan en el canadiense-californiano su eclecticismo, sus ilimitados recursos tanto en estudio como sobre un escenario, campo este último donde ha firmado grandes obras. Se impone pues un análisis crítico de sus discos en vivo oficiales. Vuelve a estar en primera línea. Tras el derrame cerebral de 2005 ha entrado en una frenética espiral productiva: cuatro discos en estudio, el documental Neil Young: Heart of Gold filmado por Jonathan Demme, y la publicación de dos volúmenes de las Archives Series. Y guarda en el tintero para principios de 2008 The Archives Vol. 1, 1963-1972, el voluminoso cofre con 8 compactos, 2 DVDs y un libro de 150 páginas. 

Así es Neil Young. Un megaprolífico artista cuyo currículo alberga tres discos con Buffalo Springfield, cuatro con Crosby, Stills, Nash & Young, uno como Stills-Young Band y cuarenta y un discos en solitario, amén de recopilatorios, bandas sonoras y box-sets, por no hablar de lo que guarda inédito en Broken Arrow, su rancho en La Honda, California. Ante esta desbordante magnitud artística acumulada en más de cuatro décadas, siempre surge la misma pregunta: ¿cuánto es aprovechable? Obviamente, cuarenta años grabando dan desde muy malo, hasta obras colosales que quedarán prendadas a lo que fue el rock’n’roll cuando ya no exista; pero los tertulianos siempre están de acuerdo en que sus álbumes en directo son feroces pese a lo variopinto del muestrario. Ha tocado con muchas bandas, algunas de ellas ficticias con el único fin de grabar en estudio: The Shocking Pinks (Everybody’s Rockin’), The Bluenotes (This Note’s for You), The Restless (Eldorado); otras reales: Pearl Jam (Mirror Ball) y Booker T & The MG’s (Are You Passionate?); y un montón con Stray Gators y Crazy Horse, pero sólo estas dos últimas han tenido el honor de participar en grabaciones oficiales de directos.

En estos tiempos donde la publicación de discos en directo empieza a menguar, entre otras circunstancias porque la mayor parte de los grupos se rompen al segundo elepé, Neil ha puesto en el mercado un elevado número de álbumes en vivo, pocas bandas atesoran tanta mercancía, ni siquiera los Stones, y curiosamente los mejores no se concentran en un periodo: los hay igual de buenos al principio como al final. Tras la gira Rusted-Out Garage con Crazy Horse en 1986 declaró públicamente que nunca más quería volver a trabajar con ellos. ‘’Estábamos pasando por una mala época. No tocábamos bien, aunque teníamos nuestros momentos. Fundamentalmente, los temas no eran muy atractivos. Ahora tenemos muchas canciones nuevas, y eso otorga interés a las antiguas. Esta es la clase de cosa que tiene que calcularse minuciosamente, y en el 86-87, no lo logramos, se unieron tantas cosas en nuestra contra’’, le dijo al periodista Nick Kent. Ni él mismo se imaginaba que dos de sus mejores obras en directo estaban aún por llegar, Weld (1991) y Year of the Horse (1997)… ¡y fueron grabadas con Crazy Horse!

De la lectura de este artículo podría desprenderse que los únicos directos válidos son los grabados con Crazy Horse. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que cuando se hace acompañar de ellos la electricidad estática que desprenden hace saltar chispas por los bafles, pero los acústicos Time Fades Away y Live at Massey Hall, mucho más luminoso este último, muestran a un Young en su faceta más humana. En lo que no ha cambiado es en su posicionamiento político, sigue siendo la mosca cojonera del gobierno de turno. Los estadounidenses muestran con orgullo que un padre y un hijo han sido presidentes; pero Neil Young afirma con más orgullo que él ha publicado canciones contra ambos: en «Rockin’ in the Free World» (1989) arremete contra George H.W. Bush, el padre, y en «Let’s Impeach the President» (2006) recusa al hijo. Genio y figura este Neil.

 

TIME FADES AWAY

Reprise, 1973

Un disco entrañable, emotivo, y con la tristeza recubriendo hasta el último surco. Hay que situarse emocionalmente en el lugar de Neil para comprender tanta melancolía: el 8 de septiembre de 1972 había nacido Zeke, su primer hijo con la actriz Carrie Snodgress al que se le diagnosticó parálisis cerebral y semanas después, el 18 de noviembre, fallecía Danny Whiten de una sobredosis de heroína. Una pena punzante que le obligó a optar por la introspección.

