
Este año el festival barcelonés eligió como lema «Cruïlla es casa», y pocas veces un eslogan de festival ha estado tan bien elegido. Porque si de algo puede presumir esta edición es de haber reafirmado, noche tras noche, esa sensación de proximidad que el evento lleva años cultivando: la cercanía a las entidades sociales, a la cultura popular y a un público que siente el recinto del Fòrum como propio.
En una ciudad donde los grandes eventos musicales tienden a convertirse en maquinarias impersonales pensadas más para el turista que para el vecino, el Cruïlla se reivindica como uno de los pocos macrofestivales que no ha perdido el contacto con el público de proximidad, ese que vuelve año tras año no por el cartel, sino por la filosofía y el ambiente que se respira en esos cuatro días de fiesta y música de infinidad de estilos.
Precisamente por eso, y porque queremos al festival, toca señalar también lo que aún chirría. No es la primera edición en que nos encontramos un celo desmedido de parte del personal de seguridad, que en algunos accesos protagonizó escenas rozando lo surrealista: a quien firma estas líneas le llegaron a registrar incluso la billetera, con la incomodidad y la sensación de abuso de autoridad que eso conlleva, algo que casa mal con la filosofía de puertas abiertas que el festival dice defender. El segundo es el sistema de vajilla reutilizable, cobrado a 2 euros y que obligaba a llevarse platos aunque el producto —una hamburguesa o una porción de pizza— no lo necesitara en absoluto y que te obligaba luego a hacer colas interminable y tediosas. Son detalles, sí, pero en un festival que se vende por su cuidado al detalle, conviene no perderlos de vista.
Musicalmente, esta edición no traía ese nombre mayúsculo de los que agotan entradas semanas antes, pero sí una densidad de propuestas artísticamente interesantes claramente por encima de la media de otras ediciones. De ahí sale nuestro podio de cinco actuaciones internacionales, encabezado sin discusión posible por un artista que a estas alturas ya forma parte de la historia de la música contemporánea.

Porque sí, la actuación más redonda del festival la firmó un David Byrne que, a sus 74 años, sigue instalado en la vanguardia, empeñado en perseguir la excelencia artística como si le fuera la vida en ello. Su espectáculo funde el espíritu punk y desnudo del CBGB —un 70% del repertorio pertenece a Talking Heads— con la teatralidad de Broadway: la banda al completo, ataviada como una marching band, se mueve libre de cables e instrumentos fijos por todo el escenario, ejecutando coreografías sorprendentes y ligeramente marcianas que dotan de una nueva dimensión a canciones que llevamos décadas tarareando de memoria. A todo ello se suma el arte multimedia, con unos visuales que actúan como un elemento vivo y mutante, una capa más que envuelve con precisión la infinidad de detalles que ocurren sobre el escenario en todo momento. No hay artificio gratuito: cada gesto, cada giro de cabeza, cada formación geométrica de la banda está al servicio de la canción, nunca por encima de ella, y ese rigor coreográfico es, en el fondo, la mejor prueba de que Byrne sigue sin conformarse ni repetirse. El conjunto es un sueño hecho realidad del que costaba despertar, y del que salimos reproduciendo, casi por inercia y con la sonrisa todavía puesta, alguno de sus pasos de baile, como el del clásico irrefutable «Psycho Killer». Pocas veces se ve a un artista de su generación tan lejos de la nostalgia complaciente y tan cerca, todavía, de la pregunta incómoda de qué más se puede hacer con una canción o con una actuación en directo.

El segundo puesto del podio lo ocupó Jon Batiste, que trasladó el espíritu de Nueva Orleans al Fòrum y nos hizo vibrar con una banda excelsa que traía como sorpresa muy especial a Nick Waterhouse a la guitarra —llegaron incluso a interpretar su gran hit «Katchi»—. Hubo espacio para sus canciones más movidas, para su virtuosismo al piano y para un tramo final desbordante en el que la banda al completo abandonó el escenario para desfilar entre el público, desatando el delirio absoluto de la audiencia. Un artista irrepetible y polifacético, capaz de autointerpretarse en la serie «Treme», componer parte de la banda sonora de «Soul» de Pixar, ofrecer conciertos de virtuoso absoluto al piano y pasear por el mundo, con auténtica maestría y devoción, el soul, el jazz y el blues de su amada Nueva Orleans, siempre con esa sonrisa que parece decir que la música, por encima de cualquier etiqueta, sigue siendo ante todo una fiesta compartida.
El tercer y cuarto puesto los comparten dos bandas que nos atraparon en los 90 y que mantienen un nivel excelente a estas alturas de la película. Los Pixies, pese a la ausencia de la siempre añorada Kim Deal, encontraron en Emma Richardson una sustituta solvente, que incluso gana cuotas de protagonismo hacia el final del concierto al interpretar «In Heaven» y la incendiaria «Into the White», que cerraba el show. Black Francis sigue sonando tan afilado y perturbador como siempre, y el repertorio, cargado de clásicos indiscutibles, funciona como una máquina de precisión que no ha perdido ni un ápice de su capacidad de sorprender pese a las decenas de veces que lo hemos disfrutado ya en directo. La banda de Boston demuestra, año tras año, que su legado no necesita del componente nostálgico para sostenerse: basta con dejar que las canciones y la banda hagan el trabajo.

