
Se intuía una cierta sensación de cansancio dentro de la familia Iron Maiden. La retirada de Nicko McBrain, su legendario batería, fue el primer toque de atención y, su eterno guitarrista, Dave Murray, había deslizado unas declaraciones en las que abogaba por su derecho a descansar: “No vi crecer a mis hijos y no quiero que pase lo mismo con mis nietos”. Aún con todas estas preocupantes señales, la banda se embarcó en un nuevo tour de celebración de su cincuenta aniversario en el que siguen demostrando que pocos les pueden igualar sobre un escenario.
El calor era infernal. Pocos días antes, habían tenido que acortar el show de París después de que un fallo eléctrico los dejara sin corriente a medio concierto. En Lyon no hubo apagones y el estadio lucía espectacular con una entrada que rozó el lleno absoluto, pero una temperatura extremadamente alta hizo que la gente de pista lo pasara realmente mal. Mientras la gente de seguridad sacaba a personas con lipotimias y golpes de calor, ninguna inclemencia meteorológica afectó a una banda que salió a por todas desde el principio. Si eres seguidor del grupo desde los inicios y comienzan con «Murders In The Rue Morgue», «Wrathchild», «Killers» y «Phantom Of The Opera», ya tienes el cielo asegurado. Todos esos viejos clásicos sonaron atronadores, sobre todo gracias al triunvirato que forman Steve Harris, Adrian Smith y Dave Murray, este último en concreto, nos ofreció una masterclass de cómo seguir tocando heavy metal con toda la solvencia y energía que requiere un repertorio tan legendario. Murray nos advertía sobre un cierto hastío hacía un trabajo tan exigente, sin embargo, viéndolo sobre las tablas sonriendo y tocando como los ángeles, no se apreciaba ni un ápice de cansancio. ¿Janick Gers? Sigue con sus excesivos bailes y apoya con su guitarra de manera eficiente, pero la sensación es que su labor es cada vez más residual. Ahí los jefes son Smith y Murray, dos músicos que deberían ser más reconocidos.

Bruce Dickinson come aparte. Sigue siendo el gran frontman, el maestro de ceremonias perfecto que continua conservando una voz asombrosamente poderosa. Podía interpretar con la misma clase un incunable de la época Di´Anno, como «Iron Maiden», que una épica epopeya metálica, como «Rime Of The Ancient Mariner», sin ningún tipo de problema. Los clásicos se sucedían uno tras otro, mientras en las pantallas se agolpaban todas esas portadas y Eddies icónicos que forman parte del imaginario de varias generaciones; son nada más y nada menos que cincuenta años de historia ininterrumpida. Me hizo especial ilusión la interpretación de «Hallowed Be Thy Name», ahí sí que las tres guitarras entrelazadas sonaron maravillosas, y no voy a negar que a pesar de la sobreexposición sufrida a lo largo de los años, me dejé la garganta cantando «Run To The Hills», «The Number Of The Beast» o «2 Minutes To Midnight»; imposible no hacerlo si has crecido con todos esos temas. Encontrar peros a un show tan bien ejecutado y un repertorio tan perfecto es complicado, podríamos comentar que la producción era algo escasa para ser un show de estadio. Las pantallas de video eran raquíticas, los telones, a pesar de ser preciosos, fueron algo previsibles y la pirotecnia fue insuficiente y poco impresionante, pero musicalmente resultó impecable. La inclusión de un batería tan austero como Simon Dawson, en mi opinión, ha sido un acierto. Todos amamos a Nicko y lo echamos de menos, pero justo es reconocer que sobre todo en los temas de Clive Burr, el toque simple y contundente de Dawson encaja como un guante. Una de las grandes curiosidades era comprobar como sonaba la máquina con el nuevo baterista y la prueba se pasó con nota alta.

El rush final con «Iron Maiden», «Aces High», «Fear Of The Dark» y «Wasted Years» fue espectacular. A mi lado, un chaval de poco más de veinte años se tapaba la cara con lágrimas en los ojos, comentándome que era la primera vez que los veía y que ojalá pudiera llegar una segunda ocasión. Veremos que le depara el futuro a una banda que sigue en estado de gracia, pero que como decíamos al principio comienza a dar síntomas de cierto cansancio. Steve Harris al que siempre he visto exultante al acabar un concierto, respiraba con dificultad en un mar de sudor mientras le regalaba sus muñequeras a las primeras filas. Es la primera vez que he visto “flaquear” al hombre de hierro. La sensación es que mientras el tipo del bajo con el escudo del West Ham United impreso, pueda subirse a un escenario habrá vida para Iron Maiden. La banda de heavy metal más grande de todos los tiempos.
Texto: Andrés Martínez
Fotos: Rosa Fernández






