
Raleigh, en el estado de Carolina del Norte, suena a una población perdida en el mapa, de esas que necesitas ubicar para saber exactamente dónde está y donde, probablemente, los días transcurren siempre dentro de parámetros previsibles. Un lugar en el que conceptos como la autorreconfiguración o la deriva adaptativa parecen quedar lejos de aplicarse.
Sin embargo, Corrosion of Conformity proceden precisamente de ahí y representan la excepción que rompe la norma. A lo largo de su trayectoria, la banda no ha dejado de mutar, tanto en su planteamiento sonoro como en sus formaciones, con miembros que entran y salen según las necesidades de cada etapa, hasta llegar a la actualidad con su enésima encarnación.
De inicio, y para despejar cualquier tipo de dudas, lo que quedó claro es el nivel de cohesión y articulación entre Pepper Keenan (voz y guitarra), Woody Weatherman (guitarra), Bobby Landgraf (bajo) y Nick Shabatura (batería), Su base residió en el riff, trabajado con el groove preciso, lo que les permitió sonar duros y, al mismo tiempo, mantener una actitud cool dentro de un mismo concepto. La afinación se inclinó hacia el metal y, aunque el sonido costó ajustarlo como era debido, terminó por conservar una esencia distintiva: un ADN profundamente sureño, algo paleto y chapucero, que impregnó y sobrevoló su identidad, aportando el encanto necesario.
Good / Baad Man (2026), su trabajo más reciente, redefine con precisión el concepto anteriormente expuesto. La banda lo utiliza como columna vertebral del directo, en convivencia constante con el protagonismo habitual de su obra clásica Deliverance (1994). Esto evidencia que la distancia entre ambos no es tan amplia como podría parecer, algo que quedó patente en el arranque con dos piezas representativas de cada etapa: Asleep on the Killing Floor y My Grain.

Sin duda, Pepper es quien marca el pulso del show, que se desarrolla con dinamismo entre actitud y volumen, pero también con la intención clara de recorrer los distintos caminos que la banda ha explorado a lo largo de su trayectoria. Desde el deje casi rapeado que articula Diablo Boulevard, hasta ese aire funky y bailable que introduce Baad Man, ya asentado como uno de los nuevos pilares del repertorio.
Para cerrar el set principal, la elección de Vote With a Bullet resulta especialmente acertada. No tanto por marcar el inicio de Pepper como vocalista —algo que en realidad llegaría más tarde—, sino porque su carga lírica sigue manteniendo plena vigencia tres décadas después. Si la banda tuvo un momento en el que rozó su techo de popularidad, fue con la publicación de los sencillos Albatross y Clean My Wounds, ambas seleccionadas como bis de cierre para un concierto sólido y dinámico, al que quizá solo se le podría exigir una mayor incursión en otras etapas de su discografía.
“Pantera is good, but Corrosion is god.”
Nos quedamos con esta sentencia, vista en un bar cualquiera de New Orleans, y que, en el fondo, no deja de encerrar una verdad difícil de discutir.
Texto: Oscar Fernández Sánchez
Fotos: Álvar Luis Gabaldà






