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Jack White – O2 City Hall (Newcastle, UK)

 

Hubo un momento en el que perdí la fe en Jack White: cuando editó Boarding House Reach. Respeto absoluto a que un artista haga lo que le dé la gana —faltaría más— y hasta agradezco que alguien con la cuenta corriente resuelta prefiera arriesgarse antes que repetirse. Pero una cosa es respetarlo y otra disfrutarlo.

Aquella mezcla de electrónica, experimentación y marcianadas me interesó entre poco y nada. De hecho, pudiendo hacerlo, decidí no ir a verlo en directo en aquella gira. Afortunadamente, en 2022, llegaron Fear of the Dawn –todavía extraño pero bastante más disfrutable– y un Entering Heaven Alive, predominantemente acústico. En realidad dos discos casi complementarios. Era evidente que Jack White seguía buscando cosas. Estupendo por él. Yo seguía esperando que retomara el pulso de esos dos maravillosos álbumes de debut en solitario.

Verano de 2024: el misterioso (por su lanzamiento) No Name fue un puñetazo encima de la mesa. Volvían la guitarra, el blues, el garage, el fuzz y, sobre todo, las canciones. White parecía haber recordado que podía experimentar sin necesidad de olvidarse de aquello que le había convertido en uno de los músicos más excitantes de su generación. Y el reciente Frozen Charlotte me parece todavía mejor. Más concentrado estilísticamente, menos disperso, con un blues rock gigantesco y Led Zeppelin asomando la cabeza por todas partes. Pero cuidado: no estamos hablando de uno de esos grupos que se ponen pantalones de campana, afinan la Les Paul y juegan a vivir en 1971. Es Led Zeppelin pasado por la cabeza de Jack White en 2026. Músculo de gimnasio antiguo, hierro y sudor; nada de anabolizantes.

Así que, viendo que la gira no pasaba por nuestro país, acabamos viajando a Newcastle. Y las expectativas eran enormes. No había demasiadas dudas sobre su estado de forma porque las noticias de la gira eran excelentes y un par de amigos habían viajado recientemente para verlo y habían vuelto entusiasmados. La incógnita estaba en qué Jack White nos tocaría esa noche. Y hasta literalmente qué canciones, porque el hombre sigue sin utilizar un setlist cerrado y cada concierto es diferente.

Desde el primer minuto quedó bastante claro. Saltó al escenario sin introducciones ceremoniosas, sin calentamiento y sin esa costumbre tan habitual de algunos veteranos de administrar cuidadosamente la energía para llegar vivos al bis. White estaba frenético. Guitarra abajo, guitarra arriba, acercándose al Hammond, buscando al batería, girándose hacia el bajista, dando indicaciones y cambiando el rumbo cuando le salía de las narices. Y lo más importante: sonreía.

Porque si algo me sorprendió fue verlo disfrutar tanto, porque había leído reseñas que hablaban de un Jack White malhumorado, quizá por una nueva separación sentimental; quizá por Trump, al que atiza de lo lindo en redes sociales. Lo reconozco, fue un alivio verle tan feliz sobre el escenario. Había una complicidad brutal con Patrick Keeler, Dominic Davis y Bobby Emmett, una banda reducida al mínimo imprescindible —batería, bajo y teclados— que funcionaba con la precisión necesaria para seguir a un jefe que podía decidir en cualquier momento que aquello se iba por otro lado. Especialmente delicioso fue el protagonismo del Hammond, con White acercándose continuamente a Emmett para retarlo, empujarlo o simplemente disfrutar de lo que estaba tocando.

El escenario ayudaba a concentrarlo todo. Austero hasta decir basta, prácticamente desnudo, azul por supuesto, y presidido al fondo por la escultura asociada a Frozen Charlotte. Nada de pantallones ni de esa obsesión contemporánea por montar un parque temático alrededor de alguien que, en teoría, ha venido a tocar. Cuatro músicos bastaban.

