
“Estáis lejos del escenario, pero muy cerca de nuestros corazones”. La frase que Adrianne Lenker pronunció durante la actuación de Big Thief podría servir también para resumir la edición de 2026 del Primavera Sound de Oporto. Porque, aunque algunos asistentes contemplaban los conciertos desde varios metros de distancia, más alejados por unos fosos delanteros ampliados, la sensación de cercanía que sigue definiendo al festival permaneció intacta durante tres jornadas en las que el Parque da Cidade volvió a demostrar por qué es uno de los recintos más agradables de Europa para disfrutar de música en directo.
La meteorología, siempre imprevisible junto al Atlántico, jugó esta vez a favor. El sol acompañó durante las tres jornadas, empezando justo a llover justo cuando terminó el último concierto; las temperaturas resultaron especialmente cálidas y apenas hubo motivos para buscar refugio. También contribuyó al carácter propio del festival la notable presencia de artistas portugueses y brasileños en las líneas medias del cartel (Gisela João, Criolo Amaro & Dino) reforzando una personalidad diferenciada respecto a la edición barcelonesa y aportando un saludable equilibrio entre nombres internacionales y propuestas de proximidad.

Todo ello no impidió que dejara la impresión de que el nivel general se situó un peldaño por debajo del alcanzado en algunas convocatorias recientes. No faltaron actuaciones para el recuerdo ni momentos de auténtica comunión colectiva, pero sí se echó de menos una mayor concentración de conciertos capaces de dejar huella duradera. A ello se sumó un problema logístico cada vez más evidente: la capacidad del escenario Vodafone parece haberse quedado pequeño para la cantidad de público que se junta en el concierto central de cada jornada, resultando complicado moverse por sus inmediaciones, una consecuencia directa del atractivo de muchas de las propuestas programadas allí.
Entre los nombres más esperados, los tres cabezas de cartel cumplieron sobradamente. The xx regresaron con la elegancia minimalista que los convirtió en una referencia del pop contemporáneo, transformando cada silencio en un elemento tan importante como las propias canciones. Gorillaz desplegaron un espectáculo visual y musical de enorme envergadura, con varios invitados como era de esperar, equilibrando repertorio clásico coreado por todos juntos a material reciente con la naturalidad de quien lleva años dominando grandes escenarios. Massive Attack, por su parte, volvieron a demostrar que siguen siendo capaces de convertir la electrónica en una experiencia absorbente, tan hipnótica como incómoda cuando así lo requiere su discurso, que estuvo bien presente desde el primer momento, evidenciando todas las taras del sistema capitalista y con varias menciones a Palestina. Si Elizabeth Frazer y Horace Andy continúan conmoviendo, Deborah Miller no consigue sobreponerse a la ausencia de Shara Nelson en dos de sus temas finales (“Safe from Harm” y “Unfinished Sympathy”), los que ella hacía verdaderamente emocionantes en disco.

Si hubo un denominador común entre algunos de los conciertos más celebrados, fue la intensidad física. Idles, Kneecap y Viagra Boys provocaron auténticos terremotos humanos frente al escenario. En los tres casos se sucedieron los pogos multitudinarios, los cuerpos volando por encima de las primeras filas y una energía colectiva difícil de encontrar fuera de este tipo de festivales. Los británicos Idles continúan siendo una maquinaria perfectamente engrasada para el caos controlado, Kneecap combinaron provocación y entusiasmo en dosis equivalentes y Viagra Boys demostraron que su mezcla de irreverencia y músculo instrumental mantiene intacta su capacidad de convocatoria.
Hubo también espacio para registros muy diferentes. Baxter Dury confirmó que el magnetismo escénico parece formar parte del patrimonio familiar, moviéndose con desenvoltura entre la ironía y el encanto despreocupado, con una actitud punk cabalgando los dulces coros de su teclista y cantante de apoyo. Annahstasia aportó uno de los momentos más cálidos del festival gracias a unas canciones que combinan raíces folk y sensibilidad contemporánea. Big Thief ofrecieron una actuación de enorme delicadeza emocional, sustentada en la capacidad de Adrianne Lenker para convertir cualquier escenario en un espacio íntimo. Y Mike D recordó por qué Beastie Boys serán eternamente añorados.
Por su parte, Slowdive sobrecogieron al público con sus habituales paisajes de niebla sonora, mientras que Ethel Cain desplegó un repertorio tan sombrío como cautivador. También destacaron la imaginación rítmica y la personalidad escénica de Sudan Archives, así como la contundencia melódica de Triángulo de Amor Bizarro, siempre capaces de encontrar el equilibrio entre ruido y tensión absorbente.
En una zona intermedia quedaron algunos conciertos interesantes aunque menos concluyentes. Black Country, New Road mostraron las virtudes y limitaciones de su prog-folk, construido sobre desarrollos largos y cambios constantes de atmósfera que alternan momentos brillantes con otros más dispersos; aun así, pusieron el momento más inolvidable del fin de semana, cuando sus tres vocalistas femeninas tocaron el cielo entonando “Mary” como si fuese un clásico perdido de hace siglos. Los jóvenes The Sophs llamaron la atención por una personalidad todavía en construcción, en la que asoman ecos de tradiciones muy diversas como The Strokes, The Doors, Jason & The Scorchers o The Who, más versiones de Bill Withers y Mac DeMarco. El inesperado regreso de Texas Is The Reason se solventó con dignidad y oficio, aunque inevitablemente apoyado en la nostalgia de quienes llevaban décadas esperando volver a verlos.
No todo funcionó igual de bien. Panda Bear ofreció un concierto en el que no consiguió contagiar en directo las texturas de sus grabaciones. Yard Act, habitualmente afilados y desafiantes en disco, parecieron menos incisivos de lo esperado cuando llegó el momento de defender sus canciones frente al público. Y Smerz protagonizaron una de las actuaciones más frías del fin de semana y de todas las ediciones, con escasa conexión emocional y una sensación de apatía difícil de ignorar.
Aun así, la suma de aciertos siguió superando claramente a la de los tropiezos. El Primavera Sound de Oporto mantiene intactas muchas de las virtudes que lo han convertido en una cita imprescindible: un entorno privilegiado, una convivencia ejemplar entre estilos y públicos muy distintos y una programación que continúa apostando por el riesgo sin renunciar a nombres capaces de congregar a miles de personas.
Quizá el cartel no alcanzó las cotas más altas de otras ediciones, pero dejó suficientes conciertos memorables como para justificar el viaje. Y, al final, cuando las luces se apagaron y el césped volvió a quedar vacío, quedó aquella frase de Adrianne Lenker: lejos del escenario, puede, pero también muy cerca del corazón.
Texto y fotos: Xavier Valiño






