
Dos décadas aullando y respirando música
El 20.º aniversario del Bilbao BBK Live ha sido un éxito total, con más de 110.000 personas de un amplio abanico de lugares de procedencia y edades, repartidas durante los tres días del festival, disfrutando de la eclecticidad de un cartel con más de 80 actuaciones divididas en una docena de escenarios a lo largo del paraje natural de Kobetamendi y la ciudad de Bilbao. Y es que, como le reveló “El Hombre de Otro Lugar” al Agente Cooper en la mítica Habitación roja de Twin Peaks: “De donde somos, los pájaros cantan una linda canción y siempre hay música en el aire”.
Música, eso es lo que se respira en una Bilbao que te enamora por cada una de sus calles y plazas, por su Ribera de la ría y subiendo un monte en el que aún caminan nuestros pasos. Trayecto que solo se puede hacer con lanzaderas y transporte público hasta la mitad, para preservar un paraje sin igual y recordarnos los riesgos de la contaminación, compromiso coronado en el recinto de Kobetamendi con el espectacular lobo aullando de Bordalo II, obra creada por el artista portugués a partir de basura y desechos.
MIÉRCOLES 8
Arte y música para empezar: Una noche en el museo con José González
Y tantas ganas teníamos de BBK Live y de Bilbo que, cuando nos enteramos que José González daría un concierto especial en el Museo Guggenheim como pistoletazo de salida de esta edición, no nos quedó otra que adelantar nuestro vuelo para poder disfrutar de lo que se antojaba noche inolvidable. Concierto dentro de la programación gratuita de Bereziak que, como cada año, se despliega por distintos puntos de Bilbao, facilitando que todos los habitantes puedan respirar música en rincones mágicos de la ciudad, del Kiosko del Arenal, a un escenario flotante que recorre la Ría.

Si ya deja huella descubrir cualquier día los recovecos que imaginó Frank Gehry, sus salas y exposiciones (volvimos el domingo para disfrutar con la de Jasper Johns y la de Ruth Asawa, ¡no se las pierdan!), vivir un concierto de José González en el Guggenheim, guitarra acústica en mano, pedaleras y sencillo, pero muy efectivo juego de luces, la experiencia se acerca a la mística. La depurada sensibilidad y elegancia del artista sueco-argentino nos hechizó de principio a fin, en inglés, sueco y español, recorriendo su brillante cancionero y con versiones que hizo completamente suyas. De su quinto y último álbum en solitario, “Against The Dying Of The Light” (26), sonaron magnéticas y envolventes piezas como la inicial “Etyd”, los ritmos tribales y extraterrestres de “Losing Game (Sick)”, la titular “Against The Dying Of The Light” o una “A Perfect Storm” que hizo que la energía de su guitarra y voz creciera como enredaderas de neón por las paredes curvilíneas y ventanales del atrio del museo, sin dejarnos tocar el suelo hasta el final. Pero fueron sobre todo sus ya clásicos y covers interpretados con una intimidad y belleza desbordante, los que pellizcaron la noche y dejaron marca imborrable: De una “Teardrop” de Massive Attack que hizo vibrar cada palmo del museo, a unas “Crosses” y “Heartbeats” que no habría pasado nada si tras ellas el mundo hubiera dejado de latir. Y si con “Tjomme” bailaron hasta las inmensas estructuras de acero de Richard Serra, con temas en español como “El Invento” o “Pajarito” meció de la primera a la última estrella que colgaba del cielo de Bilbao. Un “seguir andando por donde vas y, / de tanto en tanto, mirarás para atrás / para ver lo lejos que hemos ido, / vamos dándole a la vida sentido”. Sentido tiene ya para siempre esta noche y, de los silbidos de “Pajarito”, remate final con una deliciosa interpretación del “Blackbird” de los Beatles que, si estuviste allí, seguro que saborearas durante todo el verano.
