
Qué velocidad la tuya, sir George Ivan Morrison. La última vez que nos vimos, en el mismo lugar, casi a la misma hora, pero un año y un mes antes, estabas a punto de publicar Remembering Now, uno de tus mejores álbumes con canciones propias de las últimas décadas.
Desde entonces, no solo te ha dado tiempo a sacarlo al mercado y que todo el mundo se olvide de él, sino que también has parido Somebody Tried to Sell Me a Bridge, pantagruélico (y un tanto excesivo) festín de rhythm ‘n’ blues que conforma junto a aquel último trabajo la espina dorsal de tu última visita a Madrid. Ni uno de esos reguetoneros que publican cada dos semanas un nuevo single para que el algoritmo no se olvide de ellos. La diferencia es que lo haces a tus bien llevados 80 años, aunque los últimos doce meses parezcan haber hecho algo de mella en tu movilidad.
¿O se trataba simplemente de la insoportable humedad de un Madrid bañado por el calor? Salta Van al escenario a la misma hora que hace un año, rigurosas ocho y media de la tarde con la mente puesta en cerrar el chiringuito a las diez de la noche, portando exactamente el mismo traje de entonces, poco propicio para refrigerarse: aunque el repertorio cambie, el acto tiene un poco de repetición ritual. Abundan en los primeros compases esos R&B sacados de su último disco, conducidos por una armónica y un saxo que Van sopla aún con brío, de igual manera que sin grandes alardes, sigue conservando su voz de león herido: abre el concierto con «Deep Blue Sue» de John Lee Hooker, y la acompaña con una triple ración de blues de Chicago antes de sumergirse en Remembering Now, del que rescata «Down to Joy» y «Back to Writing Love Songs».

El público parece incluso ser exactamente el mismo, lo cual puede interpretarse como cada cual quiera: o un testimonio del buen hacer de Van The Man en su última visita o que a la audiencia le da igual el contenido del concierto con tal de figurar. Abundan, un año más, esas camisas rosas palo metidas por dentro de pantalones chinos caqui para ellos, vestidos blancos y bronceados naranja nuclear para ellas. También, la sensación de que se va a ver una leyenda de consenso. Si, además, el concierto está bien, eso que se lleva uno a casa.
Genuinamente lo está, a pesar de un titubeante inicio, probablemente causado por la severidad del sol, y un esquema repetido al dedillo respecto a años anteriores. Tampoco ayuda que, en comparación con otras ocasiones, sus visitas al repertorio clásico se hayan reducido a la mínima expresión, esa que a estas alturas resulta ya manida. «Moondance» suena convencional y «Gloria» se convierte, un año más, en un peaje demasiado barato que sirve para que el público pueda corear alguna canción mientras el cantante se larga del recinto sorteando atascos e impertinentes.

La chicha se encuentra en los compases intermedios del concierto, en los que como siempre ha sido marca de la casa desde hace más de 50 años, la banda trota sotto voce, sin aspavientos ni virtuosismos, sobre un repertorio que bien podría ser el de una agrupación local de Nueva York, Chicago o Los Ángeles, mejorada con un Van Morrison algo hierático pero relajado. El artista reconoce sus deudas en la composición propia «If It Wasn’t for Ray» y, acto seguido, se acerca al repertorio del invocado Ray con «I Believe to My Soul», quizá el mejor doblete de la noche. En su caso, la palabra “homenaje” se queda corta. El blues es el lenguaje vernacular de este norilandés que bajito, pálido y pelirrojo, ha terminado convirtiéndose en uno de los exponentes más inesperados de la música negra, alta, fornida y sexual.
El público hace circular el irónico rumor de que, después de cada noche, toque donde toque, Morrison agarra el avión y vuelve a su hogar para dormir en su cama. Resulta improbable que lo hiciese en Madrid, dado que apenas 24 horas después tenía otra cita con el público madrileño, pero ese es el material con el que se crean las leyendas: sigue rondando la del Van Morrison gruñón, reservón y amargado, pero no hay más que haber presenciado una de sus últimas visitas para comprobar que si bien nunca será el alma de la fiesta, sí puede ser el corazón de un martes noche cualquiera.
Texto: Héctor García Barnés
Foto: Salomé Sagüillo






