
El glaucoma le retiró de la carpintería y de su sustento entonces, pero la música después le ha pagado una dentadura completa, blanca y reluciente. ¿A quién si no? Al bueno de Robert Finley, que fue el primer plato fuerte de un jueves cargado de emociones en la vigesimocuarta edición del Azkena Rock Festival.
Robert dirige y encanta como un viejo vendedor de medicina ambulante al compás del dedo índice de la mano derecha; se mueve en los parámetros en los que sabe que no habrá miedo de tropezar y canta con la amplitud de un chaval de veinte años. Es cierto que su música no descubre nada —esa mezcla de blues pantanoso con soul y algo de funk—, pero si gusta a todo tipo de público es porque en ella no hay trampa ni cartón. Es música genuina, directa desde las entrañas.

Lo mismo puede decirse de DeWolff, en el sentido de que sus canciones son lo que son y posiblemente no te volarán la cabeza si en tu vida ya han transitado Uriah Heep, Humble Pie o Joe Cocker. Pero lo que es innegable es el despliegue de talento que aúnan los tres músicos (ahora acompañados de dos coristas) con sus respectivos instrumentos, la complicidad brutal que hay entre ellos y la humanidad que se respira en el ambiente cuando están en medio de una de sus jams. Les he visto conciertos mejores y peores, pero lo del otro día en Gasteiz fue de órdago.
Mismo adjetivo podría ser utilizado para describir el recital de Imelda May, a la que solo le faltó el tupé y el ricito para volver atrás en el tiempo. Sí, Imelda volviendo al rockabilly, que no al rock and roll; cosas muy parecidas, pero con óptimas diferencias entre ellos. El rockabilly se va construyendo lentamente, como un buen guiso, sin alteraciones ni pedradas que lo perturben. De ahí que hubiera quien no conectó con los primeros compases del recital. Pero, de veras, fue fabuloso en su entereza; ella cantó como la elegida que es y solo espero que se quede en este campo mucho tiempo.

Corrosion Of Conformity expusieron que su material de los noventa sigue sonando vigente, no así lo que desgranaron de su plano último álbum, y The Hives fueron los culpables de que un jueves el recinto de Mendizabala presentase tan buena entrada. Personalmente, no conecto nada con ellos; no lo hago desde que los viese con Hellacopters a principios de los dos mil. La mayoría de sus canciones me parecen la misma, y todo lo excitante que pueda encontrar en ellos lo hallo en la energía que desprenden y los comentarios descacharrados de su cantante (cosa que a algunos les pareció cansino). Para culminar, The Adicts plantaron un cierre de altura a la jornada del jueves.

La lluvia hacía peligrar la actuación de los Del Fuegos a primera hora del viernes, pero el cielo se puso de su parte y los de Boston plantaron un recital elegante, auténtico y emotivo, mejor aún que el ofrecido hará poco más de un año en el teatro Zorrilla de Badalona. Peor lo tuvieron con la climatología los suecos Hällas, que debido al clima se vieron con el disfraz de druidas haciendo la prueba de sonido enfrente de la gente que esperaba verlos. Luego, todos corriendo a refugiarse por el chubasco que cayó al finalizar su segunda canción. El grupo volverá en breve a nuestros escenarios, para quien quiera disfrutar de su retro prog sin miedo a pillar un catarro.
En medio quedaban Los Enemigos, sustitutos a última hora de Counting Crows. Solo pude ver 20 minutos de su actuación, pero fue más que suficiente para comprobar que Josele Santiago está en plena forma, después de que recayera en lo que fuera que recayó hace unos meses y que le llevó a cancelar algún bolo. Los Enemigos están de vuelta, para bien.

Old Crow Medicine Show salieron a escena como un vaquero en un rodeo americano: enchufados, dispuestos a alzarse con el trofeo, gustando, sonriendo y sudando la camisa. Habíamos disfrutado de blues, retro rock, rockabilly, rock de alta frecuencia, metal pantanoso, nuevo rock americano de los ochenta, punk, prog y, mira por dónde, los Old Crow Medicine Show trajeron country, hillbilly, bluegrass y folk americano. Esto es el Azkena: si no llegas con las antenas puestas, mejor cambiar de dial. Y esperen, que mientras los Medicine ponían aquello patas arriba, los Circle Jerks de Keith Morris y Greg Hetson traían su hardcore californiano de vieja escuela. Sí, vieja, pero de la buena.
Sugar era el segundo plato fuerte del día, por ello tocaron a buena hora en el escenario grande. La banda que Bob Mould (Hüsker Dü) formó a principios de los noventa llegó con las energías justas. Quiero decir, dos años más adelante y esta reunión hubiera carecido de sentido, pues tanto el bajista David Barbe como el baterista Malcolm Travis no hubieran podido seguirle el ritmo a un Mould impecable, lleno de vitalidad y que, tanto en el plano vocal como con la guitarra, raya a gran altura. ¿Habrá ocasión de verle en el futuro empuñando el repertorio de Hüsker Dü junto al bajista Greg Norton?

