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Sigur Rós – Auditori del Fórum (Barcelona)

Sigur Rós llegaba a Barcelona en el tramo final de una gira que ya es, de por sí, un acontecimiento: la banda islandesa recorriendo Europa colaborando con una orquesta local distinta en cada ciudad para dar vida a Átta, su disco más sinfónico, junto a los grandes momentos de su discografía. En el Auditori del Fòrum, esa orquesta era la Orquestra Simfònica del Vallès, acompañada por el Cor Francesc Valls. El recinto, majestuoso, nos recibía envuelto en una leve neblina que flotaba sobre el escenario, casi como un aviso. Lo que iba a pasar ahí dentro no pertenecía del todo a este plano de la realidad. Esa niebla ya empezaba a hacer su trabajo antes de que sonara la primera nota, preparándonos emocionalmente, disolviendo los contornos de la sala.

Porque ir a un concierto de Sigur Rós es siempre un desafío a las coordenadas de espacio y tiempo. Es una banda que nunca ha terminado de aterrizar del todo en este mundo, que transita por su propia dimensión, y afrontarles en directo es perder de vista la realidad tal y como la tenemos concebida. Es reaprender el lenguaje musical, verbal y sensorial. Es abrirse en canal para que broten los sentimientos más puros. Es dejarse llevar, fundirse con otras almas errantes en la butaca de al lado para capturar, entre todos, ese instante concreto en el tiempo. Es viajar de golpe a la infancia y, al mismo tiempo, bordear los límites de la muerte. Es subir al cielo y descender al infierno en la misma canción. Es despertar, abrir los ojos, y descubrir que un elfo te mira fijamente. Es intuir sonidos guturales, sin palabras reconocibles, y descodificarlos igualmente en imágenes de fiordos, musgo y hielo. Es todo y a la vez no es nada…

El concierto se dividió en dos partes bien diferenciadas. La primera, más introspectiva y contenida, tiró de un repertorio que, a parte de presentarnos alguno de los cortes más etéreos de Átta -su obra más reciente-, hundía sus raíces en Valtari y Ágætis byrjun, con la orquesta tejiendo capas de cuerda bajo la voz de falsete de Jónsi como quien construye una catedral nota a nota, entre calmas marinas y hogueras que ardían despacio. La segunda parte abría el abanico: entraba con fuerza el material más refulgente del ya citado Átta -que da sentido a toda esta gira orquestal-, se colaba el misterio sin título del disco ( ), cantado en volenska, ese idioma inventado que no significa nada y lo significa todo, y el pulso iba creciendo hasta desembocar en los dos puntos álgidos de la noche, colocados casi como una liberación tras tanta tensión contenida: «Hoppípolla», la explosión de alegría casi infantil de un hit que todos reconocimos al instante, con medio auditorio saltando imaginariamente en los charcos, y el cierre mítico y ceremonial  de la artúrica «Avalon», que puso el broche final, con toda la orquesta, el coro y parte de la audiencia desatados, como si nos despidieran en la orilla de una isla que solo existe en las leyendas.

Hay noches de concierto que uno sabe, mientras las está viviendo, que quedarán grabadas para siempre como una de esas tiras de fotografías fugaces y espontáneas que nos hacemos, furtivas, en un fotomatón. Esta fue una de esas felices anomalías que de vez en cuando nos regala la vida, en las que todos los astros parecen alinearse a propósito para entregarnos una velada perfecta. Barcelona, el Auditori del Fòrum, la niebla, la Simfònica del Vallès, el Cor Francesc Valls y Sigur Rós entregados los unos a los otros durante dos horas: una combinación que no se repetirá, y que permanecerá perenne en la memoria de quienes estuvimos ahí por los tiempos de los tiempos.

Texto: Rubén García Torras

Fotos: Marina Tomás Roch

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