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The Black Keys – Movistar Arena (Madrid)

No es fácil salir ligeramente decepcionado de un gran concierto. Parece una contradicción, pero es lo que mis queridos Black Keys consiguieron anoche en Madrid. Ojo, tocaron estupendamente, tienen canciones para aburrir, una banda magnífica y Dan Auerbach continúa siendo uno de esos guitarristas que necesitan muy poco para recordarte por qué llevas más de veinte años siguiéndoles. El problema no estuvo en lo que hicieron, sino en aquello que algunos esperábamos que hicieran.

La gira se llama Peaches ’N Kream y llega después de Peaches!, un disco de versiones presentado como una vuelta a las raíces y a una crudeza que la propia promoción comparaba con sus primeros tiempos. Para quienes conocimos a The Black Keys cuando todavía parecían dos tipos encerrados en un húmedo sótano tocando blues, aquello resultaba muy sugerente. Más aún después de Delta Kream, donde ya habían regresado magníficamente al blues de Junior Kimbrough, R.L. Burnside y demás héroes del North Mississippi Hill Country Blues.

Reconozco que incluso fantaseé con la posibilidad de volver a verlos solos. Dan y Patrick. Guitarra y batería. Punto. Nadie había prometido semejante cosa, así que la película me la había montado yo solito, pero el nombre de la gira y la naturaleza del disco invitaban al menos a esperar un espectáculo diferente. Y no lo fue en absoluto: una sola cucharada de Peaches! y ninguna de Kream!

Ante tal situación, al llegar a casa me zambullí en setlist.fm y comprobé que la evolución de los repertorios durante estos meses resulta curiosa: al comienzo de la gira hubo noches con mayor presencia de versiones y material de Peaches!; progresivamente el set ha ido acercándose al territorio seguro. En Madrid hubo blues, naturalmente, y alguna sorpresa tan agradecida como I Wanna Be Your Dog de The Stooges —que en realidad llevan interpretando desde hace un par de meses—, pero la columna vertebral volvió a descansar en las canciones que cualquier asistente esperaba escuchar.

Y aquí empieza el problema de escribir sobre una de tus bandas favoritas: las cabronas tienen demasiadas canciones buenas.

Cuando suenan “Gold on the Ceiling”, “Howlin’ for You”, “Tighten Up”, “I Got Mine”, “Little Black Submarines” o “Lonely Boy” resulta bastante complicado protestar. Puedes echar de menos otra cosa, pero mientras lo haces tienes delante a Dan Auerbach sacándole a la guitarra ese sonido seco, grueso y tremendamente reconocible que sigue separando a The Black Keys de buena parte de quienes aparecieron después intentando cultivar terrenos parecidos.

 

Patrick Carney continúa siendo un caso aparte. Siempre he pensado que es el “mejor peor batería” del mundo. Toca raro. Deslavazado, aparentemente impreciso, a veces parece estar a punto de perder una pieza del kit por el camino y difícilmente lo pondrías como ejemplo en una academia. Pero quítalo de ahí y probablemente The Black Keys dejarían de sonar como The Black Keys. Su manera de golpear forma parte de la personalidad del grupo tanto como la guitarra de Auerbach. La técnica sirve para muchas cosas; tener una voz propia sirve para bastantes más.

Además, la banda que les acompaña funciona estupendamente y proporciona el cuerpo que aquellas primeras grabaciones deliberadamente primitivas jamás buscaron. Los actuales Black Keys pueden sonar enormes sin perder completamente la mugre, aunque cada vez quede más lejos aquel dúo que parecía grabar sus discos con dos micrófonos, tres cables y una factura de electricidad pendiente.

Por eso disfruté especialmente cuando aparecieron pequeños cambios de dinámica y arreglos que sacaban las canciones de su zona habitual. Ya el año pasado, en RockLand Art Fest, me fascinó lo que hicieron con Everlasting Light: mucho más delicada y crepuscular que en el disco. En Madrid volvió a funcionar maravillosamente. Son precisamente esos momentos los que demuestran que The Black Keys podrían permitirse jugar muchísimo más con un repertorio que conocen de memoria.

Y quizá de ahí venga mi pequeña frustración. Porque hace poco más de un año los vi en Santo Domingo de la Calzada y aquella noche hubo mayor sensación de aventura. Comenzaron incluso como dúo antes de incorporar al resto de músicos y algunas canciones parecían estar siendo reconsideradas en lugar de simplemente interpretadas. Veinticuatro horas después tocaron en Vigo y, por lo que me contaron amigos con gustos, conocimientos y niveles de fanatismo muy diferentes, aquello fue otro mundo: estuvieron horribles. The Black Keys pueden ser desconcertantes incluso de una noche a la siguiente.

