
Hay noches que te devuelven sentimientos que creías perdidos entre el ruido del mundo. La certeza de que todavía hay gente que vive de verdad, que grita con razón, que convierte la rabia en comunidad se hizo latente el pasado sábado en la Sala [2] de Apolo.
Maruja son una banda inglesa formada en Manchester en 2014. El nombre es, en sí mismo, una pequeña poesía accidental: fue inspirado por el cartel de una tienda que el vocalista Harry Wilkinson vio durante unas vacaciones familiares en España, y con ese nombre tan ibérico y cotidiano bautizaron un ente que se sale de cualquier convención.
El cuarteto —formado por el vocalista y guitarrista Harry Wilkinson, el bajista Matt Buonaccorsi, el saxofonista Joe Carroll y el batería Jacob Hayes— lleva más de una década construyendo una música que desborda de humanidad. Una música que no es fácil de encajar en ninguna etiqueta sin mutilarla: combinan las raíces obreras del jazz y el post-punk con el hardcore, y lo hacen con la convicción de quien no tiene otra opción que acelerar al máximo y decir la verdad. Han sido señalados como herederos de The Mars Volta, Refused o la fiereza de Rage Against The Machine, aunque Maruja son, ante todo, Maruja.

El camino hasta aquí fue largo y paciente. Solo tras su metamorfosis al inicio de la década, y una vez completada la formación con Joe Carroll al saxo y Jacob Hayes en la batería junto a los miembros fundadores Wilkinson y Buonaccorsi, la banda empezó a ganar visibilidad, multiplicando giras y dos gloriosos EPs – Knocknarea y Connla’s Well- hasta abrirse paso en la escena anglosajona. Y entonces llegó Pain To Power, su esperado álbum de debut, publicado en septiembre de 2025 a través de Music For Nations — un disco que sirve como documento de duelo, miedo y solidaridad; una banda sonora perfecta para los tiempos caóticos en que vivimos.
Cada banda tiene su química. La de Maruja es la de una reacción controlada que en cualquier momento puede desbordarse y hacer volar todo por los aires con una belleza inusitada.
Harry Wilkinson es el centro de gravedad. Una coraza de músculo y cicatrices, una presencia física que anuncia tempestad antes de que suene la primera nota. Torso desnudo, sudor y verdad. Su máxima es «podemos sonar rabiosos, pero nuestro mensaje es de paz», y en esa contradicción aparente vive toda la grandeza de lo que hace. Ha citado a Tupac, Kendrick Lamar y Little Simz como influencias fundamentales en su manera de actuar sobre el escenario, y se nota: Wilkinson es rapero, predicador, boxeador y poeta, todo a la vez. Un Henry Rollins del siglo XXI con el corazón aún más expuesto. Joe Carroll, el saxofonista, es otro animal completamente distinto. Si Wilkinson es el fuego controlado, Carroll es el acelerador, el elemento químico que hace explotar la mezcla. Su saxo alto no acompaña: interrumpe, provoca, sangra…
Esquivo y peligroso, añade una sensación de amenaza que recorre toda la música como corriente eléctrica. Fuera del escenario, dentro del público, Carroll es un agente del caos hermoso. Matt Buonaccorsi es pequeño en estatura, gigante en actitud. Hay bajistas que tocan. Buonaccorsi eyacula cada acorde como si fuera el último de su vida, con una mirada perturbadora que apunta al horizonte y a las tripas del espectador al mismo tiempo. Su bajo no sostiene la canción: la empuja por el barranco. Jacob Hayes en la batería es contundente y quirúrgico. El arquitecto del plano que los otros tres ejecutan con furia. Hayes no improvisa el caos: lo fabrica con precisión de relojero, para que cuando el caos llegue, parezca inevitable.

La [2] de Apolo estaba hasta los topes de esa clase de gente que todavía cree en algo. Jóvenes y no tan jóvenes, cuerpos apretados en la oscuridad cálida de la sala, expectantes. Arrancaron sin ceremonias. “Bloodsport” abrió como un puñetazo en la mandíbula, un golpe de cuerpo entero, roto y gutural, sostenido por una batería ametralladora, y la sala entera acusó el impacto. Desde ese primer segundo quedó claro que la noche no iba a tener contemplaciones.
El setlist navegó entre la brutalidad y la ternura, entre el grito y el susurro, entre el punk y el jazz más libre. Es casi irrelevante citar qué canciones sonaron ya que la velada estuvo plagada de ese tipo de momentos que trascienden a ellas y convierten un buen concierto en una experiencia que te cambia.
El stage diving de Wilkinson no fue el de un frontman buscando la foto: fue el de alguien que necesita fundirse con su público porque la música sola ya no le cabe en el cuerpo. Se lanzó al vacío y la sala lo recibió, lo sostuvo, lo devolvió. Un momento de fe ciega y correspondida.
Carroll bajó del escenario, saxo en mano, adentrándose entre los cuerpos del público como un chamán. A su alrededor se generaron pequeñas explosiones de delirio, círculos de caos feliz, personas que no se conocían de nada y que de repente compartían algo intraducible. Eso es lo que hace el jazz cuando se mezcla con el punk: te disuelve el yo y te entrega al nosotros.
Wilkinson tomó el micrófono y habló. Habló de los muertos. De todas esas guerras injustas en las que nos meten dirigentes que nunca van a pisar el barro. Habló de amor y de infinito. Habló sin gritar, y fue más poderoso que cualquier berrido. Habló del prójimo, de mirarse a los ojos, de abrazarse. Habló de comunidad. Habló de carpe diem, del aquí y del ahora. De que este momento —este momento exacto, en esta sala, con estos desconocidos que ya no eran tan desconocidos— es sagrado y frágil y hay que honrarlo.

Y después pidió silencio.
La sala enmudeció. Cien, doscientas, quinientas personas con el puño en alto en la oscuridad, abrazadas o simplemente cerca, recordando a los caídos. Fue una estampa cinematográfica, poderosa y sencilla al mismo tiempo: la clase de imagen que no se olvida porque no tiene artificio, porque es absolutamente real.
Acabada la batalla uno sale de la [2] de Apolo con ese extraño estado de gracia que solo produce la música en directo cuando es honesta. Las palabras de Wilkinson todavía resuenan. Parten de la frustración y la ira y termina en la espiritualidad y la esperanza, y en directo ese arco emocional se convierte en una experiencia física, casi litúrgica. Maruja no han llegado simplemente a entretenernos, han venido a recordarnos que seguir teniendo fe es un acto de resistencia. Y lo han conseguido.
«No somos ordinarios, ni mundanos. Somos amor eterno. Infinito.», dijo Wilkinson en el momento cumbre de la noche. Tenía razón. Maruja son eternos y allí estuvimos para poder contarlo.
Texto: Rubén García Torras
Fotos: Marina Tomás Roch






