
¡Hola amantes del jazz de Stuttgart!
Así se dirigía Nick Cave al público al inicio del concierto, después de haber comenzado a sembrar el caos entre la audiencia, para preguntarse con sarcasmo qué se encontraba en un festival de jazz para, acto seguido, desarrollar junto a los Bad Seeds una serie de pasajes al piano que representaban su particular manera de entender el género. El origen del festival tomó el jazz como referencia, pero, como tantos otros eventos, ha evolucionado hasta convertirse en una cita corporativa de estilo boutique, ubicada en un enclave privilegiado como la Schlossplatz de Stuttgart, rodeada de edificios neoclásicos, barrocos y modernos de líneas minimalistas.
Previo al caos inicial, y una hora antes del comienzo del concierto, la calma reinaba bajo un sol que apuraba sus últimos momentos de intensidad. Los asistentes de la banda aplicaban cera abrillantadora al piano de cola, ajustaban los amplificadores, apretaban las tuercas mariposa de la batería y colocaban la desgastada silla vintage de cuero marrón de Warren Ellis. Junto a ella, una botella de agua con gas Pellegrino y un plátano le ayudarían a mantenerse hidratado y recuperar fuerzas tras cada uno de sus espasmos de hiperactividad sobre el escenario.

Pasado ese ritual previo y con una puntualidad extrema, a las 20:00 h la banda tomó posiciones para iniciar un espectáculo exhaustivo, concebido como un recorrido por buena parte de su trayectoria. Un repaso marcado por la dosis exacta de visceralidad y emotividad que caracteriza a Nick Cave & The Bad Seeds, y por todos los matices que pueden surgir entre ambos extremos. “Get Ready for Love” actuó como detonante perfecto, enlazada con “From Her to Eternity”, una inmersión en algunas de las zonas más incómodas y oscuras de su pasado creativo que sentó especialmente bien a un primer bloque donde Cave ya se mostró desatado, interactuando constantemente con el público, comunicativo y cercano, aunque siempre acompañado de ese humor negro que maneja con inteligencia y una naturalidad difícil de igualar.
“Wild God”, “O Children” y “Tupelo” representaron el broche a ese primer tramo del concierto, probablemente el más efectivo a la hora de atrapar a la audiencia, aunque no pareciera responder a una estrategia premeditada. Superado ese primer estallido de intensidad, se exploraron terrenos más contenidos, donde la banda exhibe toda su clase y capacidad interpretativa. Desde la intimidad de “Joy” y “Bright Horses” hasta alcanzar uno de los grandes momentos de la noche con “Henry Lee”, en la que la corista Janet Ramus asumió la réplica vocal frente a un Cave que, pese a entrar a destiempo en uno de los versos, supo corregir el desliz con criterio y sentido del humor. Una muestra más de como transformar una interpretación cargada de dolor en una suerte de góspel de carácter infernal sin perder un ápice de intensidad.
La parte más dinámica de la noche llegó en una secuencia donde la banda fue incrementando progresivamente la intensidad donde “The Mercy Seat” avanzó en constante aceleración, “Papa Won’t Leave You, Henry” aportó un ambiente de taberna desbordada, mientras que “Red Right Hand” fue sometida a una de esas reinterpretaciones que solo Cave puede permitirse: arrancando con aires de cabaret jazzístico para ir creciendo hacia una dimensión teatral, demoniaca y socarrona, que terminó por convertir uno de sus grandes clásicos en algo distinto sin perder su esencia.

“Jubilee Street” devolvió el concierto a ese estado de calma tensa que tan bien domina el australiano. Aferrado al pie de micrófono, conteniendo la energía a duras penas y acompañando cada frase con exagerados movimientos de brazos, Cave construyó uno de esos momentos de expectación que parecen mantener al público suspendido en el tiempo. Fue además el puente perfecto hacia el medley formado por “Hiding All Away” y “White Elephant”, una transición partiendo de resonancias postindustriales hasta una auténtica celebración góspel. Con el cuerpo de coristas ocupando las primeras filas del escenario, la escena adquirió un aire festivo, casi carnavalesco.
Mención aparte merece “Hollywood”, uno de los momentos más sobrecogedores, donde el propio Cave advirtió de que se trataba de una pieza extensa y especialmente dolorosa. Ejecutada al piano con una tensión que fue creciendo lentamente desde la melancolía hacia una luminosidad frágil, hasta desembocar en un desenlace tan descarnado como emocionante. El tema explotó en su tramo final con una intensidad devastadora, convirtiéndose en el cierre ideal para un set principal que había comenzado de forma directa y desafiante, pero que terminó sumergido en una emoción tan profunda que rozaba la lágrima.

El bis supuso una ruptura definitiva con cualquier atisbo de formalidad, si es que realmente la hubo en algún momento de la noche. “City of Refuge” funcionó como un nuevo guiño al seguidor más fiel, después llegó “The Weeping Song”, donde la socarronería y el sentido del espectáculo se impusieron para arrancar palmas y sonrisas a un público completamente entregado. Más que una simple interpretación, fue una celebración compartida que sirvió para despedir a los Bad Seeds del escenario.
A partir de ahí, el protagonismo quedó exclusivamente en manos de Cave. Sentado al piano y acompañado únicamente por las voces de la audiencia, abordó una conmovedora versión de “Into My Arms” que terminó en forma de final íntimo y cálido para una actuación marcada por los contrastes, donde la intensidad más feroz convivió con momentos de enorme fragilidad emocional.
Es complicado describir un abanico tan amplio de emociones en apenas dos horas y media. Del caos a la calma, de la euforia a la melancolía, de la ironía al desgarro más profundo, Cave volvió a demostrar que sus conciertos son mucho más que una sucesión de canciones: son una experiencia emocional total y altamente colaborativas, todo sin un guion establecido
Texto: Oscar Fernández Sánchez
Fotos: Sonia Eireos Gallarín






