
Pues sí, con la Iglesia y el baño de multitudes del Papa hemos topado. Y con el ayuntamiento de Madrid, que estuvo a punto de dar al traste con una de las mejores citas musicales de la capital por su incapacidad de desplegar un pírrico contingente de efectivos policiales en un evento underground.
Así que entre el rezo de cientos de miles de personas y el perreo multitudinario en el Metropolitano ante el sumo sacerdote del pop mundial, Bad Bunny, se coló por la única rendija posible el festival Blockparty. Todo un milagro.
Por si esto fuera poco, en el último suspiro (¡el mismo sábado 6 de junio por la mañana!) se anunció que se caía del cartel Die Spitz, el grupo estrella de la presente edición. Al parecer, el cuarteto de Texas no pudo viajar a España debido a que sus vuelos fueron cancelados. El hueco fue reemplazado por el grupo de Chicago Case Oats, que la noche anterior había actuado en la sala Fun House de Madrid. A ellos les tocó abrir el certamen a las ingratas cinco y media de la tarde. Obviamente, la suave y bonita música de folk y country alternativo de Case Oats no tiene nada que ver con la furia de Die Spitz. Fue una solución de urgencia, no había tiempo para mucho más. Como bien decía el comunicado de la organización: “Definitivamente, este año nos ha mirado un tuerto”.

Denegado el permiso de celebrar el festival en la explanada negra de Madrid Río, la sala Mon del barrio Chamberí fue una buena alternativa. Los conciertos sonaron dignamente, no hubo aglomeraciones ni en las barras ni en los baños y te podías mover tranquilamente por toda la sala, con un aforo para 800 personas. Además, la antigua sala Penélope de la calle Hilarión Eslava, oscura y con el suelo pegajoso, mantiene cierto aura rock (por aquí han pasado, entre otros muchos, Kurt Vile, Burning o The Psychedelic Furs). Hubo un pero que atacaba directamente al bolsillo: el disparatado precio de las consumiciones. Las cervezas, por ejemplo, costaban 6 euros y un botellín de agua 3 euros. Por eso, no fue extraño ver a tanta gente con latas fuera entre un concierto y otro.
Mientras en la calle arreciaba el ‘caloret’ de junio en Madrid, Sandré subieron enseguida la temperatura en el interior. El grupo barcelonés salió en tromba para olvidarnos del Blockparty que pudo haber sido y anclarnos al presente. De la guitarra salían chispas punk y post-punk mientras que Rosa Pagès cantaba eso de “es imposible que tú o yo estemos bien”, el estribillo machacón de «Empatía no», el single de adelanto su nuevo álbum, Paciencia infinita, publicado hace escasamente dos semanas. La frontman catalana subió y bajó del escenario mezclándose entre el público, escoltada por una banda pétrea. Las canciones de Sandré se disfrutan mejor en directo. Se sudan y se corean (mejor dicho: se gritan) arropadas por gente. Ese es su lugar natural. 40 minutos exactos de pura energía que nos devolvieron a la feliz realidad de un festival de rock and roll.

En el amistoso combate power pop entre Fast Kids y Uni Boys no hubo un claro vencedor. Todo quedó en tablas porque solo puede quedar así cuando ambos hicieron gala de sus mejores armas, esas que alumbraron gloriosamente en la década de 1970 grupos como The Only Ones, Raspberries, Flamin’ Groovies o incluso The Jam. Michael Brandon, líder de Fast Kids, parecía encantado de volver al mismo escenario que el año pasado encumbró a su banda matriz, los garajeros The Mystery Lights. Las canciones de su proyecto en solitario son exactamente lo que te esperas con un nombre así: breves, rápidas, contundentes y con un deliberado deje vintage.
Es un gusto ver a Brandon pegando brincos y patadas voladoras con su guitarra y animando al personal con su agudo vozarrón. Cayó una versión reducida (y sin Farfisa) del gran éxito de The Mystery Lights «Too many girls»» y hubo un par de momentos estelares. Uno, cuando salió el mánager de la banda, Teddy Solano, a interpretar con mucha solvencia «Ana» de Los Saicos. Y ya en el bis, una versión p-e-r-f-e-c-t-a del clásico «Walking Out on Love» de los reyes de todo este género, The Beat.

Después de una frenética semana de conciertos por todo el país, una duda sobrevolaba la sala Mon: ¿en qué condiciones llegarán los chicos de Uni Boys al concierto? Pues aguantaron como jabatos hasta casi al final de la actuación, cuando su líder, visiblemente agotado, empezó a preguntar por la hora. La banda californiana suena más sucia y rock and roll en directo, que incluyó un guiño explícito a The Velvet Underground nada más empezar. Como tantos otros a lo largo de la historia, ellos también están influidos por el grupo subterráneo neoyorquino.
La fina mano pop de los hermanos D’addario (productores de su penúltimo álbum Buy This Now!, de 2023) se diluyó en favor de una actitud más punk. Hasta se vio un escupitajo lanzado al aire y un cabezazo al micrófono por parte de su vocalista principal, que terminó empapado en sudor. El bajista, Michael Cipolleti, exclamó en un castellano bastante digno: “¿Estáis un poco o demasiado borrachos?”. Todo muy rock and roll. Bajaron el pistón con algún medio tiempo melódico y pop, pero enseguida volvieron a remontar con un estilo fresco y contundente.

A Mujeres no le vino nada grande encabezar el festival y redondear la noche en la que iba a ser el debut en suelo español de Die Spitz. El trío de Barcelona se apunta a un bombardeo: lo mismo es el grupo favorito de tu festival indie de pueblo, como se montan una jarana veraniega en un evento rockero. Hay un medidor infalible en sus conciertos: si el bajista Pol Rodellar es levantado por el público y lo llevan en volandas, todo va sobre ruedas. Y así fue. Sobre todo a partir de «Si piensas en mí», el show empezó a desmadrarse con una sucesión de pogos y tiros en plancha desde el escenario que no decayó hasta el cierre.
La entregada hinchada de Mujeres se lo pasó tan bien que más de uno rejuveneció una o dos décadas. El grupo agradeció que los nuevos temas de su último álbum, Es un dolor inexplicable, fueran igual de bien recibidos que los hits de siempre. Tuvo su gracia que Paul leyera varios mensajes de los fans vía Instagram, incluido el de una mujer que estaba celebrando su “despedida de divorciada” en un lugar tan apropiado para el desmelene como un festival de rock and roll, esa música diabólica, divertida y desinhibida que, parece mentira, todavía hoy a algunos les molesta o directamente censuran.
Texto: Jon Pagola
Fotos: Salomé Sagüillo