Publicado en octubre de 1973, es el primero de la trilogía denominada «Ditch Trilogy», la trilogía de la desesperanza, el periodo oscuro donde tocó fondo espiritual y anímicamente, al que le siguieron On the Beach (1974) y Tonight’s the Night (1975) que también recogen el dolor y el sufrimiento adicional por otra pérdida, esta vez la de Bruce Berry el 4 de junio de 1973 también de sobredosis. Siempre se puede ir a peor. Parece imposible que tras el brillante Harvest pudiera grabar una obra tan desgarradora, poesía negra que escarba en su esencia humana. La cubierta del disco, inmortalizada por una fantástica fotografía de Joel Bernstein en el Philadelphia Spectrum el 26 de enero de 1973, es una de las más bellas portadas de todos los tiempos.

Time Fades Away es un disco extraño por lo atípico, desconcertante para ser su primer directo, inortodoxo lo definió Rolling Stone. El sonido ambiental ha sido convenientemente eliminado, recuerda tibiamente que hay público por los escasos aplausos entre temas, ya de por sí apagados al tratarse de canciones inéditas que están escuchando por vez primera. Espectador que reacciona incómodo ante tanta desnudez cuando en realidad viene a escuchar «Heart of Gold» y está poco familiarizado con el sonido de los Stray Gators. Aunque «Love in Mind» y «Journey Through the Past» son tomas de 1971, el resto del álbum corresponde a la gira de principios de 1973. Una gira caótica con un Young intratable y pasado de tequila que acaba con la paciencia del baterista Kenneth Buttrey que huye espantado a la mitad dejando el puesto al ex Turtles y CSN&Y Johnny Barbata; Ben Keith, tan ebrio que no atina con las notas, y para colmo Neil sustituye su negra Gibson Les Paul por una Flying V, un modelo al que está poco acostumbrado. Entre tanta confusión el disco es montado con grabaciones seleccionadas de Oklahoma City, Seattle, Phoenix, Sacramento y San Diego.

El tema que abre el disco, «Time Fades Way», es una hipócrita reflexión sobre el abuso de drogas. «Don’t Be Denied», la más conocida, es una completa autobiografía que describe, envuelta en un perezoso riff pegadizo, desde su infancia en Winnipeg hasta los tiempos de Buffalo Springfield en Los Ángeles. La angustia y el Apocalipsis se juntan con la aflictiva «L.A.», una fantástica visión de la destrucción de la ciudad, continuación de una historia de odio hacia la urbe que ya inició con «Everybody Knows This Is Nowhere». ‘’He visto al amor hacer de un hombre un idiota’’, afirma en «Love in Mind» enterrando el dulce lirismo de los hippies, cantando las cuarenta a la extinta generación del flower-power, recordando que la vida real se aleja de los sueños. Cierra con «Last Dance», el más largo. Un tema fuerte y salvaje al estilo Everybody Knows This Is Nowhere, pero más emocional: ‘’Despiértate, es un lunes por la mañana / Sin tiempo para decir adiós…’’. Un áspero panegírico dedicado a Danny Whitten. Young se canta a sí mismo lo difícil de vivir con el pesar de una cierta responsabilidad por la muerte de su amigo.

Una obra incómoda que a Young no le gusta recordar, documenta su viaje a los infiernos, el perenne testigo de su alma herida, un autorretrato doloroso que odia. Es por ello por lo que no incluyó ningún tema en el triple recopilatorio Decade (1977) y nunca ha dado el consentimiento para ser editado digitalmente. Después del multiplatino Harvest, era razonable pensar que grabaría una secuela y viviría del éxito el resto de sus días. Por fortuna, no lo hizo. El impredecible Neil es así.

