
Siempre es un alivio huir del hastío estival madrileño descendiendo a las catacumbas de la sala Copérnico; dejarse engullir por el fragor telúrico sin intuir, hasta flanquear sus puertas, que la pista ya oficiaba un sudoroso lleno absoluto.
Micah P. Hinson ha transitado una travesía errática y febril desde su Memphis natal, fraguando aquellos primeros y descarnados opúsculos tejanos a albores de los dos mil, hasta recalar hoy, a tiro de piedra, en Carabanchel. Un asilo de quietud eléctrica donde el bardo de Tennessee parece haber anclado, al fin, su maltrecho centro de gravedad. Atrás yacen los naufragios de Texas: la toxicomanía de botiquín, el espectro acechante del suicidio y una fe en la música que se resquebrajaba como la madera ajada de un porche bajo el sol inclemente del sur. Hoy, Micah ha zurcido su gramática emocional junto a la artista colombiana Lina Castellanos.
La liturgia del pasado viernes oficiaba la presentación de The Tomorrow Man, un artefacto sonoro de cadencia reflexiva y hondura abisal. Grabado en Italia y parapetado en indómitos arreglos orquestales, supone la cristalización de ese álbum mayúsculo e imponente que, como me confesaba en la intimidad de su refugio carabanchelero, llevaba toda una vida persiguiendo. Aquella confesión cobraba sentido ahora: este concierto madrileño era un renacimiento visceral, una urgente necesidad de comulgar nuevamente con una parroquia a la que necesitaba reencontrar.

Sobre las tablas, la parquedad escénica revelaba la geografía de sus dos escuderos: a babor, una batería parapetada entre juguetes percusivos; a estribor, un arsenal de teclados, slide guitar y banjo. Entre la penumbra irrumpieron su productor y camarada Alessandro ‘Asso’ Stefana junto a Paolo Mongardi. En el epicentro, la figura espigada de Micah, coronado por su innegociable sombrero blanco, apostado estoicamente frente a un majestuoso micrófono de condensador antiguo y plateado, invocando esa textura puramente orgánica y analógica que tanto reverenciamos.
La velada exigía inaugurarse con “Oh, Sleepyhead”, un fogonazo escrito para eyectarse del lecho y exprimir un amanecer radiante. Su barítono retumba, esparciéndose por el antro; sentimos la reverberación percutir en el cráneo con cada una de sus bocanadas apelantes, mientras el delay expande los confines acústicos de la sala. Al expirar la primera estrofa, inhala con la displicente elegancia de un vaquero para darnos la bienvenida, fustigando al instante su diminuta guitarra española con espasmos eléctricos, apuntándonos con el mástil a bocajarro. El respetable devuelve el envite con fulgor y aplausos.
Tras un escueto «Buenas noches», Asso le amonesta amistosamente: es la hora de presentar a su esposa, Lina. Micah sonríe, deliciosamente desnortado, y ambos comparten micrófono en la frágil y rotunda “One Day I Will Get My Revenge”, apuntalada por la suntuosidad de Asso al piano. Lástima que el pozo gravitacional de la voz grave de Micah eclipse el dulce timbre de Lina, que pugna por hacerse hueco sin éxito; aun así, prevalece la ternura de una estampa profundamente romántica, sellada con un beso.