JUEVES 9
Todos ríen y todos lloran: Que el fin del mundo nos pille bailando con David Byrne
Nuestra ruta personal y única misión directa del jueves, tras el primer ascenso a Kobetamendi y previa de gildas y vinos de la tierra, no era otra que llegar en perfecto estado de disfrute al show de David Byrne que, indiscutiblemente, se coronará como el rey de la jornada y casi del festival. Pero claro, estuvimos recorriendo escenarios y el picoteo elegido fue muy gustoso: Nuestra mecha la encienden Las Petunias, montando el primer pogo del festival y derrochando pop afilado y actitud punk sobre las tablas. El trío madrileño nos atrapa con su espontaneidad y energía contagiosa, sobreponiéndose a múltiples problemas técnicos a base de una balacera de temas pegadizos que atraviesan como cuchillos la mantequilla. De “No necesito estar sola (ya lo he estado toda mi vida)” a “Agota la suerte”, pasando por “SHHH!!!” o “Marcelo Criminal”. La siguiente parada la tenemos justo enfrente del Escenario Repsol, show acústico semi-sorpresa de los murcianos Rata, organizado por Mondo Sonoro (son portada del número veraniego de julio y agosto) y que, con disco debut aún en llamas bajo el brazo, “No quiero morir nunca” (2026), demuestran que la cosa es seria y que sus canciones han calado rápidamente, con numeroso público congregado y una gran mayoría cantando cada tema.

Volamos al Escenario Johnnie Walker para ver un poco de Folk Bitch Trio, pero el sonido no las acompaña y además se cuela el de la rave infinita del Escenario Basoa. Con todo, el trío de Melbourne, Grace Sinclair, Jeanie Pilkington y Heide Peverelle, solo con guitarra acústica y eléctricas en ristre, más sus armonías vocales entrelazadas, consiguen mecer al par de miles de personas que se dejan llevar en temas como “Foreign bird” y “God’s a Different Sword”. La tarde se nos hace un poco bola hasta nuestras dos siguientes metas volantes y, por el camino, ganamos un poco de velocidad con el post-punk de estribillos ultra pegadizo de Alcalá Norte, que actúan por sorpresa e irrumpen con “La Vida Cañón” en lo alto de la colina, bajo las letras de “Bilbao BBK Live”, un mini concierto en el que demuestran su pegada en vivo con temas como “La Sangre del Pobre” o “Calle Elfo”. De allí nos pasamos por el Escenario San Miguel y nos queda claro que la londinense Paris Paloma le pone ganas, voz y actitud a su set, pero, aunque quiera parecerse a Florence Welch, se queda a años luz y le falta sal por los cuatro costaos.
FKA Twigs sí nos pellizca desde que aparece en escena en una gran cama en el Escenario Nagusia, interpretando al desnudo una hipnótica “Meta Angel”, seguida de “Figure 8” y “Drums of Death”, primera pieza de “EUSEXUA” (25) que aumenta las temperaturas de todo Kobetamendi. A partir de aquí, con Tahliah Debrett Barnett como jefaza y diva total (cambios de vestuario y peinados miles), la sensualidad se desborda y se apodera de la noche, acompañada de bailarines esculturales y coreografías que cortan la respiración, pole dance incluida. Las pulsaciones se aceleran con piezas como “HARD”, “Perfectly”, sobre todo en su recta final, o “Room Of Fools”, para terminar con un tridente ganador: “Two Weeks”, una de las joyas de su debut “LP1” (2012), “Striptease” y la interpretación sideral del cierre de su magnífico “MAGDALENE” (2019), una “Cellophane” que para el tiempo.
Entre medio de la actuación de FKA Twigs nos escapamos al Escenario Repsol para ver a la otra gran diva de la jornada, la maliense Fatoumata Diawara, con fantástico tul verde, preciosa Epiphone Fatoumata Diawara SG (primera mujer de color en recibir una guitarra Epiphone Signature), roja y con colorido diseño africano, más nuevo disco bajo sus alas, el multicolor “Massa” (2026) que desgrana casi en su totalidad. Del “Djanne” de inicio con el que ya nos conquistó, a “Mogo”, “Massa” o “Farana”, para terminar con un medley que comienza con su “Nterini”, pasa por “Bonya” y funde con el “Higher Ground” de Stevie Wonder y el “No Woman, No Cry” de Bob Marley.

