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Fontaines DC – Baluarte de la Candelaria (Cádiz)

MENOS VÍSCERA, MÁS MUSCULO

Con los de Dublín estamos viviendo claramente la confirmación de un fenómeno que reconozco que en principio no he sabido ver venir. Esta falta de intuición probablemente se deba al hartazgo por saturación que me provocan las continuas conmutaciones de un sonido que parece inevitablemente destinado a sobrevivir al constante recauchutamiento generacional. Hablo del postpunk como coartada para instrumentalizar la nostalgia de lo no vivido y, supuestamente, devolver a la música de guitarras al lugar que le corresponde como expresión de urgencia frente al vaivén del espíritu de estos tiempos.

Al contrario que otras formaciones de hechuras similares, como Franz Ferdinand o Arctic Monkeys, atendiendo a aquel expeditivo debut titulado Dogrel (Partisan, 2019), el caso de Fontaines D.C. no apuntaba a cristalizar en algo que fuera más allá de otra excitante banda independiente parapetada tras la sombra del hype de Idles y derivados (ahí entrarían The Murder Capital, Sprits o Gilla Band). Pero aquel disco fue nominado al premio al Álbum del Año en el Choice Music Prize y al Mercury Prize en 2019 y recibió elogios unánimes de la crítica musical contemporánea, incluyendo una media ponderada de 86 sobre 100 en Metacritic. Pero no ha sido hasta su cuarto disco, Romance (2024), cuando la banda ha logrado romper definitivamente el techo de cristal de la crítica indie para entrar de lleno en la conversación de la cultura pop y en el mainstream global. Publicaciones como The Guardian señalaron la manera en la que aquellas canciones habían logrado capturar «el sonido de una banda reclamando la vacante de cabezas de cartel para estadios», una expansión audaz pespuntada por hits como «Starburster» o «Favourite», que desde luego funcionaron como auténticos fenómenos virales y radiofónicos, obras capaces de trascender el circuito estrictamente alternativo a la manera de unos Blur, unos The Cure, unos Deftones o unos The Stone Roses de la era TikTok. Claramente fue la mano de James Ford a la producción la que aportó aquella pátina de «bombo sin pretensiones» inédita en Fontaines D.C., un salto cualitativo que acabó desatando lo que ya nos venían avisando los irlandeses cuando congregaron multitudes en el escenario The Park de Glastonbury en junio de 2024, donde generaron un histórico solape masivo con IDLES.

 

Romance indiscutiblemente fue el anclaje que los catapultó directamente a la primera línea de los grandes festivales de Europa y Norteamérica, de ahí lo inaudito de su reciente paso por España haciéndose cuatro bolos de pequeño formato, concretamente dos en Cádiz (8 agosto y 9 de agosto en Baluarte de la Candelaria), uno en Alicante (11 agosto, en El Muelle Live) y otro en Pamplona (13 agosto en Ciudadela de Pamplona). En Andalucía, donde las entradas se agotaron para los dos días en minutos, paradójicamente ya habían actuado frente a una treintena de personas antes de lanzar su primer disco, concretamente en El Puerto de Santa María, una localidad costera situada a apenas un cuarto de hora en coche de Cádiz capital. Aquella experiencia primigenia con la zona y la necesidad de reiniciar tras la muerte de Trevor Dietz, manager y “sexto miembro de la banda”, probablemente sean detalles que justifiquen la decisión de actuar durante dos noches consecutivas en un espacio tan reducido y particular frente a no más de mil personas por noche.

Personalmente no pude asistir a la cita del sábado ocho, coincidiendo un pico de turismo desbordado y la celebración del LXXII Trofeo Carranza, en el que se enfrentaron La Unión Deportiva Las Palmas y el Cádiz Club de Fútbol (esto en una ciudad con algo más de cien mil habitantes dando servicios a más del doble de su población). Pero según me comentó el compañero David Saavedra, con el que coincidí al día siguiente, “el repertorio fue el mismo, aunque variando ligeramente el orden de los temas en el primer tercio del setlist. El sábado, por ejemplo, abrieron en lo más alto con «Boys In The Better Land», pero el domingo lo hicieron con «Here’s The Thing» y retrasaron «Boys…» hasta el tercer lugar, con «Jackie Down The Line» en el medio. ¿La otra diferencia? Que, aun estando muy bien la primera, la segunda noche fue mejor, con banda más suelta e inspirada”.

