¿El último vals?
La noche del 18 de agosto, los imponentes jardines de Cap Roig se vestían de gala para una ocasión histórica: clausurar su edición de 2026 entregándole las llaves del escenario al viejo León de Granada. Miguel Ríos plantaba su bandera en el festival ampurdanés dentro de su gira El último vals, un viaje donde el pionero del rock estatal repasa más de seis décadas mordiendo el polvo de la carretera, los escenarios y las canciones que forman el ADN de nuestra música.
Fieles al rito de la puntualidad, los músicos fueron tomando posiciones. Unos compases de blues espeso y humeante sirvieron para testear el sonido y calentar los motores de un respetable que contenía el aliento. Fue el guitarrista y director musical José Nortes quien rompió la baraja, agarrando el micro para lanzar el conjuro que todos ansiábamos escuchar: «Con todos ustedes… ¡Miguel Ríos!».
Corte de luces instantáneo. El silencio que precedió al trueno duró apenas unos segundos, los justos antes de que impactara el primer golpe de la noche. «Bienvenidos». El clásico imperecedero que desde los tiempos del mítico Rock & Ríos funciona como la perfecta declaración de intenciones y la puerta de entrada a su universo eléctrico.

La sorpresa saltó cuando los versos mutaron de idioma. Con un desparpajo envidiable, Miguel se atrevió a morder el catalán adaptando la letra al entorno: «Els fills del rock and roll, benvinguts, els nens del rock and roll». El guiño local se ganó al auditorio al instante. Consciente de su propio acento, el granadino tiró de ironía nada más terminar el tema: «Se nota que soy andaluz», bromeó, desatando las risas de complicidad del público. Un cruce de guitarras afiladas, raíces sureñas y un fraseo bilingüe que servía para inaugurar, ahora sí por todo lo alto, el ansiado último vals.
El repertorio no buscaba la sorpresa, sino apelar directo a la memoria colectiva. Himnos de la talla de «Mientras el cuerpo aguante», «En la rampa de salida», «Oro irlandés» o «No estás sola» fueron cayendo de golpe, cabalgando sobre ese sonido familiar que te hace sentir inmediatamente en casa. Fue en el primer respiro de la noche cuando el concierto cobró una dimensión mucho más humana. Apenas un par de meses antes, un grave accidente doméstico con traumatismo craneal incluido obligó al granadino a congelar el tour. Verlo allí arriba, recuperado del tremendo susto y agradeciendo de corazón la avalancha de cariño recibida, no fue un mero trámite: fue la viva estampa de la resiliencia rockera. A sus 82 tacos, subirse a un escenario tras un golpe así no es solo oficio; es una declaración de principios.
Afrontar las tablas tras semejante percance físico tenía un punto de pura reivindicación. Es de necios ocultar que el peso del almanaque y las secuelas del susto flotaban en el ambiente: hubo momentos donde la voz flaqueó, perdiendo la firmeza de antaño, e instantes donde el esfuerzo físico resultaba evidente sobre el escenario. Pero la voluntad del viejo lobo permanecía inquebrantable. Montando su particular puesto de mando con una mesita y una silla alta para dosificar el oxígeno, Miguel alternó los pasajes de reposo, micro en mano, con arrebatos eléctricos donde se ponía en pie para devorar el escenario. Porque el rock and roll, al fin y al cabo, también consiste en eso: en encajar los golpes de la vida, agarrar el micro y seguir rugiendo.

“Me gustaría presentaros a mi banda de cabecera, los que me acompañan hasta a las colonoscopias», soltó el granadino entre risas, rebautizando al combo directamente como «los nietos». Y es que los Black Betty Boys merecen capítulo aparte. Lejos de ser meros asalariados de fondo, el cuarteto capitaneado por el productor José Nortes (guitarra), junto a Luis Prado (teclados), Jorge Ruiz (bajo) y Samuel Terroso (batería), funcionó como una maquinaria multiinstrumental asombrosa, intercambiando posiciones con una solvencia insultante. El motín se consumó cuando el jefe se retiró a los camerinos para tomar oxígeno —y «cambiarle el agua al canario»—, dejando a la banda sola ante el peligro. Lejos de amedrentarse, el pianista Luis Prado tomó el timón para regalar una hilarante y enérgica interpretación de su gamberrada «Estoy Gordo», certificando que con el León descansando en la cueva, los cachorros muerden igual de bien.
El delirio colectivo llegó con la entrada de Manolo García. Aunque el chivatazo de las redes sociales había arruinado el factor sorpresa, la carga emocional de ver a estas dos instituciones juntas dinamitó los jardines. El pretexto fue «Insurrección», ese himno imperecedero cuya letra nació contrarreloj en el baño de un estudio y terminó convertida en patrimonio nacional. Décadas después, Manolo se reencontraba con su propia criatura escoltado por la voz volcánica de Miguel Ríos. Cap Roig sufrió una mutación instantánea: el auditorio entero mandó las sillas a paseo, se puso en pie de un salto y coreó cada verso a pleno pulmón, firmando el clímax absoluto de la velada.
Con el cansancio haciendo mella de forma evidente en el cuerpo, el tramo final requería tirar de casta. Y de eso al viejo León le sobra. Lejos de acomodarse en la nostalgia barata, Ríos desenfundó su faceta más indómita y combativa, lanzando proclamas contra la barbarie bélica y el maltrato al planeta. Coincidiendo milimétricamente con el 90º aniversario del asesinato de Federico García Lorca, el granadino sobrevoló la emoción colectiva con «Oración» —basada en el poema de Luis García Montero—, antes de rematar la faena con el «Himno de la alegría». Aquello ya no era un concierto; era un ritual de fraternidad universal con todo Cap Roig rompiéndose las manos a aplaudir. Más que una despedida o un testamento, la noche se sintió como una victoria inmensa. Su voz acusará los golpes del calendario y sus rodillas pedirán tregua, pero la insumisión sigue ahí dentro.
Mientras este rockero indomable continúe en pie, la carretera nunca estará del todo desierta. Siempre habrá espacio para un bis más.
Texto: Ben Marcus
Fotos: Gloria Limontes








! Bravo Miguel! SIGUE ADELANTE!HASTA Q UE EL CUERPO AGUANTE!!