
Como si se tratara de una empresa de alta especialización, A Perfect Circle aplica el concepto de liderazgo basado en el producto: una apuesta constante por la innovación y la excelencia como vía para alcanzar la máxima calidad artística. A priori, estos principios podrían parecer incompatibles con las coordenadas tradicionales de la música de guitarras, pero precisamente ahí reside una de sus mayores fortalezas.
Para materializar todas esas virtudes, es necesario contar con unos perfiles de altísimo nivel, dirigidos por un líder como Billy Howerdel. Su visión creativa, plasmada tanto en los matices sonoros como en el tratamiento de las guitarras, encuentra el complemento perfecto en Maynard James Keenan. Desde una posición elevada y dominante, el vocalista ejerce de figura hipnótica sobre el escenario, evocando a un enigmático villano de una película de ciencia ficción de sobremesa y convirtiéndose en el foco inevitable de todas las miradas.
Acompañando a los dos líderes, el equipo premium lo completan Greg Edwards (Failure), encargado de recrear en un discreto segundo plano las múltiples capas de guitarra y texturas sonoras; Josh Freese, un batería con un currículum inabarcable cuyo toque eleva cada interpretación; y Matt McJunkins, a pie de escenario, aportando solidez y presencia desde el bajo.
Todo ello se ve reforzado por un elemento adicional de gran importancia: el elaborado despliegue visual que acompaña cada canción. Las proyecciones, perfectamente sincronizadas con la música, están presididas por la característica doble luna que identifica a la banda y que aparece representada de innumerables formas a lo largo de la actuación, convirtiéndose en un elemento tan reconocible como su propia propuesta sonora.

Para completar la experiencia, una imponente voz en off deja clara, antes del inicio del concierto, la prohibición de utilizar teléfonos móviles durante la actuación. El objetivo no es otro que el que posteriormente explicó el propio Keenan al dirigirse al público: convertir el concierto en una experiencia compartida, un único ente alimentado por la atención de la audiencia y la entrega de la banda, libre de distracciones y pantallas. Eso sí, también recordó que la restricción se levantaría durante la última canción, permitiendo a los asistentes conservar un pequeño recuerdo visual de una experiencia concebida para ser vivida de forma natural y no a través de una pantalla.
Tras un breve fragmento de War Pigs, el inicio del concierto quedó marcado por la dualidad sobre la que fluctuó gran parte del repertorio, alternando momentos de gran contundencia, como The Package, con pasajes de marcada sensibilidad melódica como Disillusioned, una de las composiciones más brillantes de su catálogo.
Aunque todo pudiera parecer meticulosamente calculado y sujeto a unos parámetros muy definidos, la realidad fue bien distinta. La banda introdujo matices de improvisación, distorsión y espontaneidad propios de una formación básica. Buena parte de esa sensación recayó en Josh Freese, que por su perfil de pegada aportó dinamismo, y una constante sensación de movimiento a cada tema.
La gestión de los apoyos vocales complementó a la perfección a Maynard James Keenan, ya fuera en la introspectiva The Contrarian, en la intensidad de Weak and Powerless o en la ambigüedad emocional de Blue. Todo avanzó con fluidez, enlazando canciones prácticamente sin interrupciones hasta desembocar en Imagine, la composición de John Lennon reinterpretada por la banda bajo un prisma mucho más sombrío, utilizada aquí como vehículo para la reflexión social y política.

La recta final dejó uno de los pocos momentos discutibles de la noche. La deconstrucción de 3 Libras, interpretada en su versión alternativa, sonó excesivamente contenida y nunca terminó de explotar. Todo lo contrario, ocurrió con The Outsider, que sí consiguió elevar la intensidad y sirvió para poner punto final al primer bloque del concierto. A continuación, la banda abandonó el escenario para dar paso a un peculiar interludio de diez minutos, presidido por una cuenta atrás proyectada en pantalla y acompañado por música bossa nova, una elección tan inesperada como efectiva para generar contraste antes del bis.
Counting Bodies Like Sheep to the Rhythm of the War Drums abrió el tramo definitivo con una descarga áspera, mecánica y de marcado carácter industrial, antes de ceder el protagonismo a Starless, su reciente composición, construida sobre una estructura más clásica y directa. The Noose aportó la elegante tensión contenida antes de desembocar en Judith, su tema emblema. Generacional, explosiva y sostenida sobre una letra tan oscura como amarga, provocó uno de los momentos de mayor euforia de la noche, confirmando que su impacto permanece intacto.
A Perfect Circle ofrecieron así un espectáculo completo y multidisciplinar, donde música, imagen y puesta en escena convergieron con absoluta naturalidad. La decisión de restringir el uso de teléfonos móviles durante prácticamente toda la actuación contribuyó a reforzar esa conexión entre banda y público, favoreciendo una atención plena que hoy resulta casi insólita. Paradójicamente, despojar a los asistentes de sus pantallas convirtió la experiencia en algo tan tradicional que se ve como revolucionario.
Texto: Oscar Fernández Sánchez
Fotos: Sonia Eireos Gallarín






