
Vi por primera vez a Biffy Clyro hace casi veinte años, abriendo para los Rolling Stones en Montjuïc. Lo que más me impresionó entonces fue que tres tipos pudieran sonar así: el nervio de Nirvana trasladado al siglo XXI; riffs cañeros con estructuras retorcidas y, aun así, melodías capaces de quedarse pegadas durante días (décadas, descubriría más tarde). La sensación se repitió poco después en el Electric Festival de Getafe, abriendo la primera jornada del festival. Hoy ya no abren para nadie; los demás lo hacen para ellos.
Aunque, en realidad, ya no son exactamente un trío. Simon Neil sigue ejerciendo de líder absoluto, Ben Johnston continúa aporreando la batería y su hermano gemelo James está actualmente alejado de la gira para centrarse en su recuperación por problemas de salud mental y adicciones. Su lugar lo ocupa con solvencia la joven Naomi Macleod, acompañada además por un segundo guitarrista, un teclista y dos violinistas que aparecieron durante buena parte del concierto, convirtiendo el minimalismo original en una pequeña orquesta.
Cuatro años después de su última visita a Barcelona, Biffy Clyro pisaron el Poble Espanyol con un sonido excelente, de esos que mejoran conforme avanzan las canciones y que, curiosamente, no es siempre fácil en este recinto. La asistencia sería correcta, sin llegar al lleno, y los escasos pogos fueron de intensidad moderada. Poguitos o pogos, con minúscula. Un poco de escuela de negocios y algún niño pijo, no lo vamos a negar.

Pero aquí hemos venido a hablar de música y los Biffy abrieron con «The Captain», seguida de «That Golden Rule» y «Who’s Got a Match?», dejando claro que Only Revolutions y Puzzle fueron los discos que lo cambiaron todo; el corazón emocional de sus directos. Sin embargo, canciones nuevas como «Goodbye» funcionan también como himnos instantáneos. Y esa sigue siendo la gran virtud de Biffy Clyro: pocos grupos han encontrado una fórmula tan eficaz para fabricar cánticos de estadio sin rebajar demasiado la contundencia de sus guitarras. Algún clásico como «Living Is a Problem Because Everything Dies» perdió algo de pegada, con un puente alargado que rompía el ritmo, pero fueron excepciones.
Simon Neil se mostró cercano y hablador durante toda la noche, igual que Ben Johnston, incluso felicitando al público por el reciente Mundial conquistado y confesando su pasión por el fútbol, algo casi obligatorio para cualquier escocés. El tramo final fue un ejercicio de oficio. «Machines», con Simon en acústica y algún gallo sin importancia, acompañado por las violinistas, que arropaban la melodía, y los coros de Johnston, volvió a demostrar que hay canciones que funcionan siempre. «Bubbles» y «Many of Horror» terminaron de recordar por qué esta banda sigue siendo una apuesta segura sobre un escenario.
Quizá ya no sorprendan como hace dos décadas. Quizá incluso se hayan vuelto demasiado cómodos para parte de su público. Pero siguen ofreciendo uno de los directos más sólidos del rock británico actual. Eso sí, cuesta perdonar que hayan borrado completamente de su repertorio sus tres primeros discos. Uno sale feliz, pero también echando de menos «57», «Questions and Answers» o «Glitter and Trauma». Y, sobre todo, deseando que James Johnston vuelva pronto. Porque, aunque Naomi cumpla con nota, Biffy Clyro siempre será, en el fondo, la historia de tres amigos escoceses haciendo muchísimo ruido.
Texto: Borja Figuerola
Fotos: Fernando Ramírez






