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Ronnie Wood and Ammo Band – Sala Razzmatazz (Barcelona)

Hay conciertos buenos, conciertos memorables y, de vez en cuando, conciertos en los que uno tiene la sensación de estar asistiendo a algo que difícilmente volverá a repetirse. El de Ronnie Wood el pasado sábado 12 de septiembre en la sala Razzmatazz (gracias a Cruilla/United Live) de Barcelona pertenece, sin duda, a esta última categoría.

Histórico y, por momentos, profundamente emotivo. Me siento un auténtico privilegiado, 72 horas después, sigo en una nube. A sus 79 años, Wood apareció en una forma extraordinaria, sonriente, comunicativo y, sobre todo, feliz. Feliz de estar sobre un escenario, de tener una guitarra colgada al cuello y de tocar rock’n’roll. Y esa felicidad, que puede parecer un detalle menor, acabó siendo una de las grandes claves de la noche.

Razzmatazz no presentó el lleno absoluto que cabría esperar ante la visita de una figura de semejante calibre. Los 150 euros más gastos de la entrada seguramente tuvieron bastante que ver. Pero quizá esa circunstancia terminó jugando en favor de quienes estuvimos allí: había espacio para disfrutar del concierto y una visión magnífica del escenario. El público era un estupendo catálogo humano de stonianos de toda la vida, veteranos del rock’n’roll y aficionados de muy distinto pelaje, unidos durante dos horas por una misma devoción.

A las nueve en punto se apagan las luces. Tras una breve obertura, Ronnie Wood y su banda aparecen en escena y atacan “It’s Only Rock ’n Roll (But I Like It)”. Verlo, tan cerca, tan feliz, eso es lo que la muchachada actual define como “aura”. Difícil imaginar una declaración de principios mejor. Apenas han transcurrido unos compases y el público ya está rendido. Wood sonríe de oreja a oreja. No parece un músico veterano cumpliendo con una gira ni una leyenda administrando su legado. Parece sencillamente un tipo encantado de poder seguir haciendo aquello que lleva haciendo prácticamente toda su vida. Me consta que Ronnie es feliz actualmente, que quiere salir de gira con los Stones y necesita pisar el escenario. Y se nota, en cada tema, en cada lick, en cada riff.

Y a partir de ahí empieza el viaje. Porque el repertorio no pretende ser un concierto de los Rolling Stones sin Mick Jagger. Todo lo contrario. Ronnie recorre con enorme naturalidad los diferentes territorios que han formado su educación musical y su carrera: Stones, Faces, blues, soul, Dylan, rhythm and blues y rock’n’roll. Lo miraba desde las primeras filas y lo primero en lo que pensaba es en la cantidad de artistas, bandas, guitarristas con los que ha tocado Ronnie y al pensarlo me entraba vértigo: Ronnie es una auténtica leyenda y un músico, por ello, privilegiado, pura historia del rock and roll. Tras el arranque festivo en el que todos nos volvimos majaras, llegan “Am I Grooving You”, la deliciosa “Take It Easy” y uno de los primeros grandes momentos de la noche, “Flying”, de los Faces. Sí, tocamos el cielo. Poco después aparece “Hey Negrita”, recordatorio de hasta qué punto la guitarra y el sentido rítmico de Wood forman parte esencial del ADN de los Stones.

La versión de “Seven Days” de Bob Dylan vuelve a confirmar algo que atraviesa todo el concierto: Ronnie Wood no está aquí para demostrar nada. Toca con esa mezcla suya de precisión e imperfección, de groove y despreocupación, que siempre ha sido parte de su encanto. Nunca fue un guitarrista de exhibición técnica. Es algo mucho más difícil de conseguir: un guitarrista al que reconoces en pocos segundos y al que solo puedes amar profundamente.

La presencia de Imelda May añade además otra dimensión al espectáculo. Su poderosa interpretación de “Remember (Walking in the Sand)”, de The Shangri-Las, es uno de los momentos vocalmente más intensos de la noche. Salió a escena sensual, erótica, rabiosamente bella con un vestido color plata y jugueteó con Ronnie durante toda la velada. Junto a ella, Chanel Haynes (actual corista de los Stones) aporta otra voz formidable y permite que Wood haga lo que mejor sabe hacer: tocar, dirigir la banda, sonreír y dejar espacio a los músicos que le acompañan.

