Discomático

The Strokes – Reality Awaits (Sony Music)

Los Strokes nunca han sido una banda de pasos en falso. El quinteto neoyorquino siempre se toma su tiempo antes de publicar nuevo material porque sabe —o intuye, que en el arte a veces es lo mismo— que la precipitación es el enemigo natural de la trascendencia. Y trascendencia es, precisamente, lo que el paso del tiempo y la devoción de sus seguidores le han terminado otorgando a The New Abnormal: hoy resulta difícil discutir que es una de sus grandes obras y cortes como «The Adults Are Talking» o «Selfless» son himnos imperecederos.

El álbum entero supuso la culminación de un itinerario que arrancó en la crudeza garajera de Is This It y desembocó, dos décadas después, en unas cotas de grandilocuencia y sofisticación insospechadas para aquellos chavales del Lower East Side que nos volaron el cerebro con su opera prima en 2001. En esa última fase de la metamorfosis, la mano de Rick Rubin —de nuevo al timón en esta nueva entrega— fue determinante.

Dar un paso más allá de esa cima era, por tanto, un envite arriesgado. Había caminos más cómodos: repetir la fórmula, refugiarse en la nostalgia complaciente, ofrecer una secuela edulcorada de sí mismos… Los Strokes, fieles a su naturaleza, han elegido el más audaz: seguir evolucionando, aun a riesgo de incomodar. Y ahí es donde entra en escena el elemento que ha copado buena parte del debate en torno a Reality Awaits: el autotune.

Se ha demonizado este recurso como una suerte de artificio «democratizador», el atajo que permite cantar a quien no sabe hacerlo. Pero conviene no perder de vista que, en manos de un músico con talento y criterio, empleado con mesura, acierto e imaginación, el autotune puede aportar algo que ningún otro instrumento logra con la misma textura. Ahí está perenne en nuestro recuerdo Lambchop y su Flotus (2016) para demostrarlo de manera sublime; quien esto firma aún guarda grabado a fuego aquel concierto en la sala Barts, donde las sombras, la penumbra y las canciones teñidas de autotune se conjuraron para estremecer a la audiencia como pocas veces logra la música amplificada. El recurso, bien entendido, no es una muleta: es una textura emocional de una potencia inusual.

Y es precisamente esa cualidad —la de amplificar el desasosiego, tiñendo de artificio robótico una fragilidad muy humana— la que Casablancas explota en Reality Awaits. Todo el disco transpira nostalgia y una inquietud latente que ya anuncia su propia portada: la fotografía elegida, obra de Richard Prince, evoca inevitablemente al Marlboro Man de la publicidad de antaño, ese icono de una masculinidad de cartón piedra que hoy se nos revela hueca, un fantasma más de un pasado que ya no volverá. El autotune, en este contexto, deja de ser cosmético para convertirse en vehículo de sentido: la voz humana deformada como metáfora de una humanidad que también se ha ido degradando y perdiendo su càlida esencia. El recurso al servicio de la canción y del artista y no a la inversa.

«Psycho Shit» abre el disco con un crescendo desgarrador de cinco minutos en el que ese autotune dibuja un paisaje crepuscular, casi cinematográfico, mientras Casablancas ajusta cuentas con quienes ejercen el poder desde la cobardía del anonimato. Es el primer capítulo de un tríptico inicial que roza la perfección: le sigue «Dine N’Dash», un medio tiempo impregnado de nostalgia que reafirma a Casablancas como un compositor de enjundia, capaz de tejer melancolía sin caer en el golpe de efecto fácil; y «Lonely in the Future», donde reaparecen los Strokes más reconocibles y bailables, esos que uno cree conocer de memoria y que, sin embargo, siempre guardan un giro inesperado bajo la manga.

Los dos adelantos, la luminosa «Going Shopping» y la dolorosa «Falling Out of Love», fueron recibidos con una hostilidad considerable por parte de la crítica y seguidores —el autotune, de nuevo, en el ojo del huracán—, pero escuchados dentro del conjunto del álbum encajan como un guante en una obra que reclama ser entendida en su totalidad, no en fragmentos descontextualizados. Es la vieja trampa del single: juzgar el árbol y perderse el bosque.

Merece mención aparte «Liar’s Remorse», una de las piezas más bellas del disco precisamente por su desnudez: libre de capas y de efectos, cruda y directa, apunta sin rodeos al sentimiento del oyente. Y el cierre, «Tyrants of the Mellow Moon» —el título más hermoso de todo el tracklist—, encuentra a Julian reflexionando sobre el legado del artista, sobre si aquello que el ser humano crea tiene realmente la capacidad de sobrevivir al paso del tiempo.

Reality Awaits no garantiza por sí solo esa eternidad. Pero sí constituye un paso más, firme y valiente, en ese camino luminoso que, disco a disco, situa sin lugar a dudas a The Strokes entre los legados musicales definitivos de las primeras décadas de este siglo.

Texto: Rubén García Torras

 

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