 

RUST NEVER SLEEPS

Reprise, 1979

Tras algo más de diez años editando discos en solitario llega el momento crucial, publicar un verdadero elepé en directo. Esta vez la banda elegida es Crazy Horse que se perfila como la preferida de Young, la que más currículo arrastra y que funciona perfectamente engrasada con la incorporación del guitarrista Frank Sampedro en lugar del desaparecido Whitten. Frank, criado en Detroit y traído al seno de la banda por Billy Talbot a los pocos meses de la muerte de Danny, debutó discográficamente con Zuma (1975). Su incorporación modificó sustancialmente el sonido de Crazy Horse, Whitten tenía un estilo más bluesy, más elegante. Poncho, en cambio, tiene menos recursos técnicos, es más duro, más rígido. Esta es la particularidad que define el salvaje nuevo sonido del grupo con el añadido que ahora Young explota más la faceta guitarra solista que antes.

Rust Never Sleeps es la primera entrega en tres actos de un proyecto que se completó con la película homónima —dirigida por Neil Young bajo el seudónimo de Bernard Shakey— y el doble Live Rust publicado cinco meses después. Pero como el anterior, tampoco es un directo al uso. Grabado el 22 de junio de 1978 en el Cow Palace de San Francisco presenta un elemento característico: una cara es folk acústico, y la otra, brutalmente eléctrica, es crujiente distorsión, penetrantes punzones que desconciertan al oyente cuando dan la vuelta al álbum. El lado acústico rememora lo mejor de Harvest y del siempre pasado por alto Comes a Time. Curiosamente este último se publicó en Estados Unidos el día anterior al del concierto: Young se repartía últimamente entre las dos facetas y optó por elegir los principios contrarios de la música. Una meridiana dualidad basada en el Bringing It All Back Home de Bob Dylan de 1965. El álbum presenta varias similitudes con Time Fades Away. Retocado también en estudio y conformado por temas inéditos, rebosa arte de principio a fin. Varias de las mejores canciones que ha escrito se encuentran en este disco, «Thrasher», «Pocahontas» y la exquisita «Sail Away», un dueto con Nicolette Larson, artista conocida por la versión de «Lotta Love» de Young ese mismo año.

Pero donde brilla sin duda alguna es en la vertiente eléctrica. Un sonido duro, pero no metálico, quebrado, como cuando se resquebraja un árbol seco. Young y Poncho, los leñadores, buscaban el acople, la unión entre generaciones discordantes, zanjar las discrepancias. Los Sex Pistols y Johnny Rotten, el icono punk, el líder espiritual de la generación del imperdible, dieron su último concierto en San Francisco unos meses atrás. En la misma ciudad donde el punk firmó el finiquito, Young equipara en «Hey Hey, My My (Into the Black)» la figura de Elvis Presley, inicialmente menospreciado y catalogado como una influencia peligrosa para la juventud y más tarde un icono, con Johnny Rotten. El mensaje transmitido es que el rock’n’roll nunca morirá si el artista es firme en sus convicciones. Rotten, el azote de los dinosaurios, tocó varios temas de Neil Young en un show radiofónico en Londres en señal de agradecimiento. Antes de cerrar el álbum libera todo su talento con la enérgica «Powderfinger», una visión de la América precolombina, que sencillamente quema el alma y te transporta a otro lugar y tiempo. Un disco intenso y expresivo que le valió el respeto del punk por esos diecinueve minutos de locura sónica, de catarsis generacional. Un fragmento proto-grunge que influyó en Kurt Cobain y Eddie Vedder.

 

LIVE RUST

Reprise, 1979

Hagamos una analogía. Si el periodo 1968-1979 en la vida de Neil Young fuese una estantería y los discos grabados fuesen libros, Live Rust ejercería el papel de sujetalibros. Es el último disco que cierra una época, una obra que sujeta la mejor etapa que nunca tuvo. Los años setenta se caracterizaron, entre otras particularidades, por la aparición de los álbumes dobles en directo. Fueron buenos años para ese género y varias magnas obras, At the Fillmore (Derek & The Dominos), At Fillmore East (Allman Brothers), Rock of Ages (The Band), Waiting For Columbus (Little Feat) o One For the Road (Kinks), se grabaron en esa década. Por derecho propio Live Rust es miembro de ese selecto club.