Afortunadamente, Madrid cayó claramente del lado bueno. Sonaron poderosos, Auerbach estuvo espléndido y el público —numeroso aunque sin llenar el Movistar Arena— respondió con entusiasmo. También hay que decirlo: comportamiento general excelente. Menos charlatán que otras veces, de esas noches en las que uno acaba enterándose de la vida sentimental del tipo situado tres filas más atrás mientras intenta escuchar una canción.

El bis tampoco necesitaba una bola de cristal. Little Black Submarines y después Lonely Boy. Y sí, es previsible. Pero también es un final redondo, aunque desgraciadamente lo único que demasiada gente llevaba esperando toda la noche.

Así que sería bastante injusto reprochar a The Black Keys haber dado un magnífico concierto de The Black Keys. Simplemente esperaba otro. Esperaba que Peaches! sirviera de excusa para desmontar un poco la maquinaria, volver al barro Delta Kream y recuperar aquella sensación de peligro primitivo. Quizá incluso reducir la formación durante una parte importante del repertorio. La publicidad nunca prometió eso explícitamente y, por tanto, realmente no hay engaño alguno. Pero cuando bautizas una gira Peaches ’N Kream y acabas ofreciendo un repertorio bastante próximo al de tu visita anterior, resulta inevitable preguntarse qué ha quedado realmente del concepto.

 

Curiosamente, los primeros conciertos de la gira sí incorporaron algo más de ese material. ¿Decisión artística? ¿Evolución natural del espectáculo? ¿Una manera de asegurar el tiro ante recintos que no siempre se han llenado? No tengo ni idea y sería tramposo afirmarlo. Lo único constatable es que, según ha avanzado el recorrido, los grandes éxitos han ido ganando terreno. Lo cierto es que  funcionaron y volveré a verlos siempre que pueda.

La nota triste llegó de la mano de uno de los grandes inventos del siglo XXI: “lo VIP” y su circunstancia. No tengo ningún problema con que alguien pague cuatrocientos y pico euros por conocer a la banda, ver una prueba de sonido, hacerse una fotografía y volver a casa con una bolsa llena de cachivaches. Cada cual se gasta el dinero como quiere. Me gustan bastante menos los Golden Rings, porque dividir la pista según el tamaño de la cartera me parece contrario a buena parte de la cultura en la que crecí, pero tampoco vamos a convocar una revolución por una pulsera. El problema surge cuando alguien confunde acceso preferente con una zona reservada en primera fila y se comporta como si estuviera en un palco VIP.

Un puñado de pijos con aquellos pases había entrado antes y ocupaba parte de la primera fila. Perfecto. Las condiciones del paquete se lo permitían. Pero, insisto, lo que no habían comprado era una butaca invisible con derecho a entrar y salir constantemente, atravesar varias filas y molestar a cientos de personas recurrentemente, traer cerveza, derramarla sobre los demás y recuperar después un espacio que alguien debía guardarles mientras repetían la operación.

Los que llevamos toda la vida viendo conciertos conocemos unas normas que jamás se han escrito porque tampoco parecían necesarias. Si quieres primera fila, llegas pronto. Si sales una vez para ir al baño, probablemente quienes tienes alrededor te dejarán volver. Si sois cuatro y necesitáis cerveza, sale uno y trae cuatro. Y si decides pasar media actuación entrando y saliendo, quizá tengas que aceptar que ese hueco ya no te pertenece. No es muy complicado de entender. Cuando varios espectadores protestaron por ese trasiego, la respuesta de alguno de estos privilegiados consistió básicamente en agitar con chulería su acreditación VIP como argumento definitivo. Habían pagado más. Punto. Y ahí está precisamente lo triste: “Qué pobres sois si lo único que tenéis es dinero”.

El pase VIP compra una fotografía, una prueba de sonido, merchandising y el derecho a entrar antes. No compra el derecho a tocar los cojones a quienes tienes alrededor. Si los promotores quieren garantizar a esos clientes un espacio permanente, estupendo: que habiliten una pequeña zona específica, que coloquen a esos cuatro acicalados gatos en el foso de fotógrafos o que inventen otra de esas categorías premium que tan bien se les dan. Pero mientras compartamos pista, compartimos también unas mínimas reglas de convivencia.

Texto: J.F. Léon

Fotos: Salomé Sagüillo

2 Comentarios

  1. Muy buena crónica del concierto, J.F. Léon (y muy buenas fotos, Salomé!)
    Muy de acuerdo con todo lo que recoges, aunque para mí ver a Little Barrie con ellos tocando fue una fabulosa sorpresa.
    Por cierto estábamos a tu lado y nos has sacado de la duda de lo ocurrido con respecto a lo ocurrido con el hombre con la acreditación VIP esgrimida más bien como placa de agente del FBI. Raro me pareció que no los sacaran de allí a otra ubicación, sin duda, más apropiada para ellos.

  2. gracias por la crítica

    estos chicos que cuando empezaron tocaban el nofun….. y transitaban del blues a la nowave… recuerdos

    …y que recuerdos la vez anterior con el grupito que quería fumar… el recinto ese es un poco chusco

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