
Como adelanto de las próximas presentaciones de The Chameleons en España -con una gira programada por varias ciudades para el próximo mes de noviembre-, nuestro corresponsal en Latinoamérica Augusto de Lázzari, nos ofrece su reseña del show que ofrecieron el pasado 14 de mayo en Buenos Aires, Argentina.
En el caso de los mancunianos, quienes con su postpunk amable en melodías melancólicas pero dotado de una lírica social e introspectiva a la vez, gozaron de prestigio en su etapa dorada -´83/´86- en U.K. pero no así de suceso comercial; tras atravesar largos años de inactividad relativamente olvidados, en los últimos tiempos se vieron revalorizados por bandas del neo postpunk y el showgaze.

La banda de Manchester se presentó por primera vez en Argentina, en el marco de su primera gira por varios países de Latinoamérica, lo cual agregó gran expectativa entre el numeroso público asistente.
La formación actual de The Chameleons cuenta entre sus filas con dos de sus miembros fundadores: su líder, cantante, bajista y compositor Mark Burgess y su guitarrista Reg Smithies, responsable de las guitarras atmosféricas distintivas del sonido camaleónico. El grupo se completa con una sólida formación en vivo integrada por Stephen Rice en guitarra, Danny Ashberry en teclados y Todd Demma en batería.
Abrieron, como teloneros, los bonaerenses de Los Péndulos, con su ajustado afterpunk, con matices de rock y electrónica y reminiscencias a The Sound, dejando un terreno propicio para el número central de la noche.
Comenzaron su recital los Chameleons con “Where Are You”, tema más rockero -que fue simple de su disco de regreso “Artic Moon” de 2025, el primero en 24 años- para seguir con “The Fan and The Bellows”, una rareza de sus inicios de 1981 -luego editada en un recopilatorio homónimo-. Enseguida, se despacharon con la premonitoria “A Person Isn´t Safe Anywhere These Days” – clave para el sonido de los Interpol – de su icónico álbum debut “Script of the Bridge” (1983), del cual interpretaron varios tracks a lo largo de la velada- como, tras cartón, las climáticas “Pleasure and Pain” y “Less Than Human”. También intercalaron bastantes temas de su nuevo trabajo, los cuales -sin llegar a las cotas de su material clásico- mantienen el tipo. A continuación, incursionaron en su segundo álbum “What Does Anything Mean? Basically” (1985), con sendas y entusiastas versiones de “Perfume Garden” y “Looking Inwardly”. El show entró en uno de sus puntos altos con el himno “Up The Down Escalator”, de su ópera prima, frente a una audiencia alucinada. Luego se internaron en “Paradiso”, cara B de su sencillo “Tears” (1986), con encomiable trabajo a las seis cuerdas por parte de Reg Smithies-. Seguidamente, en un pasaje más reposado, Mark Burgess mostró su devoción por uno de sus mayores referentes desde joven, con la reciente y extensa “David Bowie Takes My Hand”, donde ejecutó guitarra acústica de 12 cuerdas –circa “Space Oddity–”, así como otra canción nueva, la combativa “Saviours are a Dangerous Thing”. Encendieron al respetable con los ritmos tribales presentes en “Soul In Insolation” y con su “hit” “Swamp Thing” -ambos de su segundo disco-.
El cierre formal del concierto estuvo dado por la lúdica “Feels Like The End of The World”, también de su última obra. Retornaron, para el encore, por todo lo alto, con una sucesión de clásicos: la precisa versión de “In Shreds”, luego la potencia presente en “Monkeyland”, la destacada labor a dos guitarras en “Second Skin” -con Mark entonando, al final del mismo, el estribillo de “Be My Wife” (“Low”). Cerraron su actuación con el medley conformado por la oscura “Don´Fall” /“Rebel Rebel” -otro homenaje bowiano-, con un Burgess extasiado ante la apasionada respuesta del respetable. Tras dos horas intensas, completaron una performance vibrante y perdurable. Quien tuvo, retuvo.
Texto: Augusto de Lázzari
Fotos: Gastón Suárez Guerrini






