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Babasónicos – Noches del Botánico (Madrid)

 

Da bastante pereza ver cómo la claque del moderneo patrio arruga el hocico si les mentas a Babasónicos, incapaces de tararear una sola estrofa de una de las instituciones más descaradas del rock en castellano. Están a por uvas. Mientras el esnobismo de salón agota saliva en debates estériles sobre el enésimo *hype* prefabricado, esta bestia mitológica no pide permiso para arrasar con todo. Cruzar los accesos del Botánico bajo ese sol sádico que te empuja de cabeza a la barra dejaba algo claro: allí no asomaba el habitual desfile de melómanos estreñidos de botín y gafa de sol. Lo que sudaba en la explanada era una devota diáspora argentina; una feligresía buscando un analgésico de carne y hueso contra la neurosis futbolera del mundial en pleno julio.
Antes del plato fuerte, El Zar defendió su trinchera. Llevan doce años rodando y cuatro discos a la espalda, y su directo tira de honestidad: melodías frontales y guitarras sin artificios. Soltaron balas como “Superstar” o “La Declaración”, pivotando entre el Fito Páez primerizo y texturas pisteras que a ratos guiñan a Guille Milkyway. Y aunque a mi vena purista le costase digerir un pop que a veces huele a fórmula ya transitada, se metieron al personal en el bolsillo rematando con la camiseta del diez de Maradona. Todo el respeto para sus años de carretera.

Pero a lo que íbamos. Babasónicos lleva treinta y cinco años escupiendo al plástico imperante. Adrián Dárgelos a la voz, Mariano Roger a la guitarra, Diego Tuñón a los teclados, Diego «Panza» Castellano en la batería, Diego Uma a cargo de guitarra y percusiones, Gustavo «Tuta» Torres al bajo y el incombustible Carca como multiinstrumentista, son hoy una maquinaria analógica que no atiende a algoritmos. Cuando el sol por fin claudicó, las pantallas escupieron su nombre y, de entre las sombras, emergió Dárgelos, escurridizo y teatral, enfundado en una túnica gris.

 

Abrieron fuego con «Revelaciones aparte», toda una declaración de principios y hermosa suciedad. Tras el respiro fugaz de «Tiempo off», la pista entera empezó a convulsionar con «Pijamas». A partir de ahí, la polivisión de las pantallas se tragó el escenario: un artefacto visual cinematográfico que duplicaba los ademanes del cantante mientras este se enredaba en la psicodelia de Tuñón. Sin avisar, sacaron los colmillos. «Fizz» rasgó el aire madrileño con un nervio punk, crudo y afilado, seguida de cerca por el contoneo de «Miau». Entre destellos del Bowie más bailongo y ecos de los Talking Heads, despacharon himnos como «Las demás» y «Risa» antes de soltar a la bestia.

«Putita» se apoderó del recinto impulsada por un groove negrísimo, cortesía del bajo orgánico e hipnótico de Tuta que empujó a todo el mundo hacia adelante. Era imposible no rendirse a la evidencia, incluso para los que militamos en la memoria analógica y renegamos de esa marea de móviles alzados que iluminó la noche frente a un estribillo que te sacude: *»Ya sé / Que el camino a la fama / No significa nada / Si no hay una misión»*. Apenas nos recuperábamos cuando engancharon la intimidad de «En privado» con la urgencia eléctrica de «Estoy rabioso». «Puesto» fue un ejercicio de pura seducción arrastrada, con los sintetizadores abriendo paso hacia el misterio de «Advertencia» y el estallido definitivo en la pista de «Microdancing».

De repente, bajaron a las catacumbas. «La pregunta» arrastró a la banda a su versión más densa y existencialista, apoyada en visuales oscuras que clavaban el peso de la letra en el asfalto. Sobrevivimos al trance de «Maracuyá» para acabar riendo con «Mimos son mimos», un despliegue de pura camaradería con los músicos bailando desatados sobre las tablas. Cayeron «Paradoja» y la melancolía de «Como eran las cosas» antes de encarar el acelerón final con la infecciosa «Bye Bye» y el combo demoledor de «Carismático», encadenado sin dar respiro a una «Yegua» soberbia.

 

Y aquí toca mirarse al espejo. Mientras los de aquí observábamos el huracán medio petrificados, con esa distancia clínica tan nuestra, bajo el escenario la hinchada argentina latía como un solo organismo. Una masa febril bailando al compás de la cerveza y el tinto de verano, fundida en un karaoke salvaje imitando cada quiebro del *frontman*. Esa es la bendita anomalía, la zanja que nos separa de ellos cuando la liturgia del directo funciona de verdad.

El remate fue pura orfebrería emocional. Volvieron para clavar «¿Y qué?», esa melodía epidérmica que se adhiere al córtex cerebral y no te suelta (*»a veces, soy tan fácil / dejadme escapar»*), antes de cerrar el círculo con «El colmo». Ver a la banda en suspensión, implorándole a su propia canción el sagrado derecho al anonimato —*»Quiero ser el murmullo de alguna ciudad / Que no sepa quién soy»*— fue el clímax perfecto. Un final majestuoso que nos escupió de vuelta a la calle sabiendo que acabábamos de presenciar un milagro de tracción a sangre.

Nos fuimos con la certeza absoluta de que varias de estas melodías nos perseguirán sin tregua durante toda la semana, mientras retenemos en la memoria el esfuerzo de cada músico dándolo todo a su estilo, rumiando algunas de las mejores letras que ha dado la música pop argentina y celebrando a uno de los frontmen más atrayentes, seductores e interesantes que se pueden ver hoy sobre un escenario.

Texto: Sendoa Bilbao

Fotos: Salomé Sagüillo

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