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Zig Zags – Meteoro (Barcelona)

 

A partir de la segunda mitad de los años ochenta, los vídeos de skateboarding en formato VHS de larga duración dejaron de ser únicamente una guía para aprender y perfeccionar la técnica sobre la tabla. En muchos casos, también desempeñaban una función educativa y pedagógica en el ámbito musical, ya que se nutrían principalmente de bandas de hardcore y punk: un sonido rápido, agresivo y profundamente ligado a la cultura DIY y al entorno callejero.

 

En este contexto, cuando el skater exhibía un estilo más agresivo, vertical o potente —especialmente en ramps y pools—, el heavy metal entraba en escena como complemento natural, aportando un extra de contundencia y tensión visual.

De esta convivencia surgió parte de la cultura crossover, un espacio donde escenas y estilos se mezclaban y se retroalimentaban constantemente, particularmente en torno a marcas como Skull Skates, Santa Cruz o Powell Peralta. Todo ello nos conduce a una banda como Zig Zags, que podría haber encajado sin dificultad en aquel ecosistema. Sin embargo, han pasado casi cuatro décadas desde aquella explosión cultural, y hoy esa escena permanece en un ámbito ultra underground. De hecho, es probable que pocos de los asistentes a sus conciertos (yo el primero) se hayan subido alguna vez a un skate con cierta solvencia, aunque ese sería ya otro debate.

Entre los elementos que definieron su show, en sintonía con el concepto de la sala donde se desarrolló el mismo, destacaban: guitarras Charvel en tonos flúor, pantalones de running para escapar del calor, cuerpos musculados, gorras trucker y amplificadores Marshall. A eso se sumaban el sudor —abundante, la intensidad creciente y el inevitable pitido de oídos. En definitiva, un planteamiento directo, casi físico, como un puñetazo en el estómago.

Su reciente trabajo, Deadbeat at Dawn (2025), insiste en esa lectura del proto thrash metal de la Bay Area, combinada con el punk de piscinas vacías llenas de skaters en Venice Beach o la imagen de cuando Kerry King o Scott Ian aún lucían melena. En directo, todo ese imaginario se llevó al punto exacto para impactar al espectador. Se disfrutó de punteos crujientes y veloces, líneas de bajo profundas y bien apoyadas en el fuzz, y una base rítmica afilada, centrada en sostener y dar cohesión al conjunto.

 

The Fog, rescatada de su debut y de formas más básicas, sirvió como arranque antes de dar paso al tema que da nombre a su último álbum, dejando claro que la distancia entre ambas etapas no es tan grande como podría parecer.

Temas como Scavenger o Ripping Death se revelaron como momentos clave para terminar de atraparte —si es que el ambiente, ya denso por el sudor colectivo, no lo había hecho antes—. Sin embargo, su verdadero himno sigue siendo Punk Fucking Metal, que condensa todo lo anterior en poco más de cuatro minutos y les sirvió como combustible para encarar un par de bises apoyados en material de la vieja escuela.

En definitiva, si te mueves dentro del espectro del heavy metal con la vista puesta en múltiples direcciones, la banda de Los Ángeles está hecha a tu medida. Y siempre queda la opción de recuperar ese impulso adolescente y colgar en la pared —del dormitorio, el despacho o el salón— un póster de Randy, el personaje recurrente de su imaginario: presente en portadas, merchandising y letras, y parte fundamental de ese universo que oscila entre lo macarra, lo absurdo y lo trash.

Texto: Oscar Fernández Sánchez

Fotos: Álvar Luis Gabaldà

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