
Bromeaba a mitad de concierto el Tigre de Gales (soltemos el lugar común y prosigamos, como él mismo haría con su repertorio más sobado) con que había sido invitado a la fiesta del 90 cumpleaños de Willie Nelson. “¡Guau, sigue cantando a los noventa!” fue su sorpresa, sin terminar de caer en que, por aquel entonces, él mismo ya era un milagro de la naturaleza a sus 82 años.
Son hoy 86 las velas que ha soplado Jones, y aunque a esa edad cuatro años son una eternidad, en su caso parece que el tiempo no pasa. El artista se mantiene tan en plenitud de facultades como en su visita a las Noches del Botánico de 2022.
La estructura del concierto es también muy parecida a aquella, construida espiritualmente alrededor de Surrounded by Time, aquel magnífico trabajo de 2021 del que salen los mejores momentos de este concierto, tal vez incomprendidos aunque no despreciados por el público más mainstream pero con unas cuantas sorpresas para el público más cafetero: de ahí salen las versiones de «This Is the Sea» de los Waterboys o la inicial «I’m Growing Old», a la que se añaden muy oportunas versiones del «Not Dark Yet» de Bob Dylan o «Tower of Song» de Leonard Cohen, que parece escrita específicamente para él… pero sin la sorna del judío. “Nací con el don de una voz dorada”, canta en la segunda canción de la noche, y el público aplaude.

Para ellos, para la mayoría, está destinado un primer bloque de grandes éxitos donde se quita de en medio con elegancia «It’s Not Unusual» y «What’s New Pussycat?» a lomos de una banda apropiadamente sobria y minimalista que cercena cualquier posible tentación kitsch y muestra una sana versatilidad que nunca compite con la voz de Jones. Para nosotros, para los musiquitos, se queda esa maravillosa versión psicodélica del «Lazarus Man» de Terry Callier que fue tal vez lo mejor de la noche.
A partir de ahí, y seguramente más que en su última visita, Jones se entrega y entrega al público una tanda final donde caen las esperadas «Kiss» de Prince o la noventera «If I Only Knew». Más previsible fue quizá el cierre con guiños a Chuck Berry y Little Richard, un momento que aprovechó, por cierto, para lucir una modestia que le quedaba antinatural al recordar que solía ir con Elvis, sí, con Elvis, a los conciertos de Berry después de sus actuaciones en Las Vegas.

Porque poco tiene que envidiar al rey del rock’n’roll blanco, que si siguiese vivo, sería muy difícil que pudiese mirar a los ojos en voz, ambición y elegancia al bueno de Jones, que entregó otra de esas noches victoriosas, pensadas para los verdaderos amantes de la música. Cuando vio que Nelson seguía actuando a los 90, recordaba, se dio cuenta de que tenía una nueva meta que alcanzar. Así que el concierto no tuvo nada de “adiós”. Fue simplemente un saludable “hasta la próxima”: esto no acaba aquí.
Texto: Héctor García Barnés
Fotos: Salomé Sagüillo







Que pena no pude encontrar entradas lo sentí muchisimo
¿Little Richard? No fue ‘Great balls of fire’, de Jerry Lee Lewis?