
Desde que Dixie Town echaron la persiana, Pepe Ferrández ha ido alternando sus labores como promotor y currante de la industria musical con una carrera intermitente, pero firme, bajo el apelativo de Blue Unicorn. Investigando, probando, experimentando… Trabajando a solas en su estudio, haciendo lo que quiere, lo que le apetece y lo que, en cada momento, le pide el cuerpo y sus inquietudes musicales.
Sin perder de vista sus raíces blues, ha abierto las ventanas de par en par, dejando entrar otras influencias, sin reparos ni cortapisas, haciendo bandera de la libertad creativa. Libertad que se plasma en esta última entrega, con más acento funk, soul y rhythm and blues que en ninguno de sus antecesores, y alguna que otra caída en las redes rítmicas de la música disco. Aquella música facturada para el baile, pero de enorme calidad, que reinó en los setenta, antes de la llegada de las bases electrónicas, el house, la cultura de club, el auto tune y el pavoneo banal.
Prueba de ello es «Pony Boy», con esa cadencia letárgica que remite a otra época, y donde podemos escuchar a todos los miembros de Dixie Town grabando juntos una década después. Igual que en «Cookies and Ibruprophene», otra composición que viaja por coordenadas similares, con el falsete vocal sobrevolando por encima de los punteos. Dos de los mejores temas, en mi opinión, de este Played By Humans, Sung By Animals, junto a «Fire» y «What’s Going On!», con esas guitarras aullando de fondo.
Un paso más en la búsqueda de una identidad musical construida en base a numerosas piezas diferentes, que intenta encajar con la valentía de romper el caparazón del género con el que creció, el blues rock, saliendo de su zona de confort para buscar otras cosas. No es su grabación más redonda hasta la fecha —creo que eso lo consiguió con Nobody Loses All The Time—, pero se mantiene firme en ese viaje interior para extraer todo ese bagaje que lleva dentro.
Y quizá ahí esté precisamente el mayor valor de su momento actual: no trata de demostrar nada, solo desea seguir indagando. Dejando que las canciones le lleven por caminos que, seguramente, ni él mismo había podido imaginar hace unos años. El blues fue el punto de partida, pero no el destino final.
Manel Celeiro






