
Puede parecer que el hecho de que un servidor reseñe un bolo compartido de JJ Extremera y Santi Campos presentando sus nuevos trabajos tiene algo de nepotismo. Y lo tiene. Porque lo que es indiscutible es que ambos son amigos míos. De hecho, hemos llegado incluso a tocar juntos, hace mucho, mucho tiempo. Pero también les digo que el hecho de tener que ponerme el gorro de redactor de esta Ruta, hace que quizá algunas cosas que me puede saber mal decirles directamente, pueda hacerlo con la excusa de una objetividad a todas luces inexistente.
El caso es que ahí estábamos, en un Heliogábal con una buena entrada para el tipo de concierto del que estábamos hablando, esperando con cierta dosis de misterio lo que iba a pasar. Ambos, JJ y Campos, se habían encargado, mostrando lo escasamente dotados que están para el marketing y también su honestidad, que aquello iba de intensidad. Pero de intensidad levada al cubo. En la puerta, incluso habíamos bromeado sobre la posibilidad de acabar bailando en el concierto, algo que no iba a suceder, evidentemente.
Tocaba arrancar la velada al local, o sea, a Extremera, con una banda en la que a su inseparable Jon Zuriaga en batería y voces, se unirían Juan Carlos Luque – este haría doblete como el propio JJ incorporándose a la banda de Santi -, su hijo Elmo Extremera a los teclados y un muy convincente Nico Canet a la guitarra. El objetivo, presentar un disco, Plors i Violes, que había oído deliberadamente poco. Por dos motivos. El primero es que no me suelen gustar los discos bilingües, y me da igual la combinación de idiomas que cojan. Soy así. Cada uno tiene sus manías. Digamos que “me cortan el rollo”. El segundo, y más convincente – o menos tiquismiquis – que desde el primer momento me dio la impresión de aquellas canciones iban a crecer en directo. Y quería que el primer impacto que tuvieran sobre mí fuera ese. Y acerté. Porque todo, en conjunto, me pareció con mucho más sentido de lo que el disco me había transmitido, con apenas 3 o 4 escuchas. Haciendo que, ahora sí, tuviera ganas de volver a él. Las piezas encajaron de golpe y JJ y su banda consiguieron marcarse un concierto emocionante y mostrar unas canciones bien construidas, llenas de matices y con un muy buen trabajo lírico. No era fácil, además, sabiendo que a continuación venía ese gigante que es, en todos los sentidos, Santi Campos. Y, a buena fe, pusieron el listón pero que muy alto.
El segoviano, castellonense de adopción, y habitante del mundo en general, Santi Campos puede pasar por uno de los mejores letristas de este país, aunque él insista en no creérselo. Eso sí, venderse, lo que es venderse, nunca ha sido lo suyo. Y nos está bien, y a él parece que también, después de tanto tiempo. Santi es capaz de lo mejor y…de lo mejor que lo mejor. Su intensidad en las letras es brutal, sencillamente, y su capacidad para conmover, inmensa. Por eso, quizá, es capaz de meterse en un embolado como Àprie, su último disco, y una especie de ajuste de cuentas “en positivo”, como lo calificaría él mismo, al presentarlo con la memoria de su padre fallecido. Pero la intensidad puede interpretarse de dos formas. Bien o mal. Como todo en esta vida. Puede ser un peñazo. Densa. Lánguida. Pasada de frenada.
O, como hace Santi, tan cercana que la sientas tuya. Campos, como dice en «Gigantes Melancólicos» que, por supuesto, sonó como todo el disco en el concierto, hace fotos con palabras. Qué frase tan perfecta y definitoria de su música. Porque uno, que conoce a Santi Campos desde hace la friolera de ¡33 años! pocas veces lo había visto tan convencido de lo que está haciendo como ahora. Arrancó su concierto con esa maravilla que es «El Hombre Cometa» de los añorados Amigos Imaginarios y de su disco Museo de Reproducciones de 2012. Tras ella, Àprie de principio a fin. No vi a Santi en su anterior visita, donde presentó el álbum al completo en acústico, pero sí en la anterior, donde a un repertorio variable cada noche añadió alguno de sus nuevos temas como la inicial «El Rey Desnudo». Encontrarse con las diez canciones del álbum ordenadas como en el disco de principio a fin fue todo un acierto. Luego ya encontrarán su lugar en el repertorio de Santi, si han de hacerlo. Como me decía el gran Josele Santiago hace apenas un par de días, “las canciones tienen caprichos, no tú”. Y estas, de momento, quieren estar juntas. Porque ahí es cuando la historia se narra. Ahí es cuando los juegos con las intensidades de los diferentes instrumentos toman sentido. Las paradas, los arpegios, los acordes imposibles…Todo encaja, en una combinación mágica de canciones complejas y sencillas a la vez. Donde todo parece muy fácil. Lo que pasa es que lo parece porque está haciendo Santi Campos, no tú. Con una banda compacta donde me toca destacar a un siempre discreto pero efectivo Juan Carlos Luque, y donde JJ Extremera adopta el papel de secundario, por muy productor del disco que sea, para dar a Campos la dosis de calma y confianza que él, como todos, necesitamos. Tras la descarga emocional cierra el concierto cantando «Ruido de Fondo» de La Alegría Vol1. (2019) entre el público y «Flora y Fauno» de Cojones (2016), auténticos contrapesos para lo que acabábamos de ver.
Y en esas que salimos del Heliogàbal, con la sensación de haber asistido a algo más que a dos conciertos. Quizá por la amistad, sí. Quizá por los años compartidos. Pero también porque JJ Extremera y Santi Campos demostraron que, cada uno en su momento vital, todavía tienen cosas importantes que decir y, sobre todo, maneras muy personales de decirlas. No bailamos, como ya habíamos previsto en la puerta. Pero tampoco hacía falta. A veces basta con que las canciones te zarandeen un poco por dentro. Y esa noche, entre Plors i Violes y Àprie, hubo unas cuantas que lo hicieron de sobra.
Eduardo Izquierdo






