“MOO de KING TUFF es un álbum que es nuevo /
Un MOO de alegría pura, un álbum llamado MOO /
MOO significa te quiero, en el idioma de la Vaca /
Hago MOO cuando te veo, estoy MOOniendo ahora mismo /
Hago MOO cuando te echo de menos, MOO cuando sueño /
MOO cuando estoy contigo, ¿harías MOO por mí?…”.
“El humor es clave para mí, me paso el día haciendo bromas”, me decía King Tuff (alias de Kyle Thomas, Vermont, EE.UU., 1983) en la charla que mantuvimos a propósito de su nuevo álbum y que podrás leer en el próximo número de Ruta 66. “La risa es una de las mejores cosas de la vida y mucha de mi música favorita tiene humor, como los Beatles, por ejemplo. Echo de menos eso en mucha de la música de hoy en día; todo el mundo está tan serio, intentando ser tan cool todo el tiempo. Me resulta pobre y aburrido. No digo que tenga que ser música de broma, pero agradecería un poco más de humor”.
Después de dos álbumes, The Other (2018) y Smalltown Stardust (2023), en los que exploró sonoridades más introspectivas, alineadas con la meditación, la naturaleza y cierta necesidad de amortiguar el frenesí de Los Ángeles, Thomas tuvo un calambrazo y un pálpito: volvió a enamorarse y supo que debía regresar a Vermont. Bueno, también miró de frente a otra incómoda sensación que había estado experimentando en directo durante la gira de su último álbum para SubPop: por mucho que creyera en sus canciones, como en las del anterior, algo en su interior se desconectaba un poco de esa alegría pura que le recorría el espinazo cuando subía el ampli al once para derramar riffs sobre su público tocando algún tema de sus primeros trabajos.
Was Dead (2008), King Tuff (2012) y Black Moon Spell (2014, nuestro disco del mes en diciembre de ese año) le entronizaron como uno de los más carismáticos estandartes de ese guitar-rock alocado y ruidoso que en esa época también jalearon camaradas suyos como Ty Segall o John Dwyer. Doce años más tarde del tercero de esos álbumes —“una sexperiencia rock’n’roll contundentemente extraña, celestialmente oscura e histéricamente mágica”, King Tuff dixit—, cruzado el reflexivo umbral de los cuarenta palos y con ganas de reconectar con una manera de roquear más tangible e imperfecta, Thomas ha puesto a punto la Tascam 388 con la que registró su debut —y que llevaba catroce años acumulando polvo en la casa familiar de Vermont— para grabar prácticamente a solas —Segall toca la batería en un par de temas, Corey Rose de Color Green hace lo propio en cuatro— las diez canciones de MOO, un sexto álbum autoeditado en su sello.
Con el arranque “one man show” de «Twisted On a Train», con su baquetear cavernario y la pirotecnia rugosa y crepitante de su Gibson SG azul, Thomas marca el marco mental y sonoro de MOO: joie de vivre con poso de extrañeza y música imperfecta contra la fría dictadura de lo digital. La asimilación de las promesas incumplidas del negocio musical, paralela a una fe ciega en su misión / labor como currante del rock, nunca sonó tan pletórica como en «Stairway to Nowhere», bombástico guiño a Led Zeppelin con una línea de bajo de una infalible sencillez que emocionaría a John Paul Jones. «Invisible Ink» tiene algo de celebración pop, pero también de memento mori amable (“la vida se borra mientras ocurre”) y frente a eso, el amor aparece como una forma de hacer desaparecer la ansiedad. ¡Ay! La yuxtaposición entre forma y fondo es una constante a lo largo del álbum, como en «Oil Change», donde canta sobre sentirse como un coche destartalado sobre una instrumentación que parece emular una sesión de chapa y pintura de Rayo McQueen.
El disco no oculta la depresión o el colapso; los convierte en canciones con humor, ritmo y objetos cotidianos —el brío power-pop de «Delusions»; «Unglued», ¿un descarte de Traveling Wilburys?—, antes de decirnos adiós con una de las mejores canciones del catálogo Tuff hasta la fecha: «Backroads» es la emocionante crónica del regreso al hogar añorado donde el amor funciona como reparación, orientación, refugio y futuro compartido. Bienvenido a casa, Kyle.
ROGER ESTRADA






