
Se dice que la mejor forma de valorar la longevidad y la calidad de una banda es compararla con los grandes clásicos y trazar líneas paralelas entre ambas trayectorias. Está claro que solo un porcentaje mínimo saldría airoso de ese ejercicio: los tiempos han cambiado y prácticamente todas las nuevas olas surgidas durante el resurgir del rock acabaron desvaneciéndose al llegar a la orilla, convertidas en espuma y, en el mejor de los casos, dejando apenas un leve rastro.
The Datsuns no escaparon a esa realidad. Hace un cuarto de siglo acapararon todas las miradas, disfrutaron de un notable éxito y reconocimiento, e incluso John Paul Jones, legendario bajista de Led Zeppelin, llegó a producir su segundo álbum. Sin embargo, en una escena que evoluciona a gran velocidad, fueron perdiendo protagonismo hasta quedar en un discreto segundo plano. Aun así, han sabido mantener una trayectoria coherente, honesta y consistente que se prolonga hasta nuestros días.

Antes de que la banda neozelandesa tomara el escenario, lo hicieron The Vil Veins, un trío multinacional surgido del underground barcelonés. Su propuesta bebe claramente de la generación musical que les ha tocado vivir, con una marcada influencia alternativa y grunge, aunque enriquecida por un enfoque más dinámico y personal. Tienen una buena imagen, una notable capacidad para conectar con el público y, por lo visto, una mini legión de fans que ya les respalda. Aunque todavía no disponen de ningún trabajo publicado, si saben jugar bien sus cartas, no tardaremos en volver a oír hablar de ellos.
Teniendo en cuenta que apenas había transcurrido algo más de un año desde su anterior visita, podría pensarse que The Datsuns están aprovechando la inercia de una banda que se siente activa para regresar con frecuencia a nuestros clubes. Sin embargo, esta estrategia también entraña un riesgo: la ausencia de un nuevo lanzamiento que sirva de reclamo. Han pasado ya casi cinco años desde la publicación de Eye To Eye, su último álbum de estudio, y aunque durante el concierto presentaron algunas canciones nuevas, ello no fue suficiente para atraer a una mayor asistencia. La sensación general fue que faltaba un incentivo claro para que más público se acercara a comprobar de primera mano lo que la banda sigue ofreciendo sobre el escenario.

Y lo que ofrecieron fue precisamente aquello que ya se esperaba de ellos: un set directo, sin apenas pausas y construido a partir de un recorrido por toda su discografía. Como no podía ser de otra manera, hubo una parada obligada en su álbum de debut, el trabajo que mejor define la esencia de The Datsuns, aunque la banda volvió a depositar buena parte de su confianza en Death Rattle Boogie, el disco con el que, hace ya más de una década, orientó definitivamente su sonido hacia el hard rock que hoy domina su propuesta. Un enfoque con cierto aire retro, pero sustentado por una energía que sigue plenamente vigente y por una sólida química en el juego de guitarras dobladas.
Además, presentaron hasta cuatro temas nuevos. Uno de ellos, Ugly Leather, ya era conocido, mientras que el resto se movió dentro de esa zona de confort que tan buenos resultados le ha dado al grupo y que les permite desenvolverse con absoluta seguridad sobre el escenario.
Sin embargo, el concierto adquirió otra energía cuando Dolf de Borst se desprendió del bajo para asumir plenamente el papel de frontman. Esa libertad escénica le permitió ser más expresivo, dinámico y conectar con el público, lo cual beneficio a todas las partes implicadas. Esa renovada energía, unida a un tramo final con clásicos como Dehumanise o MF From Hell, terminó por certificar la vigencia de una banda que, en una escena cada vez más reducida y especializada, empieza a convertirse en un producto casi premium, reservado para quienes siguen apreciando este tipo de propuestas.
Texto: Oscar Fernández Sánchez
Fotos: Marina Tomás Roch