Tras nuestras dos cumbres en el camino, toca romper techo con David Byrne y su banda en el Escenario San Miguel. Un canto al arte y la vida en catorce himnos (nueve son hits de sus Talking Heads) de los que no queremos despertar bajo ningún concepto. Y no queremos despertar porque parece que estamos en un musical onírico que se podría llamar “Cómo ser David Byrne”, ideado y dirigido por algún bendito genio loco como Charlie Kaufman, Michel Gondry, Spike Jonze o Paolo Sorrentino.
Así, con unos minutos de lluvia previa que parecían parte del guion, David Byrne aparece en escena flanqueado por casi una docena de músicos/bailarines, todas y todos vestidos de radiante naranja y con sus respectivos instrumentos a cuestas, para que el fin del mundo les pille bailando. La fiesta comienza recordándonos que, en esa danza compleja que es la vida, llena de encuentros y desencuentros, todos compartimos los mismos sentimientos y estamos unidos por ellos, una “Everybody Laughs” de su último “Who Is The Sky?” (25) que ya nos dibuja una sonrisa colectiva que no perderemos hasta que termine el festival (y que recuperaremos cada vez que nos acordemos de Byrne y sus músicos bailando y cantando en Kobetamendi).
“And She Was” es el primer tema que saboreamos de Talking Heads y ya tenemos los ojos vidriosos, para pasar luego a mecernos con el maravilloso “Strange Overtones” que grabó junto a Brian Eno, y volver de nuevo al cancionero de la banda matriz neoyorquina con un trío que sigue ganando la partida: el funky jazzístico y mutante de “Houses in Motion” y la muy rítmica y melódica “(Nothing but) Flowers”, pura magia que se extiende hasta la siguiente ensoñación con aromas orientales por momentos, “This Must Be the Place (Naive Melody)”.
Flotando estamos y flotando seguimos con una excelente interpretación, tropical y orquestal, del “What Is the Reason for It?” que lanzó el pasado año, una pregunta sin otra respuesta que el sentir, un no entenderlo del todo, pero creer a pies juntillas si te eriza la piel, el amor, el que está y se va, el que vuelve y de nuevo vuela y vuelta a empezar. Percusiones al poder y que siga el baile con una vibrante “Slippery People” que estalla una y otra vez, para fundir con “Like Humans Do” y seguir explorando el amor humano, esta vez desde una perspectiva extraterrestre, y de nuevo percusiones y violín al mando. Sin darnos cuenta pasamos el ecuador del show y encaramos una recta final que no queremos que termine.
Delirio, alegría y lágrimas con masterpieces como “Psycho Killer”, una “Life During Wartime” en la que la coreografía alcanza otra de sus cumbres teatrales, con Byrne a la eléctrica en medio y la banda en “V” detrás, más los cinco bailarines y coristas cantando y correteando alrededor, para terminar todos andando robóticamente en círculos y acelerando, con imágenes de manifestaciones contra ICE y personas escapando de ellos. Ovación en la que aúlla hasta el lobo de Bordalo II y traca final con una grandiosa “Once in a Lifetime”, el puro nervio y baile de “Everybody’s Coming to My House” y la llamarada de cierre funky-punk “Burning Down the House”, en la que ardemos y renacemos una y otra vez. Una experiencia inolvidable que, si por desgracia no estuviste allí, ojalá pronto pueda aparecer David Byrne, de naranja o azul eléctrico en tus sueños, junto a su docena de músicos y bailarines y te unas a la conga interminable del vivir.
Pasan las dos de la mañana y huimos del escenario principal, porque nuestro cierre de jornada es en nave espacial con Apparat, envolviéndonos en bucles de cuidadísima electrónica, con la voz espectral de Sascha Ring y guitarras eléctricas (más trombón, contrabajo, violín, mandolina y percusión) que tejen texturas y brumas lisérgicas que crecen y crecen hasta estallar. Recorren los surcos de su último “A Hum of Maybe” (2026), de “Glimmerine” a “A Slow Collision” o “An Echo Skips a Name”, pasando por ya clásicos como “You Don’t Know Me”, “Caronte” o una “Black Water” como broche de oro que nos teletransporta a casa para recargar baterías.