El concierto continúa creciendo con “Baby What You Want Me to Do” una excelsa versión de Jimmy Reed a quien tanto ama Ronnie y al terminar, sólo ante ese micrófono en forma de tridente, nos suelta: You know, I was waiting in the corner, waiting for my bus to come… ¡tate! Ese fabuloso rock and roll de su notable álbum “Slide on this” (1992) titulado “Show Me”. Nos venimos abajo con una preciosa “Mystifies Me” de su álbum “I’ve got my own álbum to do” (1974). Precisamente ese micro tridente hacía que Imelda y Chanel cantaran muy juntitas con Ronnie, y la interpretación vocal fue muy muy emotiva. Probablemente uno de los mejores momentos de la noche., Después llegan ¡“River Deep, Mountain High” Hacía falta una pausa, estábamos exhaustos pero no había tregua. Sale una violinista y Ronnie y la banda interpretan “Country Honk”. Aquí ya perdimos los papeles…. “It’s a hoooooonky tonk women”!…. Razz era una fiesta. Prosiguen con “Chain of Fools”, antes de adentrarse todavía más en el blues con “Boogie Disease” y “Spoonful” (cómo sonó esa cover de Willie Dixon, rabiosamente maravillosa).

 

Pero hay momentos que van más allá de la música. “Ooh La La”, de los Faces, dedicada a su viejo compañero Ronnie Lane, adquiere una carga emocional especial. Wood ha sobrevivido a muchas vidas, bandas, excesos, amigos y compañeros de viaje, y por unos minutos parece que todos ellos están también presentes en Razzmatazz.  Buena parte de que Wood pueda permitirse tocar con esa libertad y ese desenfado tiene que ver con la formidable AMMO Band que lleva detrás. No estamos precisamente ante músicos de acompañamiento anónimos. La sección rítmica la forman dos auténticos veteranos de lujo: Willie Weeks al bajo, músico de una elegancia y un groove extraordinarios que ha tocado con George Harrison, Eric Clapton o Aretha Franklin, y Andy Newmark a la batería, histórico colaborador de Sly & the Family Stone, David Bowie, John Lennon o Roxy Music. A la otra guitarra está Johnny Lee Schell, perfecto contrapunto para Wood, con quien intercambia riffs y solos sin convertir nunca el concierto en una exhibición de virtuosismo, mientras Andy Wallace completa el entramado desde los teclados. El resultado es una banda veterana, flexible y extraordinariamente musical, capaz de sonar poderosa sin perder nunca esa sensación de peligro y espontaneidad que debería tener todo buen concierto de rock’n’roll.

Sigo, a sabiendas de que me estoy alargando. La noche siguió con uno de los riffs más reconocibles de la historia, “Can’t You Hear Me Knocking” de los Stones. Ronnie se puso la chaqueta de Mick Taylor y lo emuló. La noche entra ya en su recta final con una soprendente “Outlaws” del álbum “1234” (1981). ¡Cómo sonó! Wood, Imelda y Chanel cantando con rabia y conjunción “They don’t make outlows like they use to anymore”. Vienen los bises.

Un medley de “Dust My Broom / Black Limousine / Plynth / Gasoline Alley” en la que Ronnie juega con su Slide guitar, nos conduce hasta el desenlace inevitable: “Stay With Me”. Faces. Rock’n’roll puro. La sala entera celebrando y Ronnie Wood todavía sonriendo. A las once termina todo. Dos horas exactas que han pasado como veinte minutos. Nos cita para Lisboa donde termina la gira. Ojalá pudiéramos estar ahí.

Uno sale de Razzmatazz con una sensación extraña. No hemos visto simplemente al guitarrista de los Rolling Stones. Hemos visto a un músico que lleva más de seis décadas atravesando la historia del rock y que, a los 79 años, sigue tocando porque aparentemente no concibe una forma mejor de estar vivo. Y quizá eso fue lo más emocionante de la noche: Ronnie Wood no parecía una leyenda recordándonos quién fue. Parecía un chaval recordándonos por qué empezó a tocar rock’n’roll.

Texto: Jordi Sánchez

Fotos: Marina Tomás Roch

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