Irrumpe entonces una de las cimas del disco, “Think of Me”. Mongardi acaricia los tambores con sus escobillas, desplegando un primor y una eficacia astronómica por los platos, cocinando el ritmo a fuego lento como un risotto. Una nana narcótica sumerge la sala en un celuloide onírico en blanco y negro. En nuestras charlas, Micah me diseccionaba esta pieza como una de las más cruciales de su existencia: en su gestación, cada maldito vocablo plasmaba milimétricamente su abismo de entonces. Su vida pretérita en Texas, su flirteo con el suicidio, el hartazgo que le empujaba a abandonar la música para fantasear con trabajar en un casino de la nación Chickasaw… Era el ocaso definitivo. Pero Asso Stefana emergió como salvavidas, invitándole a Italia sin más equipaje que las canciones sobrantes. Acudió para certificar la defunción de su carrera, pero, ineluctablemente, ofició la génesis de un nuevo hálito.
Esta composición ratifica su tesis inquebrantable: la enjundia no reside en la grandilocuencia del amor, sino en la minucia costumbrista que lo sacraliza. Arrojar luz sobre lo imperceptible. Idéntica premisa gobierna “Take It Slow”, que despacha a capela para chocar contra un silencio apenas mancillado por algún murmullo insustancial del público. En la segunda estrofa se acoplan sus dos secuaces, traccionando lenta y poderosamente hacia un clímax ascendente. Allí, la alquimia de Asso simula la irrupción de cuartetos de viento, empujándonos escaleras arriba en estas majestuosas y eternas huidas hacia adelante; siempre escoltados por una banda simbiótica donde Stefana y Mongardi se buscan, se miran y sonríen con insultante perfección.
En el ecuador nos obsequiaron con un interludio de «The Last Train to Texas», una vieja letra exhumada para este disco, que en su mutación de directo deviene en la primigenia “O’Sylvia”. Con Asso alternando el banjo y una armónica que destila polvo sureño, Micah sentenciaba que, pese a que la industria del country a menudo regurgita basura comercial, esta pieza destila el linaje bastardo de Hank Williams o Johnny Cash para relatar una historia henchida de verdad.
Empuñando el banjo, descerrajan “There’s Only One Name” (de Micah P. Hinson and the Nothing, 2014), alternando un arrebato de tempos y valles que arrastra a la congregación a una catarsis festiva en la que el público vibra hasta romperse. Suman a la ecuación la bellísima “Mothers & Daughters”, exhalando un aroma a crooner crepuscular en la órbita de Scott Walker, para desembocar en un traqueteo guitarrero imparable, propio de una locomotora eléctrica perfectamente engrasada.
Solo en el proscenio, Micah improvisa un púlpito para disertar sobre Dios. Denuncia cómo, en su patria, la aniquilación bélica se perpetra parapetada en el nombre del Creador. Un preámbulo sepulcral para introducir la inapelable “I Don’t Know God”.
Retorna la banda y Asso empuña la maravilla del slide guitar, transmutando “I Thought I Was the One”, también de su nueva cosecha, en un himno litúrgico diseñado para la comunión colectiva. Por instantes, evocan la épica tabernaria e imperecedera de The Pogues.

El repertorio se engrosa con la exquisita “Take Off That Dress for Me” (de Micah and the Pioneer Saboteurs, 2010), “When We Embraced” (2008), y la celebradísima “Beneath the Rose”, que detona una ovación de gratitud interminable. En “What Does It Matter Now?” (del disco I Lie to You), el dramatismo de Micah alcanza cotas asfixiantes; su voz se quiebra en esquirlas trágicas, envolviéndonos en uno de los pasajes más frágiles y luminosos de la noche. De esa misma placa rescata “Ignore the Days”, deteniéndose a evocar su génesis adolescente a los 16 años y reivindicando sus raíces, su herencia Chickasaw, una de las miles de tribus condenadas a la amnesia histórica por la invasión pretérita de los españoles, la estrambótica carambola que le ha traído hasta aquí, y cómo, a pesar de las cicatrices heredadas, la vida florece en la perseverancia del reencuentro.
El epílogo asoma con “Carelessly”, que exhala aromas a inminente despedida, y la rotunda “Walls”, rúbrica perfecta para un colofón que detiene el tiempo con un Mongardi pletórico y sonriente. Micah, en un encomiable castellano, sentencia: “Gracias, te quiero, buenas noches”.

Constituye un privilegio paladear este nuevo álbum en su integridad; una aquiescencia colectiva ante la aceptación de esta nueva reencarnación del propio bardo. Asistimos al advenimiento de un Micah P. Hinson que ha decidido amortiguar el ruido y el estruendo valvular de antaño, trocándolos por sentencias de una clarividencia superior, letras que escarban directamente en la grieta emocional y flechazos melódicos mucho más directos al esternón. Es el epitafio paulatino a aquella vieja rebeldía trágica y sucia que tanto nos encandiló; una mutación orgánica donde la crisálida del dolor termina por alumbrar una mariposa purpúrea y elegante, dueña de un magnetismo sobrio que suma la belleza de estas nuevas canciones sin perder un ápice de su mística.
Abandonan la tarima envueltos en vítores, pero la fisionomía de la Copérnico no admite huidas prolongadas. En su ineludible retorno, Micah acunó el clamor de la sala, despidiéndose no sin antes agradecer conmovido la catártica comunión vivida en el subsuelo. El reencuentro definitivo con su feligresía se reflejó en una bellísima estampa al final del show: el músico entregado por completo, ofreciendo su silueta con los brazos abiertos de par en par frente a su gente, refrendando que el verdadero hábitat del folk es la intemperie compartida. Un ritual de sanación que este forajido eligió abrochar rindiendo curiosa pleitesía a su padre con una descarnada lectura en solitario de “This Old Guitar”, de John Denver, dejando grabada a fuego su voz profunda en la memoria de Madrid.
Texto: Sendoa Bilbao
Fotos: Salomé Sagüillo






