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Sting – Les Nits de Barcelona (Barcelona)

Administrando un patrimonio irrepetible

Empezar un concierto con Message in a Bottle es toda una declaración de intenciones. Es quitarse de encima uno de los mayores himnos de la historia del rock en los primeros cinco minutos… o recordar al público que, cuarenta y cinco años después, sigue siendo precisamente por esas canciones por las que todos estamos aquí.

A Sting nunca pareció preocuparle demasiado esa realidad. Tampoco esta noche. Un músico impecable, inteligente y físicamente extraordinario, que sigue viviendo de un cancionero irrepetible, aunque inevitablemente ya no pueda reproducir la electricidad de The Police. Aunque, en el fondo, qué importa. Delgadísimo, con unos pantalones pitillo que le hacen más alto y una forma física que ya quisieran muchos veinteañeros, afrontó sin pestañear el bochorno barcelonés. Da la sensación de que resistirá mejor el paso del tiempo que buena parte de quienes lo contemplamos desde esa noche.

Eso sí, resulta extraño verlo cantar sin un pie de micrófono. El inalámbrico le da libertad, pero también le resta un no sé qué, a pesar de llevar ya años presentándose así. Parece un detalle menor, aunque durante buena parte del concierto uno tiene la sensación de que falta algo sobre el escenario.

Con todo, el espectáculo funciona como un mecanismo perfectamente engrasado, sin pausas. Profesional, eficaz, casi funcionarial. Sting sabe exactamente qué espera buena parte del público: reencontrarse con un puñado de canciones que forman parte de la memoria colectiva. Y, seamos sinceros, siempre será preferible escucharlas en boca de su autor que en manos de la mejor banda tributo imaginable.

Las reacciones del público lo confirman. Euforia inmediata con Every Little Thing She Does Is Magic, Englishman in New York o la propia Message in a Bottle. Mucho más tibia con Driven to Tears, una de las composiciones favoritas del propio Sting —se percibe en la intensidad con la que todavía la interpreta— pero también una de esas piezas condenadas a convivir en Zenyatta Mondatta con jitazos como Don’t Stand So Close to Me o De Do Do Do, De Da Da Da. El gran público rara vez va más allá de esos títulos.

Sin embargo, no todo funciona igual de bien. Varias de las canciones más conocidas, especialmente Message in a Bottle o Every Little Thing She Does Is Magic, aparecen demasiado domesticadas. Correctas, limpias, incluso elegantes, pero faltas de la agresividad que las convirtió en clásicos. Donde más se aprecia esa ausencia es en la batería. Es evidente que Sting no pretende buscar un clon de Stewart Copeland, probablemente porque eso sólo serviría para recordar lo insustituible que era aquel sonido. Pero precisamente ahí se echa de menos ese ataque permanente, ese nervio casi descontrolado que impulsaba la música de The Police.

Curiosamente, tanto batería como guitarra sí miran hacia territorios más progresivos. No deja de tener lógica: tanto Andy Summers como el propio Copeland se curtieron musicalmente en ese universo antes de The Police. En pasajes como Never Coming Home aparecen desarrollos instrumentales que recuerdan ese gusto por construir las canciones desde la interacción entre músicos más que desde la simple reproducción del disco. No es que haya un ápice de improvisación, pero no todo suena pop.

A sus 74 años, Sting sigue conservando una voz admirable. Además, demuestra inteligencia. En algunos momentos baja discretamente la tonalidad de determinadas canciones. Apenas se percibe y le permite mantener intacta la solvencia interpretativa durante todo el concierto. No necesita demostrar nada.

Uno de los momentos más simpáticos llega cuando un chaval levanta un cartel explicando que se trata de su primer concierto. Sting sonríe, le responde que es un honor formar parte de ese recuerdo y arranca Can’t Stand Losing You. La canción desemboca, como tantas veces ocurrió en las giras de The Police, en esa larga coda instrumental que un año después terminaría convirtiéndose en Reggatta de Blanc. Un pequeño regalo para quienes conocen bien la historia del trío.

Después llega So Lonely. Nunca podrá competir con la versión original ni con la electricidad de cualquier interpretación de The Police en sus mejores años, pero sorprende por su vitalidad. Arranca con contención y acaba creciendo hasta rozar durante unos instantes un aire casi ska antes de regresar a su cauce natural. Un espejismo breve, aunque muy bien construido.

El tramo final encadena varios clásicos más de su carrera en solitario antes del inevitable cierre con Every Breath You Take. Ahí ya no hace falta analizar demasiado. Basta observar al público cantar prácticamente cada palabra.

Y quizá esa sea la verdadera conclusión. Cuando has escrito tres o cuatro canciones que forman parte de cualquier lista seria de las cien mejores de la historia del rock, el éxito siempre juega con ventaja. Hay artistas que salen a defender un repertorio. Sting sale a administrar un patrimonio. Y qué patrimonio.

 

Texto: Felix Ortega

Fotos: Marina Tomás Roch

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