VIERNES 10
Oasis de eclecticidad sonora al poder
Es viernes y la variedad de géneros florece en Kobetamendi como un oasis de eclecticidad sonora para todos los públicos. Además, llegan los refuerzos, entre ellos el gran Michel Ramone, que hace posible que podamos dividirnos en varias sendas ruteras. Esta es la suya:
Vaya por delante que ya avisaron de que el escenario principal del BBK Live se les hacía raro. Y quizás por ello la actuación de Marcos Crespo García con su proyecto Depresión Sonora resultó fría, distante y hasta forzada. Sonar sonó muy bien, todo hay que decirlo, pero al público no acólito a este grupo le costó mucho conectar con lo que se veía sobre el escenario. Claro que quién estuvo sufriendo el calor para verlos disfrutó de temas como “Domingo químico”, “Apocalipsis virtual” o seguramente lo más coreados, “Hasta que llegue la muerte” y “Ya no hay verano”. Dio la sensación de que ese desencanto vital, mezclado con esa grito rabioso de los más jóvenes en busca de aún no saben qué, fue tan grande que su actuación (ojo, bien ejecutada, vaya por delante) fue todo menos rabiosa, y vaya ocasión perdida para poder haber sido así.

El jueves ya pasó por el primer escenario que te encuentras al entrar en el recinto de Kobetamendi Don West, el músico de soul (y modelo, ojo, ese look de chulazo italiano despertó muchos bajos instintos) australiano, ofreciendo una actuación en permanente falsete y azucarada a más no poder. Y parece que Thee Sacred Souls tomaron buena nota porque repitieron bastantes patrones, aunque con un toque más cálido y cercano. Más empaque, una sensación de más intensidad, pero facturando el mismo estilo de soul blandito, nada sudoroso y muy en la onda de enamorarte al oído. Los de San Diego (California) tiraron de vientos en sus mejores momentos, y temas como “Will I see you again (con paseo de su vocalista entre el público, buscando intimidad romántica y buen rollo), “Love is the way” (con un alegato anti ICE y defendiendo que el amor es la fuerza más poderosa del mundo) o “Live for you” fueron lo más destacado de una actuación calmada, muy de chill out en clave soul y quizás bastante más floja de lo que se esperaba a priori.
Algo de guitarreo siempre se suele echar de menos en este festival. Menos mal que la salvaje actuación de Idles (el sábado) compensó muchas horas de ausencia eléctrica contundente, pero ya el segundo día La Paloma soltó decibelios algo furiosos en la carpa, un sitio en el que solemos encontrar bastantes sorpresas (si el año pasado fue Heartworms quién nos voló la cabeza, este año ha sido Cervatana, el proyecto personal de Dandy Piranha, de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba, un rollo psicodélico, electrónico y casi microtonal, en versión quejío andalusí). Y La Paloma cumplió con nota, mucho público que iba a verles, no de los que pasa por ahí, y su pop con momentos más furiosamente noise gustó bastante. A uno le queda la sensación de que este tipo de grupos hubieran formado parte sin problemas del soundtrack de “Historias del Kronen”, aquella película de 1995, dirigida por Montxo Armendáriz que tan fuerte pegó entre la juventud madrileña y la que observaba aquella realidad capitalina desde fuera. Actuación notable, guitarreando (aunque sin distorsionar demasiado, no vaya a ser que eso espante) y estos con cercanía, que para eso estaban en una carpa y tenían a muchos de los suyos delante. “Sé lo que quiero”, “Sigo aquí” y “Cosquilleo” sonaron de lo mejor en una actuación muy aplaudida.

Por otro lado, mi sendero del viernes comienza con la guitarra no eléctrica que más brilló (hasta cegarnos) en esta 20.ª edición (junto a la acústica de José González que aún resuena en el Guggenheim), la guitarra flamenca de Yerai Cortés. Un servidor tenía muchas ganas de ver a Yerai y a sus espléndidas coristas/palmeras tablaeras (seis bailaoras de tablaos que lo flanquean en todo momento en diferentes posiciones, marcando el compás del mundo a las palmas, cantando y jaleando en cada tema). Mucha expectación en un Escenario Repsol casi a reventar (solapaba con Depresión Sonora en el principal), con seguidores de Yerai y con otras y otros que no tardaron en convertirse en fans instantáneamente tras presenciar la magia que se desprendía en el escenario y se podía respirar por todo Kobetamendi. Con solo dos discos muy autobiográficos y a corazón abierto, “La guitarra flamenca de Yerai Cortés” (2024) y su flamante “Popular” (2026), firma uno de esos conciertos que comienza muy arriba y no dejar de subir y subir en ningún momento, en conexión permanente con un público completamente entregado que no se parte la camisa de milagro.
