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Rufus Wainwright – Blaumarí Music Festival (Barcelona)

© Víctor Parreño

Hubo un momento, a principios de los dos mil, en el que parecía que músicos como Joanna Newsom, Antony Hegarty (ahora Anohni) o Sufjan Stevens iban a cambiar para siempre la idea de lo que podía ser el pop. Estos artistas no estaban muy preocupados en escribir un éxito, sino que buscaban dotar a su música de estructuras poco convencionales y cambiantes, letras de carácter literario y fascinación por el folk y la música clásica.

Durante unos años, además, pareció que podían llegar a dar el salto al gran público y que este pop culto iría más allá de los oídos de unos cuantos adeptos. Pero esto, a grandes rasgos, no ocurrió. Sin embargo, dejaron algunas de las mejores canciones y de los mejores discos de aquella época.

© Víctor Parreño

Rufus Wainwright encaja perfectamente en esa generación. Nunca terminó de convertirse en una gran estrella, aunque seguramente tampoco hizo demasiado para conseguirlo (a pesar de que media humanidad lo conociera gracias a que su versión de “Hallelujah” sale en una película protagonizada por cierto ogro verde). Sin embargo, pocos compositores de las últimas tres décadas han construido un cancionero tan personal como el suyo. Quizá por eso sorprende que todavía haya conciertos suyos que no cuelguen el cartel de completo, pues en el Blaumarí había suficientes huecos como para preguntarse qué más necesita hacer este hombre para convencer a cierta parte del público.

El formato en el que se presentó era sencillo, con Rufus alternando piano y guitarra. Una propuesta que, sobre el papel, parece casi injusta para un músico cuyos mejores discos están construidos sobre pomposos y exuberantes arreglos orquestales. Sin embargo, bastaron los primeros minutos de «Montauk», de su álbum Out of the Game, para ver que las canciones en este formato se bastaban por sí solas.

Porque si hay algo que continúa impresionando es su voz. No tanto por la potencia, que sigue siendo enorme, sino por la técnica. Hay una formación musical detrás que resulta imposible esconder. Wainwright no canta como un cantautor al uso, sino que en cada fraseo se nota su gusto por la ópera, el musical o autores como Elton John. Pocos cantantes de su generación siguen sonando así.

© Aitor Rodero.

Tras una elegante «This Love Affair», explicó que Barcelona abría esta pequeña gira española y aprovechó para presentar dos composiciones inéditas de un próximo disco que, según él mismo adelantó, volverá a tener un carácter más pop. «Seasonal Pain in the Ass» fue una magnífica carta de presentación, mientras que «Raining in Athens», inspirada en un viaje a la capital griega, confirmó que la inspiración sigue bastante lejos de abandonarle. También hay que tener bastante confianza en uno mismo para arrancar un concierto con varias baladas, presentar dos canciones nuevas antes de la mitad y no recurrir a ninguno de los grandes clásicos para mantener la atención del público.

Además, entre canción y canción apareció un Rufus especialmente comunicativo. Bromeó varias veces sobre la actualidad estadounidense, recordó que junio es el mes del Orgullo antes de interpretar «Gay Messiah» y tuvo que reiniciar varias veces la interpretación «Barcelona». Había confesado que llevaba días ensayándola para inaugurar precisamente aquí la gira española, pero visto el número de veces que perdió la letra, quizá habría necesitado un ensayo más.

El repertorio muestra además que no está demasiado interesado en vivir de la nostalgia. En lugar de construir un concierto apoyado exclusivamente en Poses o los dos Want, fue alternando distintas etapas de su carrera con bastante libertad. Ahí estaban «The Art Teacher», «Old Song», «Out of the Game», una deliciosa versión de «La complainte de la butte» y solo al final algunas de las canciones más esperadas. Lo cual siempre es de agradecer. Para conciertos de «grandes éxitos», ya hay suficientes giras de aniversario llena estadios.

La recta final sí dejó varios de esos momentos inevitables. «Poses» volvió a demostrar que probablemente siga siendo una de las mejores canciones que ha escrito nunca, y «Cigarettes and Chocolate Milk» sigue conservando en directo toda su sofisticación. Después llegaron «Going to a Town» y cerró con «Hallelujah», que Rufus interpreta sin intentar apropiársela, tal vez porque ya parece también suya (con permiso de Cohen y Buckley, claro).

Es posible que Rufus Wainwright nunca llegué al Palau Sant Jordi. También es posible que duerma bastante tranquilo con este tema. Después de verlo durante dos horas da la sensación de que hace años decidió que el éxito era otra cosa y pasó a competir en otra liga. En su propia liga. Viendo la carrera que ha construido, cuesta decir que eligió mal.

Texto: Álvaro Rebollar

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