
El Vida lleva años ocupando un lugar algo extraño dentro del circuito de festivales españoles, pues no parece centrado en buscar los artistas más virales o más caros, sino aquellos que tienen cosas nuevas que decir. La edición de 2026 ha demostrado durante tres días que es posible que convivan la tradición popular catalana, el garage más salvaje, el post-punk británico, la americana clásica, la música en español más moderna o el pop electrónico sin que el cartel parezca un cajón de sastre.
El jueves dio comienzo con la declaración de intenciones del concierto inaugural de El Petit de Cal Eril i la Processó Metafísica, un montaje concebido expresamente para abrir el festival. Más que un concierto fue una especie de fiesta mayor pasada por el filtro siempre inclasificable de Joan Pons. Bastoners, bestiari, bandas municipales, la lectura del “manifest metafísic “y buena parte de la escena catalana actual (desde Ferran Palau hasta Tarta Relena, La Ludwig Band o Mar Pujol) fueron construyendo un espectáculo tan extraño como bonito, en el que se reivindicó la cultura popular autóctona. A continuación, el festival ofreció cosas tan distintas como el pop electrónico y juguetón de Amore, que iba acompañada de tres bailarinas, donde destacó una versión de “Lento” de Julieta Venegas; o la copla y el flamenco contemporáneo de La Tania. La ganadora del Goya por “Los Almendros” demostró por qué la música de raíz atraviesa uno de sus momentos más interesantes.

La primera gran alegría del festival llegó, sin embargo, con Saint Etienne. Resulta sorprendente comprobar que uno de los grupos más elegantes e influyentes del pop británico reuniera bastante menos público del esperado. Formados hace más de tres décadas, Sarah Cracknell, Bob Stanley y Pete Wiggs siguen defendiendo un repertorio que apenas ha envejecido. «Nothing Can Stop Us», «Like a Motorway» o las canciones de su álbum de despedida, International (2025), sonaron sofisticadas, melancólicas y profundamente bailables. El sonido no terminó de acompañar, especialmente cerca del escenario, pero la verdad es que da gusto recordar por qué pocas bandas han entendido tan bien el punto de encuentro entre la electrónica y el pop más sofisticado proveniente de las islas británicas.

Si Saint Etienne representaban la elegancia, Osees aparecieron para dinamitarla. John Dwyer lleva media vida reinventando una banda que ha pasado por múltiples formaciones y nombres, pero que tiene un directo que sigue siendo una de las experiencias más físicas que puede ofrecer hoy el rock. La doble batería se convirtió en el gran espectáculo de la noche mientras el pogo apareció prácticamente desde el primer tema. Hubo varios problemas técnicos que rompieron el ritmo y dejaron la sensación de que el grupo podría haber firmado uno de los grandes bolos del festival. Aun así, incluso con esos contratiempos, Osees son una de las grandes referencias del garage (aunque más aireado de lo que puede parecer), y así lo mostraron en temas como “Humans Be Swayed” o “Carrion Crawler”.
La jornada se cerró con Barry B, quien ya es una de las estrellas nacionales del rock de guitarras, y el bolo de Alcalá Norte, quienes comenzaron como promesa hace un par de años para convertirse en una de las mejores bandas de la actualidad en nuestro país.

El viernes comenzó con la música freak del uruguayo Juan Wauters, quien en su concierto del escenario Vaixell construyó un folk latinoamericano no exento de sentido del humor. Por su parte, los valencianos Gazella sirvieron shoegaze repetitivo y contundente. Queda claro que beben de la tradición alternativa noventera, pero consiguen trasladar sus influencias hacia un sonido más potente de lo que se suele ver en las bandas habituales del género. Quizá sobre el escenario pecaron de cierto hieratismo, pero supongo que es actitud. Mientras, Lia Kali impresionaba en el escenario principal con su despliegue vocal y el buen saber hacer de su banda, curtida en el hip-hop, el jazz y algún arrebato soul.
Todo ello sirvió de antesala a uno de los grandes nombres del fin de semana: Shame. Hace tiempo que los londinenses dejaron de ser una de tantas bandas salidas del Windmill (aunque por momentos parecen más bien recién salidos de un pub) para convertirse en una de las referencias del nuevo post-punk británico, y sobre el escenario resulta fácil entender por qué. Charlie Steen vive cada concierto como si fuese el último. Musicalmente se mueven entre la urgencia de The Fall, la oscuridad de Joy Division y cierto descaro heredado de Happy Mondays, pero la sensación que dejan es la de una banda absolutamente convencida de que lo que hace es bueno. Presentaron muchos temas de su reciente Cutthroat, pero desde luego destacaron “One Rizla” y “Concrete” de su primer álbum. Si había un concierto capaz de hacerte salir del recinto pensando en volver a verlos en una sala, era este. De lo mejor del festi sin dudas.