Bueno, cuatro músicos, una tremenda pedalera doble –que unos gigantescos monitores azules nos impidieron escudriñar– y tres guitarras: su Fender Triplecaster, una Telecaster pasada por el laboratorio del doctor Frankenstein (la híbrida Acoustasonic que parece una Telecaster a la que alguien le ha hecho un agujero donde no debía) y esa maravillosa y destartalada Kay de los años cincuenta que parece encontrada en un contenedor y probablemente vale más que mi coche. Con ellas montó una carnicería de riffs, slide, fuzz y distorsión. El volumen, eso sí, fue excesivo. En primera fila llegaba a resultar atronador y hubo momentos en los que la saturación se comía parte de la definición de la banda. Si tengo que ponerle una pega a la noche, es esa.

Musicalmente fue una barbaridad, pero precisamente por no llevar un repertorio idéntico cada noche, tiene poco sentido describirlo canción por canción. Newcastle recibió una buena representación de Frozen Charlotte y No Name, pero White se paseó por prácticamente toda su carrera. The White Stripes, The Raconteurs, The Dead Weather, sus discos en solitario e incluso Robert Johnson con “Phonograph Blues”. Un catálogo enorme utilizado como una caja de herramientas, no como una lista de obligaciones.

Naturalmente hubo momentos reconocibles (y muy celebrados) para los fans de base: “Hotel Yorba”, “Fell in Love With a Girl”, “Lazaretto”, “Freedom at 21”… Pero una de las grandes alegrías estuvo en comprobar hasta qué punto las canciones nuevas podían mirar a las viejas de tú a tú. No hubo ese momento tan jodido de algunos conciertos de veteranos en el que aparece el tema reciente y media sala aprovecha para ir a mear. Y ahí Newcastle jugó una baza importante con un público mucho más educado que el español. ¡No hablan! No tienes detrás a cuatro cotorras explicándose la vida mientras alguien toca una canción que tú has pagado por escuchar. Eso sí, el gilipollas británico es premium y cuando aparece lo hace con una cantidad considerable de alcohol encima. Aquella noche tuvimos algún ejemplar cerca, aunque nada especialmente grave.

Lo que sí tuvimos fue una sala cantando. Y no solamente los estribillos. En varias ocasiones White dejó frases en manos del público y se encontró con que la gente continuaba las canciones enteras. Se le iluminaba la cara. En “Steady, as She Goes”, ya avanzada la noche, aquello fue especialmente evidente: dejó cantar, escuchó la respuesta y sonrió como un crío. La retroalimentación fue creciendo y el concierto también. Cuanto más daba Newcastle, más se venía arriba White; cuanto más se desmelenaba él, más respondía la sala.

Y aquí aparece otra particularidad que al principio me tocó bastante las narices: los móviles estaban prohibidos. Nunca había vivido un concierto así. Al entrar nos entregaron una funda, metimos dentro el teléfono y quedó bloqueado hasta la salida. Y yo soy de los que graba, siempre canciones enteras, porque los putos móviles actuales registran sonido e imagen de maravilla, porque me gusta compartir esos vídeos y porque, sí, alguna vez vuelvo a verlos.

Pues he de reconocer que lo de quitarme el móvil funcionó, aunque durante los primeros minutos pensé alguna vez «joder, qué foto habría aquí». Después me olvidé. No tenía que decidir qué grababa, ni sacar el teléfono, ni comprobar si había enfocado bien, ni contemplar el escenario a través de la pantalla del tipo de delante. Solo estaba allí. Y cuando terminó me di cuenta de que quizá había perdido unas cuantas imágenes, pero había visto todo el concierto sin pestañear.

No pienso convertirme ahora en apóstol de las fundas Yondr ni reclamar que se prohíban los teléfonos en todas partes. Mañana iré a otro bolo y probablemente volveré a grabar. Pero como experimento, y tratándose además de un músico tan imprevisible como White, fue revelador.

El final llegó con la mencionada “Steady, as She Goes” y, sí, con “Seven Nation Army”. Porque existe incluso cierta leyenda alrededor: sólo suena si Jack está suficientemente contento como para tocarla. En Newcastle debía de estarlo. La atacó con esa vieja Kay y dos mil personas hicieron el resto con un riff que hace mucho dejó de pertenecerle.

