
Madrid era un caos absoluto. Entre la visita del Papa y el macroconcierto de Bad Bunny, la ciudad parecía haber perdido la cabeza. Para llegar a la Sala Mon tuvimos que esquivar muchedumbres cristianas en pleno fervor y grupos de pijos buscando cervezas en las terrazas, rematando la hazaña con una cola absurda e interminable en la puerta. Ya me lo adelantó Ebbot Lundberg hace unas semanas: su refugio favorito frente al ruido exterior es el silencio absoluto. Sin embargo, la noche del 29 de mayo tocaba hacer ruido del bueno.
Antes del plato fuerte, salieron a afilar la navaja Spiders, que también vienen de Gotemburgo. La banda de Ann-Sofie Hoyles soltó una mezcla de glam rock que bebe del peligro de los Stooges, el descaro de Bowie, el pulso garajero y un toque de psicodelia. Era justo lo que necesitábamos. Aunque a esa hora todavía no éramos muchos en la sala, el público agradeció de verdad el entusiasmo y las ganas que le pusieron a trallazos como “Love yourself to death”. Un calentamiento perfecto para que la sangre empezara a circular.
La banda sonora principal arrancó a fuego lento. Por los altavoces sonaba el piano discordante y la flauta de “The Plum Blossom” de Yusef Lateef. Tuvo que sonar un par de veces para que los suecos fueran ocupando sus puestos sin prisa: Ian Person y Mattias Bärjed a las guitarras, Martin Hederos a los teclados, Kalle Gustafsson Jerneholm al bajo y Fredrik Sandsten en la batería. Una vez todos listos, apareció Ebbot con su clásica túnica.
Arrancaron sumando capas e instrumentos con “Mantra Slider”. Con su voz carrasposa, Ebbot se plantó frente a nosotros como nuestro particular maestro de ceremonias, el tipo que a través de sus canciones nos aleja de los callejones sin salida y nos obliga a volver siempre a por más. Al principio hubo algún bache; Ebbot no se escuchaba bien y le echó un par de miradas bordes y quejas a los técnicos de monitores. Pero en cuanto la maquinaria se ajustó, soltaron “Independent Luxury”. Sandsten marcaba el ritmo sin piedad y nos metieron de lleno en la energía del mítico álbum Behind the Music.

Fue entonces cuando Ebbot encendió la mecha con muy poco: agarró una pandereta y se metió la cabeza dentro, dejándola caer sobre la túnica a modo de collar. Pareció una simpleza, pero el gesto funcionó como un interruptor. De repente, la banda entera metió una marcha más. La guitarra de Ian Person nos llevó a “Mind the Gap”, un temazo precioso para recordarnos que hay que mantener los pies en la tierra frente a las dudas y la fama. Luego saltamos al ritmo vertiginoso de “Confrontation Camp”. A Ebbot le cuesta más moverse hoy en día, pero como frontman sigue siendo un gigante, clavando la mirada en el público y jugando con su voz entre graves y falsetes.
El teclado de Martin Hederos nos abrió la puerta a la mística “Broken Imaginary Time”, que enlazaron sin frenos con “Galaxy Gramophone”. La sala estalló y la pista empezó a saltar sobre el hormigón. Ebbot sonreía y nos señalaba mientras cantaba “Grand Canaria”, preparando el terreno para el gran momento de la noche. Fue sonar los primeros acordes de “Instant Repeater ’99” y la Mon entera abrió los brazos. Nos dejamos llevar hasta 1996, sin billete de vuelta.
Ya sudando la gota gorda, Ebbot bajó un poco las revoluciones en “You Are the Beginning”. Pegado al micro, nos explicó que el mundo está en plena transición, en el principio de una nueva era. Mirando a las primeras filas, soltó una verdad como un templo: ahí fuera todo el mundo es estúpido. Pero los que estamos aquí le estamos dando valor a la conjunción alrededor de estas canciones, y eso nos hace un poco menos estúpidos que el resto del planeta.

Con esa energía nos fuimos directos al final del set principal con “Big Time”, “Nevermore” y “Second Life Replay”. Es una gozada ver a Mattias Bärjed rompiéndose a la guitarra y la complicidad brutal que tiene con Martin Hederos machacando los teclados, actitud y elegancia. Para cerrar esta parte, cayó “Sister Surround”. Un himno que puso a toda la sala a botar, olvidándonos por completo del calor asfixiante de Madrid y de la vorágine de gente que dejamos fuera.
No tardaron casi nada en volver al escenario para un primer bis tremendo con “Firmament Vacation” y “21st Century Rip Off”. Se volvieron a ir, pero la noche pedía una más. Y nos regalaron un inesperado tercer bis con el tema que mejor resume un buen cierre: “The Passover”.
Pocas veces te encuentras a quemarropa con un repertorio tan aplastante. Es una banda armada con un catálogo de canciones épicas, brillantes e inmensamente contagiables; temas que parecen construidos para derribar estadios inmensos, pero que resonaban encajonados en los muros de la Sala Mon interpretados por una formación engrasada y en absoluto estado de gracia. Conciertos como este están hechos para perder el control, dejarse arrastrar y aceptar el final.
Mientras toda la sala cantaba al unísono aquello de Don’t pass it on, if you know it’s wrong y accept the change, cause we’re all insane, el milagro se consumó. El fundido infinito de «The Passover» se quedó incrustado en mi bulbo raquídeo. Horas después, anestesiado por el poder salvaje de esta música y de esas grandes letras, llegué a casa. Pero la verdad es que sigo perdido en esa espiral laberíntica de la que no quiero escapar jamás. Sigo allí hoy.
Texto: Sendoa Bilbao
Fotos: Salomé Sagüillo







En Barcelona también fue un conciertazo al igual que tú me he pasado unos cuantos días tarareando sus canciones no salían de mi cabeza y recordando los momentazos del concierto