Encuentros

Fat Freddy’s Drop, la banda sonora que llega de las Antípodas

 

 

 

 

Con casi tres décadas marcando el ritmo desde las antípodas, Fat Freddy’s Drop ha convertido la fusión musical en su sello de identidad inconfundible. La banda neozelandesa ha transitado con maestría las autopistas del dub, el reggae, el soul, el jazz y la electrónica, construyendo un sonido propio que ha conquistado escenarios de todo el planeta. Este mes de septiembre regresan a nuestro país con su gira «Celebration Of The 21st Anniversary Of ‘Based On A True Story’», con la que rinden homenaje al álbum de debut que los catapultó a la fama internacional. Los podremos ver en directo el 24 de septiembre en Madrid (La Riviera) y los días 26 y 27 de septiembre en Barcelona (Razzmatazz). Para calentar motores, charlamos con su saxofonista, Scott Towers.

Fat Freddy’s Drop empezó a finales de los años noventa en la ciudad de Wellington como un colectivo informal de músicos de diferentes bandas. ¿Qué recuerdos tienes de aquella escena?

Era una época en la que todo tipo de escenas musicales se mezclaban entre sí. ¡Casi todo nos parecía emocionante y nuevo, porque lo era! Jazz, hip-hop, dub, house… había muchas cosas por descubrir. Éramos todos jóvenes y entusiastas, y Wellington era el lugar perfecto para poner a prueba tus ideas. No había reglas musicales que tuviéramos que seguir, ni mensajes de marketing que transmitir. Simplemente se trataba de hacer música.

¿Qué relación tiene el nombre de la banda con los cómics underground?

“Todo lo que vais a escuchar a continuación es verdad”, me encanta esa frase. Hay muchísimas historias sobre el nombre de la banda y todas contienen algo de verdad. Fue más una feliz casualidad que un plan divino lo que unió al grupo con el imaginario de los cómics de Gilbert Shelton, pero funcionó… y se quedó.

¿Por qué decidisteis debutar con el álbum en directo Live at the Matterhorn en lugar de un álbum de estudio convencional?

Casi todos los momentos clave de nuestra historia han sido un caso de: «¿Y por qué no?». En aquella época, Freddy’s ya llevaba tiempo actuando en festivales por todo el país y también por Australia, y contaba con una reputación muy sólida en directo. La gente tenía ganas de vivir ese sonido y esa sensación, así que la grabación en directo fue casi el aperitivo perfecto para lo que terminaría siendo el plato principal, el álbum Based On A True Story.

El sencillo «Midnight Marauders» dio a conocer vuestro sonido más allá de Nueva Zelanda gracias al sello alemán Sonar Kollektiv. ¿Qué importancia tuvo esa conexión para dar el salto internacional?

Fue fundamental. Nuestros orígenes estaban en las escenas locales de clubes y soundsystems, así que conocíamos el poder que podía tener un sencillo demoledor. Sabíamos que, si lográbamos crear un tema que los DJ pincharan en sus sesiones, sería la prueba definitiva de que el concepto de cómo pretendía sonar la banda funcionaba y de que nuestra producción aguantaba el tipo. Y si el público escuchaba tu música pinchada en ese contexto y le gustaba, el siguiente paso natural sería que fuera a ver a esa banda en directo.

Based on a True Story se considera vuestro álbum más importante. ¿Teníais alguna corazonada de que se convertiría en un trabajo tan aclamado?

Bueno, en realidad yo aún no estaba allí… el saxofonista del álbum fue Warren Maxwell, alias Fulla Flash. Pero me acuerdo perfectamente de cuando salió. Por aquel entonces empezaba a tocar de vez en cuando con la banda y me sentía superorgulloso de lo que habían grabado. Eso sí, no creo que ni ellos mismos tuvieran la más mínima idea de que terminaría siendo algo tan importante, tanto en sus vidas como en las de su público. Pero fue un pelotazo brutal a nivel local. La gente que no vivía aquí en aquella época no creo que se pueda hacer una idea del impacto tan enorme que tuvo.

Fat Freddy’s Drop siempre ha apostado por la independencia con un sello discográfico propio. ¿Cuáles han sido los mayores retos a la hora de mantener un control artístico total?