Maneja la tradición como pocos y rezuma modernidad por cada poro de su guitarra, seis cuerdas que parecen ser una ramificación de su propio cuerpo. Puro arte que nos lleva de cumbre en cumbre: Recorrido amplio y deleite por su último trabajo, con temas como “Pa ná”, “Lirili”, una “Rebelá” que explota como fuegos artificiales, “Sulao”, “Piopioo” o una “Roto x ti” que araña por dentro, sin olvidar esa luz extra de atardecer que desprenden con “Ni en los puertos italianos” fundida con “Ni en los cafés parisinos”. La cara es el reflejo del alma y qué bonito es mirar las del público que tenemos alrededor, de diferentes edades y lugares, y ver que todas y todos, como cantaba el maestro Byrne, estamos unidos y unidas por las mismas emociones. Así, de su debut eriza hasta las hojas de los árboles de Kobetamendi y puebla de lágrimas cientos de ojos agradecidos con piezas como “Lo malo que he sido contigo” o “Por tu silencio lloro”, dejando antes huella imborrable en esta tierra con “Sonar por bulerías” y una “Guitarra Coral” estratosférica. Para los puristas del rock y de todas las músicas de raíces americanas, ruteros de bien, háganse un regalo y escuchen flamenco del bueno, es nuestro blues, gospel y soul… y su riqueza es infinita.

Y precisamente, de esas raíces de aquí con Yerai, a raíces de allí con la jefaza de la jornada en el escenario principal, Brittany Howard y sus Alabama Shakes. Arrancamos con el atardecer perfecto y la maravillosa “Rise to the Sun”, seguida de dos compañeras más de surcos de aquel “Boys & Girls” (2012) con el que nos enamoró a la primera, “Hang Loose” y “I Ain’t the Same”. Pero, aunque está toda la carne en el asador, con tres coristas, dos teclados, bajo, batería y dos guitarras, más el pellizco de la voz sin igual de Brittany, el sonido de la banda y toda esa gama de matices souleros que manejan como nadie, no terminan de expandirse como debieran desde Nagusia a los cuatro vientos… Quizás nuestra posición no fuera la idónea, aunque estábamos bien centrados y situados. Con todo, además de adelantos de lo que será su nuevo disco, como “I Feel I Hope Coming”, de su segundo trabajo, “Sound & Color” (2015), sonaron ganadoras “Future People”, en la que sí sentimos todos sus recovecos, el fuego lento de la emocionante “This Feeling” y las finales puntas de lanza que terminaron por atravesarnos del todo y convencernos, “Gimme All Your Love” y “Don’t Wanna Fight”. Cuanta sensibilidad y poderío al mismo tiempo… Y si en medio de esta actuación te reencuentras con una gran amiga, ¿qué más se puede pedir? Pues “I Found You” y “Hold On”, que también sonaron sublimes.
Antes, pudimos vibrar unos minutos con La M.O.D.A., que tenían el Escenario San Miguel a rebosar y al público cantando y saltando a pleno sol en cada canción, ya fueran los temas de su último y muy buen disco, “San Felices” (2025), o con clásicos que te pasan por encima una y otra vez, como “Nómadas” o “1932”. Nuestra siguiente parada es en el mismo escenario con la celebración pop de la jornada y del festival, los siempre infalibles y buen rolleros Belle and Sebastian. Los escoceses, con Stuart Murdoch como líder y maestro total de ceremonias, acompañado de banda/familia de relumbrón, dispararon hits de su cancionero a diestro y siniestro, sabedores de que es imposible no ganar la partida con esas cartas que muchas bandas de renombre habrían dado media vida o una entera por tener. De “I’m a Cuckoo” a “Funny Little Frog”, pasando por dos seguidas del “If You’re Feeling Sinister” (1996) que cumple treinta añazos, la delicadeza adictiva de “Get Me Away From Here, I’m Dying” y “Me and the Major” con armónica al poder. Y claro, especialmente magnéticas y mágicas sonaron joyas como una “I Want the World to Stop” que nunca queremos que llegue a meta, el rayo de sol infinito de “Another Sunny Day” y la siempre festiva “The Boy With the Arab Strap” con una treintena de fans bailando y cantado con la banda en el escenario. Remate final en el pecho y corazón colectivo contento con el escapar del tiempo y rutinas impuestas en una “Sleep the Clock Around” que hace levitar a todo Kobetamendi.

