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Ty Segall – Paral·lel 62 (Barcelona)

Doce años habían transcurrido desde la última visita de Ty Segall a una sala barcelonesa, cuando recaló en Apolo con el doble elepé ‘Manipulator’ todavía humeante. Tiempo más que suficiente para que su discografía siguiera creciendo a ritmo compulsivo, para que cambiara varias veces de piel y para que su regreso generara una expectación que acabó colgando el cartel de sold out en Paral·lel 62. Segall, en cualquier caso, pareció poco interesado en alimentar la ceremonia del reencuentro. Salió a escena junto a su Freedom Band, enchufó la guitarra, el público bramó y él dejó que hablaran las canciones.

La primera fue «Feel», el Tourmalet de aquella obra cumbre de 2014, sin duda una buena manera de borrar de golpe la distancia acumulada con esa mezcla tan suya de fuzz, melodía y electricidad controladamente desbocada, poniendo rápidamente en situación tanto a la platea como a una banda que durante toda la noche funcionaría con una precisión casi orgánica, con Ty situado en el extremo derecho y ligeramente ladeado, en una posición desde la que podía observar a sus compañeros (Mikal Cronin, Emmett Kelly, Ben Boye y Evan Burrows) y, al mismo tiempo, no perderle el pulso a la audiencia. Como si necesitara medir de forma simultánea la temperatura de ambos lados del escenario.

Encadenó aquel ciclópeo hit con «Hospital», tema que abre su reciente ‘Chrome’, para enfatizar en escena que doce años pasan en un suspiro y que no ha rebajado un ápice su capacidad de demolición vía riff. «Candy Sam» (‘Emotional Mugger’, 2012), «Thank God for Sinners» (‘Twins’, 2012) y una abrasiva «Finger» (‘Melted’, 2012) asentaron el andamiaje sónico de la velada antes de que ‘Chrome’ empezara a apoderarse definitivamente del concierto. Y ahí estuvo una de las decisiones más significativas de la noche. Segall y los suyos tocaron las nueve canciones del álbum, pero evitaron presentarlas como un bloque cerrado, algo que evidenciaba la propia hoja del set list mostrando varias bifurcaciones posibles dentro de una estructura común, como si cada noche pudieran escoger su recorrido…

‘Chrome’ está construido sobre el empuje colectivo de cinco músicos, con dos guitarras que se buscan, se pisan y se responden, una base rítmica que empuja desde abajo y los teclados de Boye engrosando el centro. Pero su puesta en escena explicitó que no es un disco que abogue por la preeminencia del volumen: la clave está en la tracción, en cómo el estruendo impele al conjunto. Kelly podía fijar el riff mientras Segall se despegaba de él, lo deformaba o salía disparado por encima a lomos de su Gibson SG de 1962 modificada. En este sentido, las propias letras del álbum parecen habitar a menudo ese mismo territorio: correr, escapar, perder pie, dejarse arrastrar. Abajo, durante buena parte de ese tramo central, el público parecía convertir esa sensación en movimiento. El fuzz no era decoración ni textura añadida: era el motor de la noche.

Quizá por eso los regresos al catálogo funcionaron tan bien. Después de la larga inmersión en su nuevo trabajo, «Girlfriend» e «Imaginary Person» hicieron gravitar la noche de nuevo hasta ‘Melted’ sin provocar ninguna sensación de ruptura. Escuchadas junto al material nuevo, aquellas piezas de garage acelerado parecían formar parte de una misma conversación. Segall no trata su pasado como patrimonio ni parece demasiado interesado en subrayar qué canciones deberían ser recibidas como clásicos. Las toca y las deja convivir. Así, «Separation» devolvió la acción al presente cromático antes de que una expansiva y rugosa «She» (‘Freedom’s Goblin’, 2018), cerrara el cuerpo principal con una de las grandes descargas de la noche.

Hasta ahí, el concierto había mantenido una arquitectura bastante precisa. El bis sirvió para desmontarla. «Oh Mary», rescatada de su debut homónimo de 2008, llevó a Segall hasta sus orígenes más rudimentarios para, inesperadamente, colarse dentro del «L.A. Woman» de The Doors: más que una versión propiamente dicha, aquello sonó como una digresión entre carretera, ciudad y deseo, con Los Ángeles personificada y un californiano al volante. El recorrido desembocó en el coreado medio tiempo «My Lady’s on Fire», cerrando también una suerte de tríptico sobre la mujer angelina. Después de una noche de guitarras retorcidas, garage-fuzz y amplificadores fundidos, su melodía vulnerable  funcionó como una coda inesperadamente emotiva. Tras semejante tunda rock, Segall eligió despedirse desde otro lugar.

Tal vez ahí resida también una de las claves de su trayectoria. En Paral·lel 62 abrió con una canción de hace doce años, tocó entero su disco de 2026, picoteó en su inabarcable discografía, le guiñó el ojo a Jim Morrison y terminó con una de sus composiciones más delicadas. No fue exactamente un repaso de carrera ni una presentación de ‘Chrome’, sino algo más revelador: Ty Segall demostrando que esas versiones de sí mismo —que no son todas— pueden compartir escenario sin contradecirse.

Texto: Roger Estrada
Fotos: Marina Tomás Roch

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