Suede y su frontman Brett Anderson también mantienen una forma envidiable y defienden con solvencia un repertorio plagado de himnos atemporales que hemos disfrutado ya decenas de veces en directo pero que siempre consiguen encendernos por dentro. Anderson arrastra problemas vocales que resuelve con oficio y maestría, haciendo cantar a la audiencia las estrofas más peliagudas, esas que rozan agudos a los que ya le cuesta llegar. Lejos de restar magia al concierto, esa fragilidad asumida con naturalidad añade una capa de emoción extra: la de una banda que ya no necesita demostrar nada y que, precisamente por eso, sigue emocionando. El resto de la banda, con un Richard Oakes siempre elegante a la guitarra, sostiene un directo que combina la épica del britpop con una elegancia decadente que ya forma parte de su ADN.

El quinto puesto fue para unos Black Crowes que tiraron de un setlist basado en un 80% en los hits de sus dos primeros discos, pensado para contentar a los fans de toda la vida. Chris Robinson está en un momento de forma excelente y sigue siendo un frontman carismático, capaz de sostener el peso de todo un show sobre sus espaldas. De ahí la presencia de este concierto en este podio particular. Eso nos hace olvidar, en cierta manera, que la formación actual está lejos de los tiempos en que, en sus diferentes etapas, disfrutábamos de músicos mayúsculos como Steve Gorman, Eddie Harsch, Luther Dickinson y Marc Ford, capaces de defender un repertorio menos obvio y de grabar discos imperecederos. Resulta curioso comprobar cómo decidieron no tocar ninguna canción de su último disco, el prescindible A Pound Of Feathers y sí versionaron el “Oh! Sweet Nuthin'» de The Velvet Underground.

Si tuviéramos que establecer un podio nacional éste lo encabezarían los siempre reverenciados Standstill, que supieron sobreponerse al sol de media tarde y a un calor infernal que invitaba más a la sombra que al baile, y firmaron un concierto de nivel, con esa mezcla de urgencia y elegancia que llevan defendiendo desde hace más de dos décadas. Ver juntos de nuevo en un escenario a Enric Montefusco (voz y guitarra), Ricky Falkner (bajo), Piti Elvira (guitarra y coros) y Ricky Lavado (batería) fue una de las grandes noticias del verano de 2024 y nos llena de gozo comprobar que aún siguen al pie del cañón.
Nuestra diva particular de Ruta 66, Maika Makovski, también supo sobreponerse al calor de la tarde para ofrecer un concierto de nivel, entre el misterio y la contundencia que caracterizan su directo. Su voz, oscura y magnética, y su presencia escénica, entre chamánica y rockera, volvieron a demostrar por qué sigue siendo una de las artistas más personales y menos etiquetables de la escena estatal.

El podio nacional lo completa la sorpresa del festival, que fue la que dieron Arde Bogotá, que habían sido anunciados bajo el nombre de Bigger Splash —el título del último adelanto de su próximo disco—. El público desbordó el escenario Vueling y coreó cada canción como si les fuera la vida en ello, confirmando que la banda cordobesa vive uno de sus mejores momentos de conexión con el directo.
Y dejamos un accésit a este podio, ya que nos quedamos con las ganas de ver el show completo de los barceloneses Ypnosi, víctimas de los malditos solapes de horarios, pero lo poco que pudimos pescar de su propuesta, loca y psicodélica, ya merece quedar apuntado para la próxima.
Para cerrar, y en menor medida deberíamos destacar una Halsey sexual y con espíritu de diva pop a la que todavía le queda recorrido por hacer; unos Garbage que, pese al paso de los años, siguen defendiendo un repertorio lleno de clásicos, ya sin la exuberancia física de la Shirley Manson de antaño pero con oficio y profesionalidad de sobra; la fiesta de baile y orgía de vientos de los alemanes Meute; la simpatía de un cantante de The Hives que se maneja en un español de tintes cruyffistas mientras desgrana himnos absolutos del punk escandinavo; y la solvencia y el brillo de los nordirlandeses Two Door Cinema Club, con los que dimos por cerrados cuatro días de música en el Fòrum y una edición que quedará para el recuerdo.
Texto: Rubén García Torras
Fotos: Marina Tomás Roch






