
El certamen madrileño, uno de los grandes festivales nacionales, cumplía 10 años de actividad siguiendo unas pautas parecidas. A saber, heterogeneidad, artística y asistencial, con objetivos claros enfocados en distintos targets: extranjero, generación Z, novísimas hornadas pop, etc., como punto de partida en torno al cual organizar cada jornada. Cada público tenía su día fetiche, con un interés muy variable respecto a las jornadas restantes, en función de lo que se busque.
De ahí que la concurrencia variara sobremanera de un día para otro, con total normalidad y harmonía (un rasgo interesante), aun con todos los abonos de 4 días despachados con antelación. Un éxito de asistencia y de bienestar, ya que, a pesar de los más de 200.000 asistentes totales, por lo general, la comodidad en cuanto a barras, baños y movilidad, fue excelente. Un cambio remarcable fue la disposición de escenarios, ya que se centró claramente en los nombres más destacados, repartidos en sólo dos escenarios principales. El Region of Madrid, con gran capacidad de asistencia, sonido fuerte, impecable y pantallas enormes, a la altura de las circunstancias. Y en segundo lugar, un escenario Orange donde todos esos aspectos quedaron en peor lugar, aunque hubo momentos para todo. Los otros tres escenarios restantes constaban de carpas de tamaño grande o mediano, destinados a la música electrónica o las propuestas de menor demanda general.

El miércoles fue una jornada casi perfecta. Breve e intensa. En el escenario grande, The Warning jugaban con su metal épico grandilocuente ante una buena base de fans, mientras Jenny Beth, en la carpa The Loop, afilaba su creciente mala leche con un sonido demasiado estridente. The Last Dinner Party, en el Orange, sonaron descafeinadas, carentes de presión sonora, aunque su música y sus ganas, les permitieron salir airosas, gracias a unas canciones muy interesantes, con dejes clásicos y recovecos inesperados. Los Wolf Alice actuales han crecido enormemente, dotando su pop sofisticado de muchos y buenos ganchos melódicos.

Fue hacia el final cuando se volvieron más enérgicos, viajando al nervio eléctrico de sus primeros discos. De presente y futuro. The War And Treaty consiguieron atraer una muy buena asistencia a la carpa The Loop Iberdrola. No aportan nada nuevo, pero su mezcla de soul al rojo vivo con pinceladas gospel, funciona perfectamente en directo. Su hype quedó parcialmente justificado a base de entrega y sudor, si bien les falta algo. Un toque más personal, quizás, que les lleve a otro nivel. Y aunque Adam Granduciel, precisamente, no puede presumir de original (la cabeza del Boss siempre asoma en sus canciones), su AOR de bella factura está excelentemente resuelto e interpretado. Lo bien que se rodea en vivo, con una banda ya clásica, muy bien engrasada, le da ese empujón extra con el que nos tiene bien ganados. Una hora de The War On Drugs es un buen regalo. Como siempre, sin defraudar, tanto en los medios tiempos, como en momentos de la talla de una conmovedora «Red Eyes».

Aunque Moby y The Vaccines son propuestas festivaleras muy apetecibles y corrió la voz de que ambos bolos fueron destacados, servidor se zambulló en los decibelios y la clase de Foo Fighters, viviendo 2:30 h. de intenso arena rock americano. Los de Dave Grohl eran uno de los grandes nombres del festival, y no rehuyeron esa responsabilidad. Hubo lugar para casi todos sus discos. Y aunque su último trabajo, pese a ser ya el enésimo, cumple con buena nota, ni lo tocaron, centrando la mitad de su repertorio en los cuatro primeros discos. También sonaron la misteriosa «Marigold», única pero destacada aportación compositiva de Grohl para Nirvana, así como un medley de varias canciones pertenecientes a bandas en las que los otros Foos habían tocado con anterioridad. Muy divertido, especialmente para los más fans. Por entrega, sonido, actitud (el chorro vocal y el griterío del bueno de Dave, nunca se apagan; impresionante) y calidad instrumental, uno de los mejores conciertos del festival.
Aunque la programación del jueves, mucho más centrada en propuestas pop más o menos actuales, no encaja demasiado con la línea de esta, tu revista, merece la pena destacar algunos nombres. El pop-folk con toques country de CMAT, la herencia del Stevie Wonder más edulcorado a manos de Charlie Puth, la entrega y la profundidad vocal que ofrecen Lorde y su pop sintético, o la melosa fibra folk de Teddy Swims. Y muy especialmente, el culto generado alrededor de Florence And The Machine y su liturgia de indie-pop espiritual, sentido, excelentemente cantado, muy percutivo y grandilocuente, idóneo para estas lindes.

