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Alabama Shakes – Noches del Botánico (Madrid)

 

 

El aire de la tarde, denso y cargado con la electricidad estática de los grandes rituales paganos, se quebraba bajo un crepúsculo de un violeta febril, como si el firmamento mismo reclamara un sacrificio a los dioses del groove. Bajo un calor sofocante que derretía cualquier artificio, el londinense Joel Culpepper se despojó de su camisa negra para plantarse a pecho descubierto, parapetado tras unas gafas de sol y su inquebrantable fe escénica.

Demostró que para invocar a los fantasmas de la síncopa no hace falta más que un guitarrista, un baterista y una actitud arrolladora. Terrenal, sudoroso y sumamente magnético, convirtió la pista en una masa coral sobre la que jugaba a su antojo. En cortes como «Black Boy», «Free», «Sheriff» o «Woman», su garganta operó como un péndulo asombroso: bajaba a unas simas graves y elegantes para, al segundo siguiente, dispararse en un falsete alegre y sofisticado. Transitó del funk callejero a un blues pesadísimo —de esos que cortan el aire con cuchillo— para terminar reventando el clímax en un mar de palmas que contagió a todo el recinto. Dejó el listón hirviendo.

Joel Culpepper

Esa inmediatez carnal y expansiva de la apertura provocó que la apabullante maquinaria de Alabama Shakes marcara, de inicio, cierta distancia; era una sofisticación que exigía ganarse nuestra rendición trinchera a trinchera. Mientras por megafonía sonaba el «Walk on By» de Isaac Hayes a modo de mantra introductorio, la inmensa tropa tomó posiciones: dos teclados, bajo, segunda guitarra y tres coristas escoltando el centro neurálgico. Y entonces, apareció Brittany Howard. Irradiaba una majestuosidad severa, casi eclesiástica. Enfundada en una imponente y voluminosa túnica azul celeste cubierta de flecos, acaparaba el espacio empuñando su guitarra eléctrica roja no como un simple instrumento, sino como una extensión de su propio sistema nervioso. Se movía con una violencia contenida que contrastaba extrañamente con la fluidez de sus pasos por las tablas.

Apenas un día antes nos habían despertado con el adelanto «I Feel Hope Coming» —de su inminente disco I Must Be Dreaming—, que anoche sonó flanqueado por la inédita «Time» para abrir fuego. Pero la artillería pesada rodó de verdad cuando atacaron «Rise to the Sun» y «Hang Loose», balas de aquel magistral Boys and Girls (2012) que sigue siendo una carta de presentación imbatible. Un vistazo atrás lo confirmaba: las gradas, antes perezosas, mostraban ya un sold out rotundo, con el público irremediablemente entregado al ritmo. La combustión subió de grado en «I Ain’t The Same», donde Brittany se rompió, alzando la guitarra en vertical y rasgando su voz mientras las coristas abandonaban fugazmente el escenario para volver armadas con baquetas, percutiendo el alma del tema. El relevo lo tomó el añejo latido del mítico teclado Ace Tone, imponiendo su liturgia analógica en una desgarradora «This Feeling». Con el sentimiento en un puño, el público ya comía de su mano.

El clímax poético de la noche llegó como si un regidor invisible jugara con la bóveda celeste a modo de teatro: justo con «I Found You» y el himno «Hold On», cayó el ocaso. El viento comenzó a agitar el inmenso telón de fondo y Brittany, invocando el espectro de Aretha Franklin, desató un poderío vocal incontestable que puso a todo el mundo a saltar. La fiebre mutó hacia los ecos disco de la nueva «Another Life» —con las coristas trepando escalas vocales con una elegancia sinuosa— y hacia la vulnerabilidad de «Dunes». Esta última, precedida por un «Cumpleaños feliz» coreado por la multitud tras una tierna dedicatoria de Howard, terminó rompiéndose en un punteo que hacía bailar hasta las banderolas del recinto. El telón del primer acto colapsó definitivamente con «Gimme All Your Love». Arrancó con su cadencia reconocible para detonar en un blues destructivo, a lo Led Zeppelin, bajo focos cegadores. Sonido y color, caricia y furia, caos y orden. A mi alrededor, el público levitaba unos centímetros del suelo, con esa sonrisa extasiada de quien se ha dejado arrasar por una descarga certera.

El bis no hizo prisioneros. «Joe» asomó con teclas de nana antes de que el soul irrumpiera como un vendaval del sur, obligándonos a agitar las manos mientras las coristas saltaban y señalaban al foso. El delirio final se selló con la infalible «Don’t Wanna Fight», poniendo al recinto entero a botar, y  antes de poner en marcha  la locomotora sonora de «Always Alright», se dirigió a su público cual reverenda de Alabama y nos espetó «No sé cómo van las cosas por España… imagino que la vivienda es muy cara. Pero os deseo a todos, incluso a los del fondo, espero que el precio de las casas baje a un tercio. Rezo y deseo que, si vuestro coche se ha estropeado, sea algo barato de arreglar y que no sea nada realmente grave.Que si estáis enamorados de alguien y no os corresponde, podáis olvidarle. Que viváis una vida con muchos amigos, buen vino, mucho amor y buena salud. Aquello hizo explotar en amor al Botánico. Cuando «Always Alright» empezó a sonar las banderolas bailaban como locas, el telón se agitaba sin tregua, las coristas iban y venían intercambiándose panderetas y una majestuosa Brittany se acercó hasta el límite del foso para mirarnos a los ojos.

Una gran noche de soul, blues, funk y rock and roll. Una velada elegante y milimétrica que, si bien de inicio me costó conectar paso a paso, supo irradiar la energía perfecta canción a canción. Desde esa inquebrantable resistencia sonora, la banda operó como un viejo amplificador de válvulas llevado al rojo vivo: saturando el aire de una devoción visceral por la música de raíz, maravillosamente cosida a los ecos de la modernidad. Fue una puesta en escena majestuosa que encontró su tempo exacto en la cadencia natural que emana de este jardín; un círculo perfecto que marca a fuego una noche madrileña difícil de replicar.

Texto: Sendoa Bilbao

Fotos: Fernando González

 

 

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