Publicado en noviembre de 1979, es la última entrega del concierto de San Francisco del año anterior. Realmente es una extensión de Rust Never Sleeps —contiene cuatro temas de él, «My My, Hey Hey (Out of the Blue)», «Sedan Delivery», «Powderfinger» y «Hey Hey, My My (Into the Black)»— y mantiene la filosofía del antecesor: un disco acústico y otro eléctrico. Arranca con la cristalina «Sugar Mountain», una canción que escribió en su decimonoveno cumpleaños —y sólo disponible en el recopilatorio Decade—, y viaja agradablemente al pasado con las pastorales, «Comes a Time», «When You Dance I Can Really Love», «The Loner», incluyendo una revisión de «I’m a Child» de la época de Buffalo Springfield, un recuerdo a sus tempranos días folkies. Pero, nuevamente, la fuerza se desata en el segundo disco con Young y Poncho castigando las guitarras en la demoledora secuencia «Powderfinger», «Cortez the Killer», «Cinnamon Girl» y «Like a Hurricane». Los solos de «Cortez the Killer» son especialmente deslumbrantes, al estilo Jimi Hendrix que, curiosamente, en la fotografía de contraportada su figura aparece en una chapa que Neil lleva colgada en la correa de la guitarra. Música que le salía del corazón. Un disco duro con el que se identificó una generación que tenía más preguntas que respuestas en aquellos violentos años de la debacle de Vietnam.

Su publicación en formato digital años después causó disgusto entre los seguidores, prueba palpable de que en ocasiones las nuevas tecnologías dejan bastante que desear. Aparte de un sonido pobre, alguien, al que no le habían explicado que las obras maestras no se cercenan, tuvo la abominable idea de acortar un minuto y medio a «Cortez the Killer» para que cupiera el doble vinilo en un compact disc. Por ello se pagan cifras elevadas por los vinilos de segunda mano.

 

WELD

Reprise, 1991

Tras un largo paseo por el fondo del desfiladero de la indiferencia artística, claramente representada por la perfectamente olvidable etapa Geffen que le valió un juicio por entregar álbumes anticomerciales, Young inició un lento despegue volviendo a Reprise. Si bien con Freedom (1989) la mejoría era evidente, es con el antológico Ragged Glory (1990), un brutal álbum que se encuentra entre lo mejor que ha grabado, donde regresa al punto donde nunca tenía que haber partido, con unos inspirados Crazy Horse como compañeros de viaje. Grabado durante la gira estadounidense de 1991, pivota en repertorio y sonido alrededor del aclamado Ragged Glory.

Abramos el debate, destapemos la caja de los truenos. ¿Qué álbum es mejor? ¿Live Rust o Weld? Como elemento conector Rust Never Sleeps/Live Rust sirvió de puente entre Young y el punk; y Ragged Glory/Weld lo fue con el grunge. Como ejemplo típico de feedback o retroalimentación entre generaciones, el álbum Rust Never Sleeps/Live Rust marcó profundamente a unos adolescentes Nirvana y Pearl Jam; pero claramente la crudeza de Ragged Glory/Weld bascula a su favor por sus ásperos riffs que se clavan como cuchillos de cristal y que fueron el determinante caldo de cultivo para que Kurt Cobain alumbrase Nevermind al año siguiente. Además, Young endeudado con la generación grunge que lo había elevado a los altares, grabó Weld cuando giraba con Sonic Youth de teloneros, estableciéndose una relación con el grunge que culminaría el año 1995 con la grabación de Mirror Ball con Pearl Jam como banda de soporte. Y si Live Rust fue grabado en la resaca pos-bélica de Vietnam, Weld lo fue en pleno epicentro de la Primera Guerra del Golfo y tuvo más efecto como elemento inquietante y perturbador entre la juventud estadounidense, sobre todo cuando acompañaba «Blowin’ in the Wind» con efectos sonoros de ataques aéreos —muy panfletario, todo hay que decirlo—. Es evidente que el peso artístico y social de Weld es ligeramente superior, llevándose la palma en otros aspectos nada desdeñables como sus dos horas de duración frente a los setenta minutos de Live Rust.

Weld contiene ese glorioso sonido que ya teníamos olvidado, repleto de acordes sucios y agrietados emitidos lacerantemente por unos Crazy Horse en estado de gracia. Una venenosa energía que permite comprobar que aunque han pasado doce años del último directo siguen igual, se siguen superando a sí mismo. Y un detalle importante de agradecer: omite afortunadamente cualquier referencia a la etapa Geffen. Lleva años circulando un slogan por ahí que cataloga a Crazy Horse como la tercera mejor banda de garage del mundo. Dado este descomunal derroche de pasión y destreza musical ya es hora que se les ascienda un peldaño. Fuego celestial digno de acabar con la generación ‘’noisy’’.