Nos acercamos al Escenario Repsol y nos alegramos de que Xoel López haya congregado a numeroso público y se lo haya arrebatado al show principal con el que se solapa. Brisa fresca gallega y pop-rock de mil colores que siempre crece en directo y te empuja hacia delante, como ese “Lodo” que tarareamos casi sin darnos cuenta de camino a nuestro bolo final del viernes.
Nos dijeron que pusieron patas arriba Las Noches del Botánico de Madrid y no podíamos perdérnoslo: Tomora, el supercombo mutante formado por la archiconocida cantante Noruega AURORA y Tom Rowlands, mitad de Chemical Brothers, boom! Espíritu ravero y brumas fantasmagóricas que estallan una y otra vez y que habrían hecho las delicias de todas y todos los que siguen atrapados en el bosque del Escenario Basoa. Una propuesta completamente hipnótica y adictiva, con extra de locura en los visuales y en los bailes de AURORA junto a la cantante Amelie Holt Kleive, seres angelicales poseídas por el azufre electrónico de Rowlands que, a cada salto y coreografía desenfrenada, nos recuerdan a una mezcla entre las gemelas de “El Resplandor” de Kubrick y las niñas rubias platino de “El Pueblo de los Malditos” de Carpenter. Caemos en sus redes y trance desde el afilado veneno de “Ring the Alarm”, pasando por la muy atmosférica “My Baby” o la arrebatadora “Somewhere Else”, con gran protagonismo vocal. Acabose con el cover de Chemical Brothers “Eve of Destruction” y un fin de fiesta por todo lo alto al que nos aferramos con uñas y dientes para que no termine, “I Drink the Light” seguida de “In a Minute” y ya somos fans de Tomora para el resto de nuestros días y madrugadas raveras.

SÁBADO 11
Catarsis colectiva, Palestina libre, autorreivindicación y bola de espejos
Última jornada y tras perder el barco/Escenario flotante Azulmarino en el que joseluis recorrió por la Ría las canciones de su debut “Por ahora para siempre” (2025), nos acercamos al Kiosko del Arenal para calentar motores con la electrónica punk de Merina Gris primero, y luego con ruta de pintxos muy bien acompañado por el Casco Viejo de Bilbao.
Subida final a Kobetamendi y la gran sorpresa de la jornada son, en el Escenario Nagusia a pleno sol (seis de la tarde), una banda llamada Bigger Splash, que en realidad son los cartageneros Arde Bogotá (presentaron hace un par de días su nuevo sencillo “Bigger Splash”, que también tocaron hoy), con miles de fans llenando el escenario principal a la hora de más sol de la jornada y cantando cada uno de los ya clásicos de la banda. De “La Torre Picasso” a “Cowboys de la A3”, “Los Perros” o “La Salvación”. Van sobrados de músculo sonoro y vocal, y, sin ser santos de mi devoción, es más que palpable que la legión de fans que les acompaña en cada concierto no hace más que crecer y crecer.
Me voy a recargar pilas para vivir desde las primeras filas el pogo continuo de IDLES y el compañero Michel Ramone se pone de nuevo a los mandos ruteros de la nave con unos Interpol que reivindicó después el mismo Joe Talbot, como uno de los referentes y razones por las que él comenzó en una banda.
