
A las 20:55, con puntualidad alemana, la sala Razzmatazz se llenó de un extraño matrimonio entre el riff de «Whole Lotta Love» y la voz de Ozzy en «War Pigs». Un minuto después cayó la lona de Black Label Society y empezó el bombardeo con «Name in Blood».
Para lo que costaban las entradas —y, sobre todo, las camisetas— el aspecto de la sala era envidiable. El escenario parecía el salón de un caudillo vikingo: murallas de amplificadores, un pie de micro forrado de calaveras y un piano esperando su momento. En el centro, Zakk Wylde. Falda escocesa, brazos del tamaño de un jamón y sus inseparables Gibson Bullseye, el homenaje perpetuo a Randy Rhoads.
La banda no vino a negociar medias tintas. Dos guitarras doblando melodías y solos, un bajista con cuerdas verdes que parecían alimentadas por uranio y un batería elevado repartiendo doble bombo como si quisiera abrir un socavón bajo la sala. Todo fue rápido, sin apenas pausas, a piñón fijo. Una hora y cuarto después, se habían acabado las canciones, pero no el zumbido de los oídos.

Wylde apenas habló. Tardó un buen rato en dirigirse al público y lo hizo sentado al piano, justo antes de uno de los momentos más emotivos de la noche. Los rostros de Dimebag Darrell y Vinnie Paul aparecieron sobre las falsas torres de amplificadores mientras sonaba el homenaje a los de Pantera. El decorado era de cartón piedra, pero el respeto era auténtico.
Aunque, en realidad, el concierto pertenecía a otra persona. La voz de Wylde sigue teniendo ese deje inconfundible de Ozzy y, desde que el británico le reclutó con apenas 21 años, nunca ha dejado de ser uno de los suyos. «No More Tears» fue el primer guiño de la noche. Luego llegaron dos atronadores cánticos de «¡Ozzy! ¡Ozzy!» con Wylde levantando el puño. Y, casi al final, cayó la lona con el nombre de la banda para descubrir un enorme retrato de un jovencísimo Ozzy sonriendo desde el fondo del escenario.
Fue el mejor resumen posible. Aquello era un concierto de Black Label Society, sí. Pero también un agradecimiento. A Ozzy. A Dimebag. A Vinnie Paul. A una generación de músicos que convirtió el volumen en una forma de entender la vida. No hubo bises. «Stillborn» bajó la persiana. Y nadie pareció echarlos de menos.
Texto: Borja Figuerola
Fotos: Fernando Ramírez






