
Ya sea de manera inesperada, ya por la tan cacareada ley de vida, cuando uno de nuestros artistas favoritos deja el edificio definitivamente, muchas veces se suele tirar de frases hechas, y una de las clásicas es aquello de “hoy el mundo es un poco peor”. Lo cual no deja de ser cierto, aunque en el caso de Dolly no puedo evitar pensar que ese poco, es en realidad un mucho. Muchísimo peor.
El legado musical que deja ya ha sido debidamente reivindicado y condensado por el amigo Eduardo Izquierdo en ese otro texto recién publicado; pero como a estas alturas no vamos a descubrir la enormidad de esa herencia, lo que me mueve a reflexión es cómo, en la actual coyuntura y contexto americanos, la desaparición de una mujer como ella desequilibra (y mucho) la balanza en favor de Trump y su corte de imbéciles, fanáticos y débiles mentales. Porque, de distintos modos y en distintos ámbitos, Dolly fue todo lo contrario a Trump. Su vida, sus logros y sus valores, abrumadoramente positivos, contrastan directamente -como en un reflejo oscuro y siniestro- con la vida, logros y valores del cretino naranja. Si este nació con una cuchara de plata en la boca y tuvo una infancia y juventud regaladas, ella vino al mundo en una cabaña más que humilde, compartiendo espacio y cuidando de setecientos hermanos. Si Trump no tuvo que luchar una sola vez para emprender mil y un negocios, Dolly empezó de cero y se labró una carrera sin atajos a base de tesón, confianza en sí misma y mucho, mucho trabajo. Si de esos mil negocios, el inútil dejó en quiebra la mayor parte de ellos, las iniciativas empresariales de Dolly (con y sin ánimo de lucro) se cuentan mayormente por éxitos. ¿Hablamos de religión? Cuando al lado del deforme y sus acólitos, los peregrinos del Mayflower podrían pasar por un grupo de curas progres de la Transición, Dolly siempre hizo gala de un espíritu cristiano basado en los dogmas más humanistas, huyendo del fundamentalismo y la ridícula santería que campa a sus anchas por una Casa Blanca transmutada en carpa revivalista y enajenada. ¿Y el respeto, la convivencia racial, la inclusión y los derechos LGTBI? Ella, pese a mantenerse políticamente neutra en lo formal, fue adalid y cabeza visible de multitud de iniciativas al respecto, mientras que Trump…en fin, para qué seguir.
Y seguir podríamos, pero valga lo apuntado hasta aquí no para erigir una hagiografía al uso, vicio también muy extendido en cuanto la diña algún famoso, sino para argumentar el porqué del título de este texto. Porque si extrapolamos lo dicho de las personas a los países (y de ahí al mundo, cuando hablamos de EEUU), hoy salimos todos perdiendo, y no poco. En uno de los foros de música en los que se ha comentado la noticia, un amigo ponía una frase que decía que había leído y le había gustado: “World, when you think of America, think of Dolly. Too often, you see the worst of us. She was the best of us«. Un bonito pensamiento, un deseo encomiable. Pero sólo eso. Porque sí, evidentemente Estados Unidos tiene mucho de Dolly. Y de Springsteen, Stipe y cientos de otros personajes públicos que tratan de hacer frente a la grotesca distopía reinante. Pero lo que hay es lo que es. Y si en un futuro, el país de la puñetera libertad cambia de rumbo y esos millones de gañanes dejan de votar a deficientes, anormales, ignorantes payasos -sea el actual o alguno de sus infames lacayos- y recupera un poco tanto la decencia como el sentido común, entonces sí podremos volver a pensar en América como el país de Dolly, y todo lo que ella representó. Mientras tanto, y en el penoso argot que ellos mismos utilizan, los tipos malos -los asquerosos- van ganando. Y el mundo, de momento y a la espera (y esperanza) de un cambio, hoy es mucho peor.
Nos queda pinchar Hello, I’m Dolly y seguir de ahí para adelante, eso sí. Eso, y lo que conlleva y transmite para el ánimo, ni siquiera Trump puede evitarlo.
Eloy Pérez