Se puede decir que la actuación de Interpol en el último día del festival, y a media tarde en el escenario principal, fue de menos a más. La suavidad del inicio con “Untitled” dio paso a una fase de indie minimalista, flojito y bastante aburrido. Tanto que lo que más me atrajo fue la camisa con logos de PIL de su bajista. Pero el distante (y a veces hasta pasivo) Paul Banks intentó sentirse cómodo y hacer que la audiencia conectara con su propuesta pausada. Que no son Suicidal Tendencies lo sabemos de sobra, pero hubo fases de aburrimiento generalizado. Al final del concierto, no sabemos si porque querían irse cuanto antes o porque no hay manera de mantener un ritmo tan pausado, los temas se aceleraron con un poco de músculo sonoro. Habrá quién defina su actuación como bella y llena de matices, aquí tenemos nuestras dudas, pero sin discutir de que estuvo perfectamente ejecutada, sin nervio, pero sin fallo. A destacar la lenta “Rest my Chemistry”, “Wings of Fire”, The Rover” o el cierre con “PDA”, quizás la canción más destacada y siempre es inteligente que el postre te deje el mejor sabor de boca.

Justo antes, ZAZ, la cantautora francesa, tuvo su momento en el segundo escenario más grande del BBK Live. A una hora tranquila, perfecta para lo suyo, reunió a muchísimo público para desgranar un cancionero positivo, que oscilaba entre el pop melancólico, la chanson francesa, algunos toques latinos y balcánicos a cuentagotas y, en general, ofreciendo una actuación cómplice, positiva y muy aplaudida, sobre todo con el tema en castellano “Qué vendrá”. Podemos destacar asimismo “Je pardonne”, “On ira” o “Je veaux”. Eso sí, un poco justita de voz, pero sobrada de complicidad y alegría vital.
Volvemos a la vida y tras coger sitio en las primeras filas con bastante antelación (no recuerdo la última vez que hice esto), todo está preparado para que salgan a escena Joe Talbot al frente, a cada ala la locura a las seis cuerdas eléctricas, Mark Bowen a la izquierda y Lee Kiernan por la derecha, más el motor rítmico más potente del momento que hará temblar los cimientos de Kobetamendi, Adam Devonshire al bajo y Jon Beavis a las baquetas, la banda británica-irlandesa más inclasificable, potente y visceral de la última década, IDLES. Pisan las tablas y comenzamos a levitar con la nueva dentellada antirracista, “Levitator”, adelanto de su esperadísimo nuevo disco, con Kiernan exprimiendo la guitarra, contoneándose y retorciéndose como si llevara mil demonios dentro, y Talbot comenzando a entrar en trance y a punto de que despierte el volcán que lleva dentro, haciendo girar, desafiante, su micrófono por el cable como si portara una guadaña antifascista… Y ahora sí, “Never Fight a Man With a Perm”, primera del repoker que nos brindaran del imprescindible segundo trabajo de la banda, “Joy as an Act of Resistance” (2018) y ya no hay vuelta atrás, los cinco músicos arden al unísono y no dejarán de hacerlo hasta que termine el show. Bucle cantado por todas y todos del “Concrete to leather!” al aire y se tambalean todos los escenarios del recinto. Otra letra made in IDLES, cargada de ironía y crítica mordaz hacia la masculinidad tóxica y la cultura de la apariencia.
La traca de himnos rabiosos y comprometidos sigue corriendo como la pólvora por cada disco de la banda, en medio de una catarsis colectiva imparable. Del debut “Brutalism” (2017) parten el cielo en dos con la tensión creciente de “Divide & Conquer” y la muy coreada “1049 Gotho”, exploración de la vulnerabilidad humana y lucha contra la depresión y otras enfermedades mentales; y antes, emocionante proclama y defensa feminista con “Mother”, dedicada a todas las madres e inspirada en la dura vida de la de Talbot. De los demás álbumes brillan bajo la tormenta que desata la banda como si fuera su primer y último concierto sobre la faz de la Tierra: una “Gitf Horse” que es llamarada continua, la densa calma y acelerón rítmico de “Gratitude” y el baile casi final de una “Dancer” que sudamos y disfrutamos de lo lindo, todas de su último “Tangk” (2024). De “CRAWLER” (2021) y “Ultra Mono” (2020) intercalan piezas que son pura combustión instantánea: terremoto con “The Wheel”, nuevo clímax con “Mr. Motivator”, lucha interna y caos con “Car Crash” y el horror de la guerra en “War”, canción antibelicista tan necesaria como la primera vez y que ruge como nunca en Bilbao, como el siempre presente grito repetido durante más de un minuto por todo el público y la banda: “Free free Palestine!” (bandera en el escenario), en medio de una sentada de todas y todos los presentes organizada por Talbot desde el escenario y con Bowen y Kiernan entre el público, pequeña pausa en “I’m Scum” hasta que dan la señal, retoman la canción y los saltos y pogos alcanzan nuevo punto álgido, con Bowen y Kiernan volando por encima de la gente sin dejar de tocar sus guitarras. Momento hilarante con Bowen cantando el “All I Want for Christmas Is You” de Mariah Carey a capella, y dos últimas erupciones que dejan quemaduras de todo tipo en la memoria y el cuerpo: el celebradísimo e impagable himno que llama a la unidad y defiende la diversidad humana y el amor a los inmigrantes, “Danny Nedelko”, y “Rottweiler”, aullido de resistencia ante las adversidades y llamada a la acción para no rendirnos y enfrentarnos con fuerza a las injusticias. Aún me duele el cuerpo, pero ¡qué puta maravilla de banda!

