
Hay noches en las que, de entrada, nada parece encajar. Para empezar, una chica entre el público sostenía una pancarta con una enorme foto de Julius Rodriguez (White Plains, Nueva York, 1998) sacando la lengua. La mantuvo en alto durante todo el recital, pero ni el propio Julius ni el genial trompetista Brandon Woody, situado en el centro del escenario y con la vista puesta en la audiencia, parecieron darle la menor importancia.
Después estaba la desaguisada puesta en escena del cuarteto. A los ya mencionados se sumaban Max Gerl, alternando bajo eléctrico y contrabajo, y Willie Barthell, un baterista descomunal. Cada uno vestía como si perteneciera a una banda distinta. Y el propio Julius apenas se dirigía al público para presentar los temas, moviéndose entre la timidez y esa actitud de quien parece decir: «He venido a tocar, no a hablar».

Pero bastó con que empezara la música para que todo cobrara sentido. Qué calidez. Qué destreza. Qué manera de dar una vuelta de tuerca a lo que muestran sus discos y defender no solo la exhibición instrumental, sino, sobre todo, la fuerza de la composición. Que Julius haya colaborado con miembros de Wu-Tang Clan, rechace encasillar su música bajo la simple etiqueta de «jazz» y cite entre sus influencias a Vijay Iyer, dice mucho de lo que puede esperarse de él.
Y, aun así, es mucho más que eso. Su propuesta es versátil, dinámica, abierta y sorprendentemente accesible. No hubo un solo momento durante el recital en el que apareciera la autocomplacencia. Todo invitaba a permanecer alerta, expectante, preguntándonos qué sucedería a continuación. Si habéis escuchado alguno de sus discos, como Evergreen (2024), entenderéis por dónde van los tiros. A Julius lo vimos sentado al piano —y qué pianista—, pero, por encima de todo, es un compositor de enorme talento. De ahí que cada pieza tuviera un peso y una coherencia extraordinarios.
En unos días actuará en el Festival de Jazz de San Sebastián. Yo, de vosotros, no me lo perdería.
Texto: Sergio Martos
Fotos: Alberto Belmonte