Pues bien, teniendo en cuenta que hasta aquel domingo de agosto no había visto todavía en directo a la banda y que tampoco esperaba demasiado del sonido en un espacio tan singular, mi sorpresa terminó proyectándose más hacia un ¡wow! con ciertas reservas que hacia ese ¡meh! tan recurrente en mis últimas experiencias en directo. Ya el hecho de utilizar Boys From The County Hell de The Pogues como intro mientras se apagaban las luces tuvo algo de ceremonial. Este tipo de detalles desde luego que computa en positivo entre un público a priori tan entregado y que aquella noche destacó por la evidente presencia británica e irlandesa. Y menciono la entrega porque, para mi sorpresa, abundaron las camisetas con el logo de la banda, algo bastante inusual en actos de esta característica, tan íntimos a nivel de producción como periféricos en términos de gira.

Así, aprovechando la familiaridad de haber testado el espacio la noche antes, Grian Chatten se lanzó con naturalidad a abrir el melón con «Here’s The Thing», un tema de tintes nu metal perfecto para delimitar el nuevo radio de acción de una banda ya amoldada para abrir cualquier escenario en Reading o en el Primavera Sound a partir de las once de la noche. Poco queda por lo tanto de aquel grupo de colegas atropellado y expeditivo de los años de Dogrel, disco del que rescataron unas inevitables «Big», «Hurricane Laughter», «Roy’s Tune» y «Boys In The Better Land», cortes que claramente ahora suenan mucho más hormonadas haciendo las veces de anclaje entre un pasado posiblemente más intuitivo y un presente con una innegable proyección de futuro mainstream.

“No es mi rollo, pero suenan estupendamente, me recuerda al típico bolo de subidón del FIB en sus buenos tiempos”, me comentó Jesús Guisado de Monkey Week, que andaba por allí. Y no iba mal encaminada su apreciación. Por ejemplo, «It’s Amazing To Be Young» y «Favourite», dos de sus temas más pop, sonaron con una precisión digna de unos The Cure en estado de gracia, conciliándolos con una nostalgia que, inevitablemente, es capaz de alinear a varias generaciones alrededor de una sensibilidad en la que cabrían perfectamente The Charlatans, Replacements y Depeche Mode. En esa dimensión de lo que supuso sy show, haría mención especial al corte con el que cerraron, un «Starbuster» cuyo ADN hiphopero termina implosionando sobre el escenario apuntando a himno surgido de los rincones más sórdidos de la modernidad. También se permitieron un par de easter-eggs del calibre de «Marianne», una hipnótica nueva canción de hechuras cinemáticas y «Six Shot Morning», otro nuevo sencillo de tintes synth pop con el que abriendo el bis anunciando una entrada a otra dimensión en la que New Order es el eje gravitatorio y el kraut asoma el repollo sin hacer demasiado ruido. Lo mismo, al final hasta acaban como Radiohead. En definitiva, una propuesta sólida y convincente con mimbres suficientes como para aceptar que aquella banda otrora física y encabritada, ahora las tiene todas consigo como para jugar en las grandes ligas. Mi momento favorito de la noche, indudablemente «In The Modern World», una composición tan inmensa en su capacidad evocadora que casi invita a soñar con un mundo en el que Lana Del Rey se atreve a lanzar un mensaje de esperanza a toda una generación atrapada entre la parálisis, el entumecimiento emocional y la búsqueda de afecto en la gran urbe.

Texto: Emilio R. Cascajosa

 

 

 

 

Un comentario

  1. Interesante artículo. Gracias!

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