Estoy a punto de darle el relevo final a Michel Ramone, pero tengo curiosidad por ver la puesta en escena (exquisita) del “West End Girl” (2025) de Lily Allen, disco que defenderá de principio. La obra de teatro sonora está a punto de empezar, la cantante sale a escena en camisón (el escenario es un dormitorio/apartamento) y una llamada telefónica desencadena los acontecimientos de una historia de amor que se torna en una gran y dolorosa mentira (mentiras e infidelidades), en toxicidad y caída, para finalmente renacer y reconstruirse personalmente. “Now I’m in London, on my own, I’m in a hotel room, and I’m all alone, now I’m a West End Girl…”. Su voz e interpretación te atraviesa a la primera, y la crudeza y sinceridad con la que te transmite la historia (subtitulada cada canción en español en las grandes pantallas laterales), sin artificios y completamente con el corazón por delante, te hace conectar de pleno con ella y que deseemos con todas nuestras fuerzas que, desde el minuto uno, el demogorgon de Stranger Things se hubiera cargado al jefe del Departamento de Policía de Hawkins. Aunque las texturas sonoras y matices son múltiples y envolventes (del pop más vaporoso y clásico de “4chan Stan”, al dancehall en “Nonmonogamummy” o la desnudez acústica de cuerdas orquestales, con su cristalina voz en el foco central en “Just Enough”), firmando una actuación sobresaliente, sí se echa en falta la presencia de una banda sobre el escenario (en segundo plano). Con todo, estamos en el equipo de Lily desde la titular “West End Girl” del inicio, pasando por temas más electrónicos como “Ruminating”, “Relapse” o los aromas soul y R&B rebosantes de exotismo en la irresistible interpretación de “Beg for Me”. Una montaña rusa de sentimientos que transmite con humor y desgarro (“¿Quién coño es Madeline?”), sin esconder la vulnerabilidad y las lágrimas, pero con firmeza y mirando a los ojos en todo momento.
La madrugada pedía bola de espejos, pero nos retiramos saboreando la catarsis de IDLES y, sí, también la obra autorreivindicativa y catártica de Allen. Prometemos volver el próximo año y se queda al mando del last dance el compañero Michel Ramone:

Y esta vigésima edición, un número redondo, la cerraron dos DJ´s femeninas. Horsegiirl, es decir, Stella Stallion, alemana que gusta de portar una máscara de caballo en sus actuaciones. Y quizás eso fuera lo que más llamó la atención de su pinchada, porque tuvo un claro tinte noventero muy house, bastante alejado de los sonidos actuales y con cierto aire repetitivo, algo desfasado y poco atractivo. Nada que ver con la actuación final de la famosa Charlotte de Witte. La belga, remezcladora, productora y DJ ha meneado bien el techno contemporáneo, con cierta oscuridad y contundencia sonora. Su actuación fue un no parar, muy dark ravera y que dejó satisfecho a un personal que solo quería bailar en trance. Si en el Azkena Rock Festival de no hace mucho fueron los Carpenter Brut los que sorprendieron con su apuesta electrónica (aunque con mucho metal, también hay que decirlo), aquí en Bilbao el cierre fue similar en su oscuridad, pero desde otro enfoque.
Texto: David Pérez Marín y Michel Ramone
Fotos: Dena Flows