Salimos con la sensación de haber visto a un músico en uno de los mejores momentos de su carrera reciente. No a alguien celebrando el pasado, ni siquiera a un artista presentando Frozen Charlotte, sino a un Jack White que parece haber reconciliado finalmente sus ganas de investigar con su capacidad para hacer ruido, escribir canciones y tocar la guitarra como un condenado. Y eso era exactamente lo que llevaba años esperando volver a encontrar.

Y me vais a permitir que siga con una loa y un par de reflexiones:

Lo de acabar viendo a Jack White en Newcastle tampoco fue exactamente casual. Podíamos haber elegido Londres, donde había tocado dos noches unos días antes en el Eventim Apollo, pero cada vez tengo más claro que, cuando uno viaja para ver música, las ciudades secundarias pueden ser mucho mejor negocio que las grandes capitales. Y no hablo solo de dinero.

El O2 City Hall de Newcastle fue todo un descubrimiento. Un precioso recinto con aspecto de teatro clásico, inaugurado en 1927 y con capacidad para algo más de 2.000 personas, frente a las más de 3.000 que admite sentado el Eventim Apollo londinense y las más de 5.000 que puede alcanzar en otras configuraciones. Se veía estupendamente, sonaba muy bien —con la salvedad ya mencionada de la brutalidad que llegaba directamente del escenario— y conservaba esa sensación de cercanía que empieza a desaparecer en cuanto metes varios miles de cuerpos más en una sala.

Además, el precio de la entrada era razonable y Newcastle permite dormir sin tener que vender un riñón, detalle que empieza a ser relevante cuando uno pretende seguir viajando para ver conciertos. Londres es maravillosa, pero últimamente consultar el precio de un hotel allí puede provocar lesiones oculares.

La organización del City Hall también nos dejó alucinados. No recuerdo haber visto tanta gente trabajando en un concierto. Personal en las puertas, seguridad, asistentes por todas partes, empleados dentro del recinto… Por momentos parecía que había más trabajadores que músicos. Ignoro si aquello responde al modelo de gestión británico, a las características de la sala o simplemente a que están extraordinariamente bien organizados, pero funcionaba. Y no me olvido de un par de amables muchachas que prepararon cientos de vasos de plástico con tres dedos de agua que no dejaron de ofrecernos a las primeras filas durante todo el concierto.

Y la amabilidad también fue muy de agradecer porque habíamos conseguido hacer algo aparentemente complicado —comprar dos entradas—que acabó convertido en una pequeña pesadilla tecnológica. O2, O2 Academy, aplicaciones, usuarios, contraseñas, registros, reseteos… En algún punto del proceso nuestros tickets habían decidido independizarse y nosotros éramos incapaces de descargarlos. Llegamos con tiempo al recinto y con esa agradable sensación de haber viajado hasta LA Pérfida Albión para contemplar un concierto desde la puerta.

Primero nos atendió una mujer de seguridad. Después apareció alguien del City Hall que nos ayudó a desenredando el lío hasta recuperar las entradas. Ni malas caras, ni el clásico «eso tiene que solucionarlo usted desde la aplicación», ni abandonarnos frente a un código QR mientras la tecnología se descojonaba de nosotros. Y, por último, apareció una señora de la compañía de telecomunicación que como desagravio nos metió en la cola preferente.

Y no voy a negarlo, pero aquí aparece un pequeña contradicción ideológica: Me tocan bastante las narices esas nuevas jerarquías que hemos ido incorporando a los conciertos. Entrada normal, entrada temprana, golden circle, VIP experience, cola rápida y su pvta madre… Parece que ya no basta con pagar para ver a un grupo: también podemos pagar para entrar antes que el desgraciado que ha pagado para ver exactamente al mismo grupo. Me parece bastante clasista.

Dicho lo cual, entramos de los primeros y terminamos en primera fila, que es donde me gusta ver los conciertos. Mis principios sobrevivieron, aunque aquella noche experimentaron cierta flexibilidad.

Y ya metido en las batallitas del abuelo cebolleta os diré que también llamaba la atención el pequeño ejército que acompañaba a White. Los roadies parecían formar parte de la propia escenografía: sombreros, corbatas, ropa elegante y una actividad constante alrededor de un montaje que, paradójicamente, era muy austero. Hasta en eso existe una estética Jack White: puedes montar un escenario prácticamente vacío y conseguir que hasta quienes cambian las guitarras parezcan pertenecer al espectáculo.