En edición limitada, se puso a la venta Arc, collage de desfases guitarreros empalmados hasta durar 35 minutos, demostración de que el noise rock no era un invento de las nuevas generaciones.

 

UNPLUGGED

Reprise, 1993

La señal que indicó que el punk había muerto definitivamente fue su absorción por la sociedad; cuando las ansias comerciales de los grandes almacenes lo fagocitaron y finalmente mostraron su filosofía en la planta quinta, sección juvenil. A modo de epílogo, la enjundia del género quedó tristemente expuesta en escaparates y maniquíes representadas por carísimas camisetas concienzudamente deshilachadas en jirones. Asimismo, quince años después, el grunge murió cuando bandas señeras (Alice In Chains, Nirvana), se prestaron a grabar un disco para la serie Unplugged de la MTV. Lamentablemente, sin necesitarlo, Neil Young sucumbió también a la moda. El Padrino del Grunge vendió su alma al Diablo para ser un partícipe más de ese engendro. Si se logra dejar aparte los prejuicios —lo reconozco, todavía no lo he conseguido—, estamos ante un buen disco semiacústico donde repasa lo mejor de sus veinticinco años de carrera.

Momentos brillantes con temas perfectamente ejecutados —«Pocahontas»—, agradables sorpresas —«Mr. Soul» interpretada exactamente como inicialmente la escribió o el rescate de «Transformer Man» una bonita canción del espantoso Trans que contiene una emotiva referencia a su hijo Zeke aquejado de parálisis cerebral: ‘’So many things still yet to do / But we haven’t made it yet’’ (Tantas cosas por hacer / Pero todavía no las hemos hecho); rarezas varias —«Stringman», un descarte de 1976— y donde tampoco escapan instantes patéticos como la pomposa nueva lectura de «Like a Hurricane» envuelta en acordes gregorianos de armonio.

Mi personal fobia hacia el álbum radica en que Young ya hacía años que llevaba haciendo ‘’desenchufados’’ y con una calidad infinitamente superior. Basta escuchar la cara acústica de Rust Never Sleeps o el descomunal Live At Massey Hall para caer en la cuenta que este nunca les hará sombra. Ser protagonista de la MTV, la cadena cuyo mercado meta son jóvenes que no sobrepasan la treintena, ayuda a mantenerse joven de espíritu al curtido Young. Una obra menor, anecdótica en todo caso, que gustará a los nuevos seguidores noveles en la misma medida que disgusta a los más veteranos.

 

YEAR OF THE HORSE

Reprise, 1997

Cabe preguntarse si era necesario otro directo en tan corto espacio de tiempo que además repite los esquemas de Weld: álbum doble, Crazy Horse de invitados, repaso denso a los clásicos —soberbios los nueve minutos de «Barstool Blues» y los trece de «Danger Bird»— y basado en un elepé que centraliza el repertorio; antes lo fue Ragged Glory y ahora el foco es Broken Arrow que irrumpió en las tiendas en julio de 1996. La respuesta fácil sería no; pero no hay que olvidar que Young pasa por un formidable estado de forma y está publicando buenos álbumes —Harvest Moon (1992), Sleeps with Angels (1994), Mirror Ball (1995) y Broken Arrow—, así como Crazy Horse en lo musical, con los que ha grabado el segundo y el cuarto. Por tanto, no aprovechar estos dulces momentos de genialidad artística sería dejar pasar una oportunidad que lamentaría si no quedara constancia.

Grabado en la gira de 1996, se le puede sacar punta, extraerle aspectos críticos. En primer lugar, el sonido. Una atenta escucha lo revela extraño, poco familiar. No es que Crazy Horse pierda fuelle, al contrario, están en plena forma, es problema de producción. Este detalle es más patente en los temas exclusivamente más eléctricos donde se observa que la trascripción del escenario al álbum difiere, ha perdido en la manipulación en el estudio. La explicación es sencilla. David Briggs, productor habitual de Young y fallecido de un cáncer en 1995, ha sido sustituido por Larry Johnson, un viejo amigo desde los tiempos de Woodstock y que se ha encargado de llevar al celuloide y producir varias diarreas mentales de Neil, algunas todavía inéditas.

