
Que de Costa Rica emerja una banda de pop psicodélico y shoegaze tiene algo de anomalía geográfica, casi de milagro químico. Éter tropical con reminiscencias de niebla inglesa. En un país sin apenas circuito de salas, sin escena previa que reivindicar ni tradición shoegaze que heredar, Las Robertas llevan desde 2009 construyendo, desde San José, un imaginario sonoro que bebe de My Bloody Valentine, Lush o The Brian Jonestown Massacre sin necesitar prestado ni el acento ni la humedad de Manchester. Ese aislamiento, lejos de limitarlos, los ha dotado de una identidad que no debe nada al algoritmo ni a la escena: quince años y cinco discos después, la banda aterrizó el pasado viernes en Sala Upload presentando su flamante All We Need Is Now, publicado apenas semanas atrás.

Y lo hicieron con Mercedes Oller como epicentro absoluto de la noche. Su presencia escénica es luminosa sin ser ostentosa, de una sensualidad contenida que dialoga a la perfección con la propuesta sonora de la banda: hipnotiza y cautiva a cada movimiento, a cada susurro sibilante, a cada comentario pronunciado en ese castellano de acento costarricense tan bello como sugerente. Su mirada distraída e intensa, ese vestido a topos de falda larga —sobrio y sexy al mismo tiempo— y un carisma nada obvio terminaron por enamorar a un público entregado desde los primeros acordes.
Secundándola, una banda compacta y bien coordinada que dio total credibilidad a las excelentes impresiones que ya nos había dejado el disco. Fabrizio Durán aportó precisión y contundencia tras los tambores; Fabián Saavedra puso actitud y energía a la guitarra —su camiseta delataba devoción por los canadienses Béton Armé, tan célebres por sus directos explosivos, y algo de esa energía se filtró en su manera de tocar—; y Daniela García, a los teclados, resolvió con eficiencia y una discreción que nunca restó peso a las canciones.

El repertorio recorrió casi en su totalidad All We Need Is Now, con tres pinceladas de su antecesor, Love Is The Answer, y un gesto de memoria hacia sus inicios: «Dream», del ya lejano Waves Of The New, sonó casi al principio del concierto como quien recupera una fotografía antigua sin nostalgia impostada. Antes del tramo final llegó una versión de «The Only One I Know» de The Charlatans, guiño evidente a una de sus influencias confesas del Manchester de finales de los ochenta, que sirvió de bisagra hacia el clímax de la noche: la humeante «Windows» y la majestuosa «Our Imperium» cerraron el show caldeando definitivamente una Sala Upload que se quedo con una cierta sensación de cohitus interruptus al no ser correspondidos los aplausos y vítores con unos bises más que merecidos por una audiencia -con algunos asistentes incluso empuñando banderines de Costa Rica- que demostró admiración y gratitud por su música.
No se lo tendremos en cuenta, la ausencia de bises es un pecado banal frente a lo vivido. Las Robertas, esa bella anomalía, volvieron a demostrar que esas personas capaces de salirse del mapa y del guion de lo esperado, son también las más capaces de deslumbrarnos y devolvernos -aunque sea por una hora larga- las ganas de creer en la música y en la alegría de vivir.
Texto: Rubén García Torras
Fotos: Meritxell Rosell






