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Nacho Vegas – Sala Apolo (Barcelona)

Nacho Vegas lleva ya años ocupando un lugar rarísimo dentro de la música española. Ya no es solo el cantautor triste de los discos sobre heroína, derrotas sentimentales y autodestrucción, sino que funciona desde hace un tiempo como una especie de conciencia de determinada izquierda cultural: alguien capaz de mezclar ternura, rabia, culpa, ironía y discurso político sin dejar nunca del todo claro dónde termina el personaje y dónde empieza él.

En este sentido, al astur se le puede discutir casi todo menos una cosa, y es que pocos artistas españoles han conseguido hacer de sus contradicciones una obra tan reconocible. Es admirable, además, ver cómo es capaz de llenar una sala como Apolo hablando abiertamente de antifascismo, sindicalismo, represión policial o memoria obrera sin disfrazarlo demasiado ni convertirlo en algo puramente estético, mientras que lo mezcla con sus propias penas.

La gira de Vidas semipreciosas (2026) lo devuelve a una etapa claramente más política, después de un par de discos donde esa dimensión quizá había quedado algo más dispersa. No es que Vegas hubiese dejado de hacerlo, pero ahora vuelve de una forma más frontal. Y eso tiene algo refrescante en un panorama musical cada vez más obsesionado con sonar neutro, internacional y sin conflicto, pues por suerte continúa empeñado en señalar que la vida no ocurre en abstracto, sino dentro de un país, unas clases sociales, unas violencias y unas derrotas bastante concretas.

Abrió con “Alivio”, a la que siguió la mítica “Nuevos planes, idénticas estrategias”, “Crujidos” y “Los asombros”, donde quedó claro que la banda actual sabe envolver sus canciones sin ponerse nunca por encima. Este hecho no es menor, pues Nacho Vegas nunca ha funcionado del todo como cantautor con grupo de acompañamiento, sino como alguien que necesita una banda alrededor para que sus canciones respiren y se hagan más grandes.

“Fíu” fue uno de los primeros grandes momentos de la noche. La canción, dedicada a su madre, Cristina Vegas, condensa bastante bien la idea de que lo político es también doméstico. Ahí el concierto se abrió además a la intervención de colectivos antirrepresivos de Barcelona, que subieron al escenario para hablar de vivienda, antifascismo y represión. Durante unos minutos, la Apolo pareció menos una sala de conciertos que una asamblea. El problema es que esa frontera entre concierto y acto político no siempre es fácil de manejar, pues puede parecer en ocasiones que la política va por delante de la música y que algunas letras quizá dependen demasiado de que el público ya esté de acuerdo antes incluso de escucharlas. Y no estoy diciendo que esto sea negativo por sí mismo.

“Deslenguarte”, sin Albert Pla, funcionó igualmente por su lado más gamberro, mientras que “Cómo hacer crac”, en cambio, fue muy coreada. También hubo espacio para “Les ales”, llevada a un terreno muy folklórico y realmente bonito, y para “Mi pequeña bestia”, una canción que en directo gana bastante y que tiene algo de melodía popular casi luminosa.

Aun así, los mejores momentos llegaron cuando el repertorio se apartó un poco de la actualidad más explícita. “Morir o matar” fue una recuperación tremenda, de esas que recuerdan por qué mucha gente sigue pensando que el mejor Nacho Vegas es el de las canciones más oscuras. Puede que sea injusto seguir comparándolo con aquel fantasma, pero también es inevitable. Algo parecido ocurrió con “La gran broma final”, probablemente uno de los puntos altos del concierto. La sala Apolo se quedaba pequeña. El bis con “Ser árbol” fue emocionante. Ahí estuvo el mejor equilibrio posible entre el Vegas antiguo y el nuevo, entre la herida colectiva y el músico dolido. Acabó con “La pena o la nada”.

Ciertamente, Nacho Vegas a veces cae en lo panfletario. A veces parece demasiado cómodo dentro de su personaje de hombre triste, inteligente y políticamente indignado. Pero incluso con todo eso, sigue siendo un artista enorme. Uno de los grandes. Porque sus letras calan, porque su banda suena certera y porque muy pocos han conseguido llevar tan lejos una obra construida sobre la culpa, la ternura, la rabia y el desastre. Puede que el mejor Nacho Vegas ya haya pasado, pero el de ahora tiene algo que tampoco abunda: unas ganas de lucha y de denuncia que elevan el arte la música a algo más que un simple entretenimiento.

Texto: Álvaro Rebollar

Fotos: Marina Tomás Roch

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