Es un directo más convencional, menos transgresor que Weld, no explora nuevos territorios sonoros con el feedback, bien porque el grunge va de capa caída, bien porque a Larry Johnson se le va de las manos, pero lo cierto es que la intensidad eléctrica que deberían desprender los temas nucleares está ligeramente mermada. Estas cuestiones técnicas, en justicia secundarias, quedan compensadas con un magnífico repertorio que discurre entre canciones más recientes —«Big Time», «Scattered» y los altivos once minutos de «Slip Away»— pero tan deleitantes como las exposiciones sepias del mejor Young de antaño: una bonita lectura de la siempre sosegante «Human Highway», la jovial «Mr. Soul» en clave acústica y una estremecedora «Pocahontas», aquí por primera vez en versión eléctrica muy alejada de la que conocimos en Rust Never Sleeps. Un conjunto equilibrado pese al existente desfase de tres décadas entre algunos temas y una buena selección de cortes que no aparecen en recopilatorios y directos.

Nada más comenzar el disco se escucha gritar a alguien del público: ‘’They all sound the same!’’ (¡Todas suenan igual!). ‘’It’s all one song!’’ (¡Todo es una canción!), le replica Young. Quien sea capaz de entender esta anécdota, siempre apreciará estos discos. El sonido de Crazy Horse es monolítico, pero enérgico, con cuerpo. Neil Young ha tocado con músicos mejores, Stray Gators sin ir más lejos, pero el intercambio de energía entre Crazy Horse y él es especial, una de las mejores simbiosis en el rock donde se extraen mutuamente lo mejor de cada uno.

Con el paso del tiempo el sonido no ha cambiado y Neil sigue manteniendo adheridas sus intactas ideas. ‘’I’m still living the dream we had… for me it’s not over’’ (Todavía estoy viviendo el sueño que teníamos, para mí no ha finalizado), canta en «Big Time». Es obvio que todavía cree en el amor y la paz, los pilares en los que se sustentó el movimiento hippie. Y Crazy Horse pone la banda sonora. Me apuesto mi vinilo original de Live Rust que es el último gran álbum en directo que publica. Por cierto, Neil, en el calendario chino, 1997 es el año del buey, no del caballo.

 

ROAD ROCK VOL. 1

Reprise, 2000

Polémico en su momento, no supo congraciar a dos generaciones de fans. Mientras la post-grunge veía que el rock no es mucho más que esto, posiblemente por la ruidosa lectura de «All Along the Watchtower», los que nos criamos al abrigo de la locura desatada por Crazy Horse, se nos atragantó la decepción. Inicialmente la idea era brillante: evitar hacer un directo de su álbum más reciente, o repetir el esquema de confeccionarlo a partir de sus temas más conocidos, montar una banda de amiguetes de probada solvencia, rescatar temas menos conocidos, añadir una canción inédita, incluir una versión clásica e invitar a un artista de renombre. Todo mágico sobre el papel, pero este exceso de buena voluntad quedó en papel mojado mandando al traste las intenciones.

Subtitulado ‘’Friends & Relatives’’ (amigos y parientes), está grabado los días 19 y 20 de septiembre de 2000 en el Red Rocks Amphitheatre a las afueras de Denver. Ben Keith (guitarra, pedal steel), Donald Dunn (bajo), Spooner Oldham (piano) y Jim Keltner (batería), tienen el desagradable honor de haber participado en la grabación del peor disco en directo de Neil Young. El arranque con los dieciocho minutos de «Cowgirl in the Sand» promete sensaciones fuertes, teniendo en cuenta que es la primera aparición en vivo desde la versión acústica de Four Way Street en 1971 como Crosby, Stills, Nash & Young, pero la alarma salta a los pocos minutos. Es una banda forzada, un gallinero, un grupo desorientado tratando de seguir a un Young despendolado. Incapaces de acometer temas largos, constantemente se pierden y vuelven a recuperar el ritmo. Es peligroso jugar a ser Crazy Horse. Neil abandona en el minuto doce para quedarse con la guitarra haciendo ruidos distorsionados y solos que no van a ningún lado. Mal sabor de boca.

