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Rubén Blades – Noches del Botánico (Madrid)

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. El bueno de Rubén Blades aterrizaba una vez más en la capital en un estado de forma envidiable, impropio de sus bien llevados 78 años, pero en un particular momento histórico.

Su antiguo compañero de correrías y enemigo durante las últimas dos décadas, Willie Colón, falleció el pasado febrero. Colón es invocado, además, en el Motomami de Rosalía y en Debí tirar más fotos de Bad Bunny, dos de los discos que han cambiado el mainstream global durante los últimos años. Mientras tanto, Blades parece haber quedado reducido por la marcha de la historia a nota a pie de página. Irónico entre artistas progresistas, ya que el polémico Colón mostró su apoyo a Trump antes de su muerte.

Pero quizá Colón se haya quedado con la imagen de chico malo de la salsa, más fácil de reivindicar por la generación Z ansiosa de credibilidad arrabalera, y el exministro de Turismo Blades, abogado y egresado de la Universidad de Harvard, con el lado institucional. No tardó mucho en zurrar al citado Trump ya en la inicial «Plástico», aquella canción que figuraba en Siembra, considerado hoy unánimemente uno de los grandes discos de la música latina que anticipaba a finales de los setenta la vacuidad yuppie que el trumpismo ha querido rescatar. Agitando unas maracas con la bandera de su país, metonimia de ese eje americano al que la doctrina Monroe siempre miró de rabillo, era toda una declaración de intenciones de una noche en la que se iba a buscar la otra América.

Emigrante y estudiante, actor y exiliado, perseguido y aceptado, en la noche madrileña aparecieron todos los Blades. Más que un artista total, siempre ha sido un médium de las músicas de su continente, sobre todo salsa pero no solo salsa: desde el son cubano hasta la fusión caribeña, ejecutada con precisión quirúrgica por la Roberto Delgado Big Band, dos decenas de músicos sobre el escenario que funcionan como clásica orquesta que no deja que se escape ni una sola nota. Lo cual tiene, no obstante, su parte mala: a ratos, uno tiene la sensación de que reproducen sin dejarse llevar, que la fiesta no llega a desbordarse.

Una vez más, el mal de la institucionalidad musical que aqueja a un repertorio irregular pero que refleja bien la carrera del propio Blades. Por cada uno de los clásicos grabados con Colón o recogidos en Buscando América (1984), su gran disco de madurez, asoman canciones menores que, en ocasiones, hasta van acompañadas de excusa explícita, como con «Ojos de perro azul», recuperada de aquel disco que se inspiraba en Gabriel García Márquez y que, como recordó el propio cantante, fue “pisoteado por ustedes, el público”.

Al panameño siempre le han funcionado peor las canciones de comentarista social moralista –y aquí hubo unas cuantas, desde «País portátil» hasta «Emigrantes» pasando por «La barricada», un bloque que hizo que decayese el ritmo– y mucho mejor su lado de cronista social que conforma lo mejor de su repertorio: «Decisiones», claro, pero sobre todo sus dos grandes canciones, que son demasiado buenas en comparación con el resto: «El cantante», inmortalizada por la garganta de Héctor Lavoe, y «Pedro Navaja», piedra filosofal de la salsa setentera que cierra el show antes de una pequeña despedida acompañado solo por la guitarra de Niño Josele.

 

Es imposible saber muy bien qué se le podía pasar por la cabeza cuando durante la interpretación de «Todos vuelven», el público soberano ejecutó un pequeño referéndum sobre el Olimpo de la música latina y los ganadores fueron Celia Cruz, Tito Puente, el citado Lavoe o… Willie Colón, momento en el que Blades se giró para ver el rostro de su amigo y rival en la pantalla. La elegancia manda y le dedicó un pequeño saludo, pero la historia parece haber colocado a Blades en el lado de McCartney y a Colón en el de Lennon. Pero tanto Macca como el panameño tienen una virtud: estar vivos, seguir vivos y, a pesar de que esta se haya anunciado como una gira de despedida europea, no hay que hacerle mucho caso. Gracias a Dios, sospecho que le volveremos a ver.

Texto: Héctor García Barnés

Fotos: Salomé Sagüillo

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