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Ethel Cain – Noches del Botánico (Madrid)

Una nueva edición de Noches del Botánico aterriza en Madrid y decido inaugurarla con mis mejores galas: frente a mí, una artista que lleva ya un tiempo orbitando en mi radar y una pregunta inevitable: ¿será su directo tan magnético como dicen?

Antes de entrar en materia, conviene poner algo de contexto. En el caso de Ethel Cain, no es un simple trámite: es casi una puerta de entrada obligatoria.

Ethel Cain es el alter ego creado por Hayden Silas Anhedönia, cantante, compositora y productora nacida y criada en Florida, que a través de este personaje ha construido uno de los imaginarios más turbios, cinematográficos y fascinantes de la música alternativa reciente. Su universo nos traslada a una Nebraska más emocional que geográfica, donde se despliega la historia de Ethel, hija de un reverendo, atravesada por la religión, el abuso, la culpa, la oscuridad y una luz que nunca termina de imponerse del todo.

Con esa introducción aún resonando, entramos al recinto y hay algo que resulta imposible ignorar: la kilométrica fila del puesto de merchandising. Tampoco pasa desapercibido el nivel de entrega del público: hay quien lleva desde las siete de la mañana guardando sitio para alcanzar la primera fila, aferrado a la valla como si en ese metro cuadrado se jugara algo mucho más grande que un concierto.

Ethel Cain ha calado profundamente entre un público joven que no solo escucha sus canciones: las venera, las descifra y las convierte en refugio. Ha creado un personaje y una narrativa con los que muchas y muchos empatizan hasta el punto de sentirlos propios. Y eso, en directo, se nota desde antes de que aparezca sobre el escenario.

El decorado acompaña a la perfección: plantas, luces cálidas y un pie de micro con forma de guadaña reciben a esta sobria maestra de ceremonias entre los gritos de un público completamente entregado. No puedo evitar contagiarme de la energía que se respira en el ambiente, esa mezcla de expectación, fe y nervio adolescente que convierte el arranque en algo casi litúrgico.

Las primeras canciones, “Sunday Morning” y “American Teenager”, esta última una de las piezas que terminó de colocarla en el mapa, funcionan como una toma de contacto luminosa, coreada de principio a fin por un público que se la sabe al dedillo. Pero pronto se desvanece ese deje más pop para sumergirnos en un viaje mucho más denso, pesado y emocionalmente potente.

A partir de ahí, el concierto empieza a desplegar su verdadera naturaleza: guitarras más oscuras, atmósferas densas que coquetean con el doom y una voz rasgada, personalísima, que parece narrar más que cantar. Ethel Cain no interpreta simplemente canciones; invoca vivencias, pensamientos, fantasmas y heridas. Fuimos una audiencia embrujada y dispuesta a dejarnos llevar allí donde ella quisiera.

Entre los momentos más destacados brillaron “Nettles”, “Ptolemaea” y la arrasadora “Tempest”, capaces de condensar esa mezcla de belleza, violencia contenida y desgarro que atraviesa su universo. Para el bis, la pegadiza “Crush” abrió una última rendija de electricidad antes de cerrar con “Thoroughfare”, broche perfecto para una noche que confirmó algo: Ethel Cain no solo tiene un imaginario poderoso, sino también una puesta en escena impecable.

Texto: Almudena Belmonte

Fotos: Salomé Sagüillo

2 Comentarios

  1. No cerró con Thoroughfare, el cierre fue Sun Bleached Flies.

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