Los mayores retos siempre son las típicas cosas engorrosas: financiar y gestionar tu propio estudio, el merchandising y las giras. No es fácil mantener la persiana arriba y el motor en marcha en una pequeña empresa al otro lado del mundo. Pero eso también es lo mejor porque podemos establecer nuestros propios objetivos, nuestros criterios de éxito y los calendarios. Y lo más importante: creamos y publicamos la música que NOSOTROS queremos, en vez de tener a un productor ejecutivo intentando decirnos qué hacer. Eso nos ha permitido explorar ideas musicales y sonidos que nos gustan, que son divertidos e interesantes, sin tener que pensar en el tirón comercial.

La colaboración con Alice Russell en «The Camel» es un auténtico clásico para vuestros seguidores. ¿Cómo surgió este cruce de caminos y de qué manera transformó la canción?

Aportó su nivel de primera división a la canción. Nos habíamos cruzado con ella en varios conciertos en el Reino Unido y, más tarde, vino a Nueva Zelanda a ofrecer unos cuantos shows con Wil Holland, alias Quantic. Como tenía unos días libres durante la gira, vino a vernos en Wellington justo cuando estábamos grabando en el estudio. Estoy casi seguro de que la toma que quedó en el disco fue la primera que hizo. Como se acostumbra a decir: ¡Llegar y besar el santo!

Girar por Estados Unidos suele ser un reto para las bandas internacionales, sobre todo para las más numerosas. ¿A qué obstáculos os enfrentasteis en las primeras giras norteamericanas?

Al venir de fuera de Estados Unidos, necesitábamos visados para la banda y el equipo técnico. Solo eso ya suponía miles de dólares, a lo que había que sumar los billetes de avión y demás. Por si fuera poco, el promotor infravaloró a nuestro público: creo que la entrada para los primeros conciertos que dimos en San Francisco costaba 17,50 dólares porque pensaba que no nos conocía nadie… y agotamos las entradas para tres fechas en 24 horas. Vamos, que las cuentas no nos salían por ningún lado. Aun así, nos lo pasamos en grande y nos reímos mucho, aunque igual tuvo algo que ver el haber conectado con parte del equipo de los Grateful Dead. También nos dejó tirados el autobús en lo alto de una de esas calles tan empinadas de San Francisco, aquello tuvo bastante gracia.

Esta próxima gira es la primera sin el miembro fundador Chris “Mu” Faiumu. ¿Cuál es el legado que deja en la banda y cómo afrontáis este nuevo capítulo sobre el escenario?

Nuestra propia existencia es su legado. Fue él quien nos reunió a todos en un principio y transformó aquellas jams en canciones que han perdurado en el tiempo. Gracias a eso, nosotros también hemos perdurado, lo que nos ha dado la oportunidad de seguir evolucionando, de componer más y explorar otros estilos, de salir de gira y tocar para gente de todo el mundo. Hemos tenido que cambiar y adaptarnos para encajar su pérdida, así que casi todo lo que hacemos ahora se siente como algo nuevo. Pero su espíritu nos acompaña en cada paso. A nivel personal, me siento profundamente agradecido de estar sobre el escenario haciendo música y tocando estos temas. En el fondo, la meta sigue siendo aportar toda la musicalidad posible a cada actuación para regalarle una experiencia increíble tanto al público como a nosotros mismos. Así que, en cierto modo, nuestro enfoque es exactamente el mismo, solo que ahora lo llevamos a cabo de otra manera.

El soul, el funk y el dub siempre han sido altavoces de comunidad, resistencia e intercambio cultural. ¿Qué elementos de esas tradiciones musicales siguen vigentes a día de hoy?

La música es entretenimiento. Pero también es algo mucho más grande y profundo. Existe en todas las culturas de una forma u otra, desempeña infinidad de funciones y marca momentos trascendentales: nacimientos, muertes, celebraciones e incluso revoluciones. Creo que eso demuestra el poder tan enorme que tiene como fuerza impulsora. El otro día leí una frase fantástica de Ahmad Jamal. Parafraseando un poco, decía: «La música es la vida y el amor manifestados. No te preguntes qué puede aportar la música a tu vida. Deberías preguntarte qué puede aportar tu vida a la música».

Texto: David Moreu

Fotos: Nick Paulsen

 

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