
De ser Ceramic Dog una productora de cine, diríamos que la suya sería una compañía adherida al término «arte y ensayo», lo cual vendría a decir que apostaría por lo nuevo en lugar de utilizar lo convencional para hacer dinero de forma fácil. En efecto, Ceramic Dog es una banda de «arte y ensayo». También es iconoclasta, vanguardista, free rock, experimental, volátil (musicalmente) e inusual.
Es curioso porque incluso algunos de sus discos se acercan a la normalidad, como el brutal Connection (2023), del que tocaron tres piezas que abordaron de forma diferente, apenas cantadas, algo que sí sucede en su formato original. Pero enfrentarse a cualquier proyecto en el que ande enfrascado Marc Ribot exige acudir con la mente liberada de mierda y los cinco sentidos bien enchufados.
Él, con todas las partituras tiradas por el suelo y esa mirada que levanta por encima de las gafas para dar alguna instrucción ligera o leer la única letra que tiene en el atril, parece un geniecillo en pleno trabajo, construyendo para luego volver a deconstruir, una y otra vez. No muy atrás quedan sus perfectos compañeros de aventura, Shahzad Ismaily y Ches Smith.

Al primero se le presupone bajista, pero toca lo que se le pone por delante, incluyendo un segundo kit de batería sin bombo, la guitarra y toda clase de artefactos sonoros que va incorporando conforme avanza el concierto. Ches, por su parte, también tiene doble tarea: manejar un rack de efectos que contiene percusiones enlatadas y diversos ruidos, además de tocar la batería, instrumento en el que resulta extraordinario.
La compenetración entre los tres es brutal. Y es que, para sacar adelante esa amalgama de patrones musicales que parecen venir de Júpiter, hay que ser muy bueno e ir todos en la misma dirección. A veces, Shahzad sacaba una partitura y la colocaba sobre el bombo mientras tocaba lo que fuera con la mano izquierda. No sé si era más por tener una guía que por la propia lectura de la partitura. Daba la sensación de que era diferente lo que leía de lo que realmente tocaba. Así era el caos —controlado— que allí se vivía.
Únicos y diferentes. A ratos vibrantes, a ratos desquiciantes, siempre interesantes.
Texto: Sergio Martos
Fotos: Marina Tomás Roch