El resto de cortes seleccionados no son muy acertados. «Walk On», del desesperado elepé On The Beach, pierde su vibrante riff original quedando reducido a un mediocre tema; la espantosa «Fool For Your Love», un inédito de la época de This Note’s For You, hubiera sido mejor que siguiese archivada; «Motorcycle Mama» nunca destacó en Comes a Time, y aquí menos, y la introspectiva «Peace of Mind» queda reducida a una aburrida canción que no estimula al oyente ni con la ayuda en los coros de Pegy, su esposa. ¿Y por qué hay que tragarse una otra versión de «Tonight’s the Night» cuando todas las anteriores son de largo mejores?

De la quema se salva «Words», con un Neil soberbio y un excelente trabajo de Ben Keith en el pedal steel. Puede que Neil Young se lo pase bien con sus invitados sobre el escenario pero no significa que al oyente le pase lo mismo. Si se le suma que en esta ocasión Neil prescinde de Larry Johnson como productor, compartiendo él y Ben Keith las tareas en los controles, se comprenderá por qué el sonido queda un tanto abigarrado, una burda imitación, una copia barata de lo que hacía David Briggs. Alcanzó el puesto 169 en el Billboard, el puesto más bajo que ha tenido un disco suyo. Típico álbum que no sirve para ganar adeptos y, encima, genera frustración entre los fans. Afortunadamente nunca hubo un volumen 2.

 

LIVE AT FILLMORE EAST

Neil Young Archives Vol. 2

Reprise, 2006

Después de años de espera, se empiezan a publicar las ansiadas Archives Performance Series desde que fueran anunciadas a finales de los años ochenta. Pese a ser tan dado a recurrir a los guarismos cronológicos en los títulos, se salta el lógico orden correlativo y en noviembre de 2006 aparece en primer lugar el Volumen 2. Durante los meses de febrero y marzo de 1970, Neil Young y Crazy Horse estuvieron girando por Estados Unidos para la presentación del álbum Everybody Knows This Is Nowhere. El contenido recoge un fragmento entresacado de los conciertos registrados los días 6 y 7 de marzo en el neoyorquino Fillmore East. Que sea un concierto capado fue motivo de fuertes críticas por fans que esperaban algo más en la línea de las Bootleg Series de Bob Dylan. Aunque seis canciones están más cerca de un EP que de un elepé, los casi cuarenta y cinco minutos de duración, debido a las extensas jams incluidas, desmontan esta teoría. Grabado dos años y medio antes de la muerte de Danny Whitten, es el primer disco oficial con la formación original de Crazy Horse y la banda desarrollando todo su potencial. Un grupo en su plenitud artística que inyecta mediante estudiadas líneas de guitarras una tensión y vigor que lleva al oyente a un estado de hipnótico trance.

Albert Einstein demostró que la medición del tiempo es subjetiva; aunque nadie entendió el razonamiento. Hay diferentes formas de enfocar los álbumes en directo con Crazy Horse. Caer en el error de juzgar algunos temas como largos es utilizar un término banal que aquí carece de aplicación. A Young no se le puede aplicar el adjetivo largo. Los directos son intensos, convierten el sentimiento en una secuencia de notas yuxtapuestas formando un ente que en otros músicos se llama canción. Aquí no. No se trata de canciones, es arte delineado en el aire. Neil Young y Danny Whiten sujetan las notas hasta perder la cadencia, análogo al laid-back que explicaba JJ Cale, parece que se van a detener, pero las guitarras siguen funcionando, extrayendo dibujos. No finalizan hasta que la viñeta ha sido reflejada en su totalidad. Queda dibujada independiente del tiempo empleado. Los dieciséis minutos de «Cowgirl In The Sand» y los doce de «Down By The River» son la más alta expresión creativa que el dúo grabó cruzando las guitarras y son, sin duda, las versiones definitivas.

