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Hermanos Gutiérrez – Gran Teatre del Liceu (Barcelona)

 

Hermanos Gutiérrez apenas necesitan dos guitarras, un puñado de percusiones y el silencio que dejan entre nota y nota para que sus directos entren en un territorio sin fronteras que va del desierto de Nuevo México a la cordillera andina y de ahí, sin previo aviso, al espacio exterior.

Estevan y Alejandro Gutiérrez —suizos de nacimiento, ecuatorianos de sangre y raíz— llevan una década construyendo una obra instrumental en constante crecimiento y evolución que les ha llevado a tocar por todo el planeta y ser un referente en su género. Su música nació lejos de cualquier foco: guitarras entrelazadas, lap steel, ecos de Ennio Morricone y de la música latinoamericana de mediados de siglo, grabaciones caseras que circulaban casi en la sombra. Pero algo cambió a partir de 2022, cuando Dan Auerbach —guitarrista y voz de The Black Keys, productor y dueño del sello Easy Eye Sound en Nashville— descubrió su música y los invitó a su estudio. El propio Auerbach ha contado que no quiso tocar nada de lo esencial de su sonido, sino añadir capas sutiles: percusión, castañuelas, cuerdas pequeñas, alguna guitarra suya de invitado… El resultado, El Bueno y el Malo (2022), fue el primero de una trilogía —Sonido Cósmico (2024) y Los Ojos del Condor, el más reciente— que los propios hermanos han descrito como un salto decisivo en su evolución como artistas, el momento en que su música dejó de ser un secreto bien guardado para convertirse en un fenómeno que hoy llena grandes recintos y festivales de todo el mundo.

Y pocos escenarios simbolizan mejor ese ascenso que el Liceu. Que una banda instrumental, sin una sola palabra cantada, pueda ofrecer dos noches consecutivas en uno de los templos operísticos más prestigiosos de Europa —un lugar donde tocan los elegidos— dice tanto de su momento actual como de la naturaleza casi litúrgica de sus conciertos. No sorprendió, por tanto, que fueran los propios hermanos quienes, entre canción y canción, quisieran subrayarlo: «el teatro más bello en el que hemos tocado», dijeron, con la sinceridad de quien todavía no da por sentado nada de lo que le está pasando.

 

Lo que ofrecieron Estevan y Alejandro anoche no fue tanto un recital como una cartografía emocional. El setlist, dividido en tres bloques marcados por el propio programa de mano, funcionó como un itinerario: primero el desierto, luego los Andes, después el cosmos y, finalmente, la vuelta a casa.

El arranque, con «Hijos del Sol» y «El Camino de Mi Alma», ya anunciaba el tono del viaje: la memoria y la familia como puntos de partida, ese hilo que conecta la infancia con la propia obra. Le siguieron «Thunderbird», «Low Sun» y «El Bueno y El Malo», temas que evocan sin esfuerzo la aridez luminosa del suroeste americano y el norte de México, esos paisajes que los hermanos citan como referencia constante desde su primer disco. El «Desert Medley» llevó esa idea al extremo, condensando en pocos minutos toda la iconografía del desierto —el western, la soledad, el sonido de una serpiente de cascabel, sentimientos encontrados de libertad y desamparo…— antes de que «Los Chicos Tristes» virara hacia un territorio más íntimo: la nostalgia y la melancolía que atraviesan buena parte de su repertorio, esa tristeza integral que es casi una firma de la casa.

El segundo bloque fue, sin duda, el más significativo desde el punto de vista simbólico. «Canto Andino», «Los Andes» y «Los Ojos del Condor» trasladaron al público a la cordillera andina, a la herencia ecuatoriana y peruana de la familia Gutiérrez, ese amor por Sudamérica que Alejandro ha definido como el corazón de su último disco. Fue el momento en que la sala dejó de ser un espectador pasivo para convertirse en comunidad: el sonido del charango, instrumento ancestral de la región andina, no solo ilustra un paisaje, sino que reivindica una cultura y un origen.

El tramo final abrió las puertas a la inmensidad y el vacío del espacio exterior con «Sonido Cósmico», antes de que «Tres Hermanos» devolviera el concierto al terreno más personal y afectivo: una pieza que nació precisamente del vínculo entre los dos hermanos y el propio Auerbach en el estudio, y que aquí sonó como una declaración de fraternidad, de sangre compartida y de complicidad artística. Con «Journals» y «Hold On to the Light» recordaron la colaboración con uno de sus ídolos, el surfero Jack Johnson, y pudimos disfrutar de dos de sus piezas de su feliz encuentro. «Esperanza» cerró el concierto con una emoción más luminosa, casi de consuelo, antes de que «El Desierto» devolviera al público, en el bis, al punto de partida: la aridez, el horizonte, el viaje que empieza de nuevo en cuanto termina. ¿Y qué es la vida si no una sucesión periódica de hechos, palabras, encuentros y desencuentros?

Texto: Rubén Garcia Torras

Fotos: Marina Tomás Roch

 

 

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