El viernes empezaba con Holly Humberstone atrayendo mucho público extranjero, sonando emotiva y sencilla, aunque todavía algo juvenil. A Pixies, por muchas veces que les hayamos visto, no les podemos dar por sentados. Y menos si, como es el caso, salen inspirados. Unas ganas, no siempre habituales en ellos, todo sea dicho, que se transmitieron desde el primer momento. La máquina de hits de los de Boston no defraudó. Tampoco es difícil, cuando se cuenta con un repertorio tan generoso en excelentes cortes. Siete temazos de Doolittle, unidos a una espectacular «Bone Machine», la odisea guitarrística de Joey Santiago en «Vamos», el drama rock de «Velouria» o la disfrutada «Where Is My Mind?»… y la lista sigue. Clásicos en vida y en buena forma, a pesar de que la edad se deja ver. La victoria de España en cuartos del Mundial fue transmitida en una pantalla y atrajo mucha gente, pero no tanta como Kings Of Leon.

Desquitándose de su baja en la anterior edición, la familia Followill dio un buen concierto, tendiendo puentes entre el sonido Nashville que les vio crecer y el indie dosmilero para las masas que les dio cobijo. Con total naturalidad. Son una unidad musical muy particular y tienen buenas canciones, la voz impecable de Caleb Followill y una carrera muy regular que va más allá de sus celebrados clásicos. La épica de «Use Somebody», sonando en plena euforia por el pase de España tuvo algo mágico. ¿Fue casualidad? A Perfect Circle cubrieron la cuota de metal, este año con muy poco protagonismo, atrayendo a los acérrimos de Maynard James Keenan, Tool y compañía. Siempre cumplidores. Por último, Interpol ofrecieron su gélida y bella oscuridad, aderezada con unas luces que ayudaban a enfatizar esa percepción de oscura misa indie-rock. No son la alegría de la huerta, ni Paul Banks transmite demasiado, pero su sonido, impecable y sus excelentes canciones son más que suficiente para penetrar y convencer.

Y tras un muy buen viernes, un sábado sobresaliente sirvió para poner broche por todo lo alto a esta destacada décima edición de Mad Cool. La prometedora elegancia de Jalen Ngonda, a pleno sol, precedió un más que correcto show de The Black Crowes. Los hermanos Robinson atraviesan un buen momento, con un par de discos recientes en su haber y un extenso repertorio de clásicos que envejece como el buen vino. Con una banda muy sólida, suelta y disfrutona, nos regalaron 9 cortes imprescindibles de sus dos primeros discos, además de «Wiser Time», «Cruel Streak», de las mejores su reciente trabajo, o una gran lectura del «Oh! Sweet Nuthin’» de los Velvet, con Rich Robinson a las voces. El hermanísimo Chris, por su parte, estuvo entregado y con un toque socarrón, como de costumbre, mostrándose en un buen estado físico y vocal. Y como colofón una «Twice As Hard» impecable y grasienta. Que vuelvan todas las veces que quieran si siguen tan en forma.

Matt Berninger hizo de las suyas, paseándose entre el público con una épica «Terrible Love» de sus The National, para después desgañitarse a gusto con otras canciones a título propio. Siempre un espectáculo de entrega, también en solitario. Mientras Kasabian remataban la cuota de indie de los 2000, históricamente muy propia de este certamen, Nick Cave & The Bad Seeds ofrecían un ritual cuasi religioso de muchos quilates. Visiblemente emocionado en la espectacular «Joy», el aussie y sus habituales brindaban uno de esos conciertos tan suyos en los que se debate entre la tensión asesina de sus baladas negras y sus cortes más tensos (impresionante, por ejemplo, «From Her To Eternity») y la espiritualidad de rituales de profundidad bíblica, tales como «O Children» o la larga epopeya de «Hollywood». Y por supuesto, «Red Right Hand», una «The Mercy Seat» muy remozada o la emocionante revisión final de «Into My Arms» con Cave solo al piano. Nos conocemos su set al dedillo (aunque hay alguna sorpresa, como la recuperación de la muy Cramps «Train Long-Suffering»), pero poco importa. Su entrega, su sensibilidad y su madurez le convierten en un artista mayúsculo, imprescindible, que, rozando los 70 palos, trabaja como un loco en busca de otro momento (otro más) de inspiración divina.

Un lujo. David Byrne, como viene siendo habitual, ofreció un show muy teatral, simpático y excitante, revisando momentos de su carrera en solitario, pero poniendo especial hincapié en la obra de Talking Heads. Canciones como «Psycho Killer», «Houses In Motion» o «This Must Be The Place (Naive Melody)» tienen un peso histórico muy importante, algo que podíamos apreciar con un simple vistazo al público; entregado, feliz, agradecido. Otro ejemplo de inquietud artística sin fin, independientemente de la edad. Y para culminar de la mejor forma: Pulp. El combo de Sheffield se ha liado la manta a la cabeza editando More, su primer disco en 24 años, casi nada. Y lo cierto es que es un disco notable, inspirado, que no desentona entre su repertorio clásico. Aunque, por supuesto, las canciones de Different Class y compañía gozan de una resonancia generacional y un calado artístico insuperables. Y si a ello sumamos una magnífica «This Is Hardcore» que es puro cine negro, la ironía y el carisma de Jarvis Cocker y la celebrada y trabajada victoria de Inglaterra sobre Noruega, nada podía salir mal. Máxime cuando, tras cuatro exigentes días de música sin parar, «Common People» ponía el cierre perfecto a una edición para recordar.
Texto: Daniel González
Fotos: Salomé Sagüillo