Los otros temas protagonistas, «Wonderin’», una canción que permaneció inédita hasta 1983 en que apareció en Everybody’s Rockin’, y «Winterlong», que no se editó hasta 1977 en la antología Decade, completan las razones que obligan la adquisición de esta pieza cuyo valor se ve también incrementado como documento histórico. Su corta duración explicaría el por qué ha estado archivado durante décadas pero la razón estriba en que son las únicas porciones con calidad aceptable que se han podido rescatar y que dejó bien producidas David Briggs. Lástima que se haya perdido la toma oficial de «Cinnamon Girl» que puede escucharse en los piratas de la época. En plena gira, y cuatro días después de estos conciertos, salió a la venta Déjà Vu de CSN&Y. Definitivamente, el cambio de década era suyo. Pocas veces el rock’n’roll ha sonado igual.

 

LIVE AT MASSEY HALL

Neil Young Archives Vol. 3

Reprise, 2007

El 19 de enero de 1971 Neil Young tocó en el Massey Hall de Toronto, Canadá, el primer gran concierto en su país natal desde que se marchara en 1966. Durante esos cinco años Young publicó discos con Buffalo Springfield, Crosby, Stills, Nash & Young y ya tenía encarrilada su carrera en solitario con After the Gold Rush, el tercer elepé, que había sido publicado en septiembre del año anterior y subió hasta el puesto 8 en el Billboard. Con veinticinco años, Neil vuelve a su tierra natal como el cantautor más aclamado, es el artista canadiense con mejor proyección. Regresa desnudo; es un concierto del Journey Through The Past Solo Tour donde se acompaña tan sólo de una guitarra acústica Martin D-45 y un piano. No es un show nostálgico, al contrario, el grueso del repertorio son canciones inéditas hasta sumar un total de diez. En cambio, a pesar de lo inesperado del recital, la respuesta del público es sorprendente, un respetuoso silencio mientras Neil canta acompañado de entusiásticos aplausos en cada final.

Hay diferentes formas de componer. Los Stones montan informales jams y sobre la marcha nacen los riffs. Otros, como Neil Young, prefieren rasguear la guitarra acústica en soledad. Entre el ambiente festivo de los primeros y la soledad minimalista del segundo media un buen trecho que es lo que caracteriza la forma final de la canción. En este último caso, el producto resultante difiere mucho de la chispa inicial cuando el resto de la banda aporta sus propios arreglos, cualidad más patente si fue compuesta en clave acústica y finalmente se grabó eléctrica. Por ello, escuchar canciones tal como fueron escritas por el autor muestra un encanto mágico que retrotrae mentalmente al instante en que fueron concebidas. Las versiones acústicas de «Down by the River» y «Cowgirl in the Sand» nos devuelven la imagen de un Neil Young componiéndolas en la cama durante una crisis febril cuando vivía en Topanga Canyon. Esta vuelta al origen primigenio de las canciones es el principal valor y el más relevante de Live at Massey Hall.

Un concierto cálido, elegante, y ante tanta pública confesión el espectador cae rendido por permitírsele mirar a través de las rendijas del alma que Neil deja abiertas. Uno de los momentos más entrañables, la suite «A Man Needs a Maid/Heart of Gold», es interpretada con el único acompañamiento del piano. ‘’Algunas personas miran su vida y dicen, bien, mi vida es como una película’’, recita Neil en la introducción mientras desliza las manos por las teclas. ‘’Esto es una canción de mi película’’, añade. No puede haber nada más íntimo entre artista y público. Teóricamente se debería haber publicado entre After the Gold Rush y Harvest, pero Neil lo abortó en contra del criterio de David Briggs. Los diez temas inéditos fueron repartidos posteriormente: cinco se incluyeron en Harvest; «Love in Mind» y «Journey Through the Past» otra vez en directo en Time Fades Away, «See the Sky About to Rain» en On the Beach y «Dance Dance Dance» la grabaron Crazy Horse en su primer álbum, aunque apareció en Decade con nueva letra y retitulada «Love Is a Rose». «Bad Fog of Loneliness» nunca se editó. Es el polo opuesto al crudo festival jam de Live at Fillmore East. Un disco introspectivo, pero no tan melodramático como Time Fades Away, uno de los mejores de los años 70 que, paradójicamente ha sido publicado en 2007, y una poderosa razón de por qué nos gusta escuchar música.

 

Manuel Beteta

Publicado en Ruta 245, enero 2008.

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