Y termino con un consejo que ya he esbozado: Newcastle. Y, obviamente, no pretendo descubrir ahora una ciudad que lleva unos cuantos siglos en el mapa, pero sí reivindicar algo que olvidamos con demasiada facilidad quienes vivimos en lugares como Madrid: tendemos a pensar que, si vamos a desplazarnos para ver a alguien, debemos hacerlo a Londres, París, Nueva York o cualquiera de las plazas obvias. Y quizá estemos haciendo justamente lo contrario de lo que nos conviene.

Una ciudad más pequeña ofrece hoteles considerablemente más baratos, desplazamientos sencillos y, muchas veces, recintos mejores para el espectador. Jack White no iba a tocar peor por estar en Newcastle. De hecho, después de ver cómo reaccionó al entusiasmo del público, cuesta imaginar cuánto mejor podría haberlo hecho. La diferencia es que allí podíamos tenerlo a dos metros en una sala de poco más de 2.000 personas.

En España tenemos ejemplos continuamente. Una misma gira puede llevarte en Madrid a La Riviera, rozando las 3.000 personas, mientras en Barcelona el mismo artista aparece generalmente en el Apollo, una sala bastante más amable y de aforo menor. La entrada puede costar normalmente lo mismo. Evidentemente, el promotor no hace las cuentas concierto por concierto: organiza una gira y necesita que el conjunto sea rentable. Así que, de alguna manera, los miles de personas que acuden a un concierto a Madrid ayudan a que unos cuantos centenares de barceloneses vean al mismo grupo en unas condiciones mejores. Cabrones. Lo digo con cariño. Más o menos. Porque también sería ridículo quejarme demasiado. Vivir en Madrid (o alrededores) significa disponer de una oferta musical que obliga a elegir y permite ver prácticamente cada semana a alguien interesante. Es un privilegio enorme. Pero precisamente por eso uno termina acostumbrándose a recintos grandes y puede olvidar lo mucho que cambia una actuación cuando reduces el aforo a la mitad.

Y, ya puestos, voy a ahondar un poquito más en el público británico en este tipo de conciertos, porque mi experiencia reciente se limita a Teskey Brothers, Black Keys y Jack White. Y ya he contado cómo empujó a White durante el concierto, pero existe otra diferencia que agradezco cada vez que veo música allí: van a escuchar. Por supuesto hablan, beben y hacen todo lo que hacemos los seres humanos antes y después de un concierto, pero cuando empieza la canción no parece necesario mantener una tertulia a gritos con el de al lado, que es lo que nos pasa en España. Y dejemos a la ruidosa audiencia estadounidense para otro día, que merece mención aparte.

Los británicos tienen otros defectos. El principal suele venir embotellado. Porque el borracho inglés, cuando decide ejercer, puede alcanzar una excelencia difícilmente igualable. Tuvimos un par detrás dando algo el coñazo, aunque nada serio. Mucho peor fue mi experiencia unos años atrás viendo a The Black Keys en Manchester, donde aparecieron varios ejemplares bastante más asilvestrados. Eso sí: el resto del público los puso rápidamente en su sitio. El gilipollas puede ser internacional; la tolerancia hacia él cambia bastante según el lugar.

Así que Newcastle terminó siendo bastante más que la ciudad donde tocaba Jack White aquella noche. Fue la confirmación de algo que llevaba tiempo sospechando: si vas a viajar expresamente por un concierto, quizá merezca la pena mirar el mapa antes que el tamaño del nombre de la ciudad. Menos aforo. Hotel más barato. Mejor acceso. Una sala magnífica. Primera fila. Y un músico que aquella noche parecía encantado de estar exactamente allí. ¡Ah! Se me olvidaba, ¡me cago en Ryanair! 😉

No sé dónde veré a Jack White la próxima vez. Después de Newcastle, lo que sí tengo bastante claro es dónde empezaré a buscar. Probablemente no será Londres. Ojalá que en Madrid o Barcelona.

Texto, fotos y vídeo: J.F. León

 

 

 

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