También hubo tiempo para comprobar el buen momento que atraviesan proyectos nacionales como Guitarricadelafuente o Depresión Sonora (un proyecto que es ya un género en sí mismo), ya plenamente consolidados, antes de que Mujeres pusieran el broche a la jornada recordando que con tres acordes y buenas canciones se pueden hacer bolos para el recuerdo.
Antes de estos, uno de los descubrimientos más celebrados fue Nu Genea. Los napolitanos llevan años construyendo una de las propuestas más estimulantes de la música de baile europea, mezclando disco, funk, electrónica y tradición mediterránea con una naturalidad admirable. Sobre el escenario esa fórmula funciona todavía mejor. Durante algo más de una hora el bosque del Vida se transformó en una verbena napolitana. Pocos conciertos consiguieron transmitir una sensación tan inmediata de celebración colectiva.

El sábado comenzó con el concierto más delicado de todo el festival. Aldous Harding actuó a primera hora y ante menos público del que merecía, pero desde luego fue un público fiel y respetuoso que supo guardar el silencio que el bolo necesitaba. La mezcla entre la música y la extrañeza con la que la neozelandesa la interpreta, sin parar de gesticular y de poner los ojos en blanco, convierte cada canción en una pequeña performance donde los gestos importan casi tanto como el folk y el art pop que salen por los altavoces. Sonaron “Train on the Island”, “Venus in the Zinnia” o “Coats”, entre otras, en un concierto que exigía paciencia, pero que desde luego recompensaba al espectador atento.

Muy distinto fue el caso de Yerai Cortés, que llenó por completo el escenario Vaixell. El guitarrista alicantino, que ha recibido un reconocimiento inmenso después del documental de C. Tangana, no responde a ninguna moda pasajera. Con una sola guitarra fue capaz de construir un universo sonoro enorme, moviéndose entre el flamenco, la música mediterránea y la improvisación con una naturalidad extraordinaria. Fue una lástima no poder asistir al espectáculo completo de Guitarra Coral, pero incluso este formato reducido bastó para confirmar que estamos ante un guitarrista extraordinario. Por su parte, Modern Woman hicieron un buen concierto donde mostraron como el rock aun tiene caminos que explorar. Entre el art rock, el post-punk y algún inesperado desvío jazzístico, los londinenses recordaron por momentos a PJ Harvey o Dry Cleaning, aunque con una personalidad propia que invita a seguirles la pista.

Sin embargo, el gran descubrimiento del festival fue Tyler Ballgame. Su debut, For the First Time, Again, ya apuntaba maneras como uno de los discos de americana más interesantes del último año (y con una de las portadas más bonitas), pero el directo confirma que estamos ante un músico llamado a crecer. Respaldado por una banda impecable (por momentos sonaban como los Crazy Horse, lo juro) y por una voz que recordaba a Elvis Presley, Roy Orbison o Jim James, Ballgame y su banda dieron un concierto que nos trasportaron a todos a un pequeño bar del sur de Estados Unidos. Destacó el tema titular del álbum, “A Matter of Taste” y el cierre con una emocionante versión de “Without You” del genio Harry Nilsson, donde se recreó en la parte vocal, fue uno de los más especiales del festival.

El colofón llegó con tres maneras completamente distintas de entender la música. Primero, Balu Brigada dejaron una grata impresión, probablemente uno de esos grupos destinados a ocupar cada verano un buen número de festivales. Los hermanos Beasley practican un indie pop luminoso que mira claramente hacia bandas como Royel Otis o, en algunos momentos, The Strokes. No reinventan absolutamente nada, pero escriben melodías suficientemente eficaces como para acompañar una tarde de verano con una cerveza en la mano. María Arnal presentó AMA, su primer trabajo en solitario, profundizando todavía más en ese territorio donde conviven tradición, experimentación y electrónica. Después, Fatboy Slim convirtió el recinto en una enorme pista de baile para recordar que, treinta años después, sigue siendo uno de los grandes nombres de la cultura rave británica.
Texto: Álvaro Rebollar
Fotos: Marina Tomás Roch