Y claro, el plato principal: su majestad Alice Cooper. Carisma intacto, escenario y repertorio renovado (mucho de la etapa Epic y «Caught In A Dream», para regocijo de los viejos fans), banda cada vez más entonada en un hard que huele a heavy y la marcada (y aplaudida por el aquí firmante) ausencia de Nita, que ha sido sustituida por Anna Cara. Esto último obliga a Alice a volver descaradamente al primer plano del escenario de forma continua, cosa que parece increíble que suceda a sus 78 años. Pero así es él: renace cuando nadie lo espera (como el truco después de ser guillotinado), aparece con una versión de Nirvana que nadie le ha pedido y demuestra ser el rocker más en forma de toda la esfera Detroit cuando, a la hora y media de show, te destroza el cerebro a base de «Under My Wheels».

Sólo me queda saber si el año que viene Alice seguirá siendo lo más fiable y estable que quede por ver sobre un escenario. Lleva 60 años sorprendiendo, quién sabe. Al Coop solo le he visto ofrecer un par de conciertos de trámite de los 41 que llevo a su nombre. De esos dos, uno fue en el Azkena, edición 2009. Se ha resarcido. No dudaba que lo iba a hacer.
Texto: Sergio Martos
El sábado llegamos maltrechos con el cuerpo reventado de dos días anteriores y de un viaje, con ese maldito calor, que se hizo eterno y revolvió las entrañas, a pesar de que consiguiera que quedaran dentro de mi cuerpo. ¡No sé si fue buena solución, pero es lo que sucedió! No pudimos llegar a los locales Lepora y su hardcore y rock 90’s. Sí vimos algo de los Rodeo, con sus aires entre stoner y punk y que nos recordó algo a los estupendos Ezpalak.
Pero ya iba a empezar una de las destacadas actuaciones del día y acudimos para ver a los “transformados y transformada” (nunca mejor dicho) Vandoliers. También lograron transformar mi cuerpo por dentro y tras aplicar el obligado “camina o revienta”, caminamos, cantamos y bailamos con ellos sobre todo en esos temas especialmente veloces y más cercanos al punk-folk de los Pogues que a otros temas con raíces mucho más country y más americanas. Hasta la voz le ha cambiado a Jenni, pero no las ganas de comunicar y rockear.
El violinista, con su camiseta de Alan Jackson, tuvo también mucho y buen protagonismo. Jenni nos ganó al decirnos que su canción favorita para cantar era la emotiva ‘Cigarettes In The Rain’ y la verdad es que supuso un muy buen momento de su actuación y la gozó realmente con ganas. Otro destacado momento fue al facturar el puro country festivo de ‘You Can’t Party With The Lights On’. Pero la fiesta musical aún mayor, ya con el cuerpo en mejores condiciones, llegó con la muy coreada y potente ’16 Years’ que, casi, nos hizo sentirnos como si aún los tuviéramos. La propia Jenni y los suyos quedaron enormemente satisfechos y luego se pasearon por toros conciertos del reciento haciéndose fotos con las “Azkenitas” y departiendo amablemente con ellos.

Tocaba ver a una de las mejores bandas del indie-punk y el power-pop americano de los Superchunk. McCaughan cantó con su garra de siempre y se marcaron unos espectaculares guitarrazos junto a su compañero de instrumento. Estupendamente secundados por una batería incansable (con muy apropiada camiseta de las Bikini Kill) y un bajo especialmente gomoso, añadiendo ambas muchos buenos corros a lo largo del sudoroso bolo. En muchos momentos atizaron sonando más Pixies que los últimos Pixies y más punks que los estupendos Sugar del disco anterior. Nos cantaron al surf y nos hicieron navegar con sus aceradas guitarras con ‘Learn To Surf’. Aumentaron la tensión de sus cuerdas vocales y de las guitarras en ‘For Tension’ recuperada del “On The Mouth” (uno de sus discos clave) y luciéndose la bajista con esos logrados coros.
Marcaron sus propias reglas con los momentos más reposados, que fueron la excepción, para volver a desparramarse más hacia el final con guitarreos que parecían del Mascis en los mejores Dinosaur Jr, o en los momentos más agresivos de The Feelies. Tocaron el cielo con ese gran himno que es ‘Crossed Wires’ y sacaron su lado más punk y salvaje con una brutal ‘Slack Motherfucker’. El bis con la gigante ‘Hyper Enough’ dejó a todo el mundo satisfecho, agotado y sudoroso.

Quería ver en directo al dúo Sleaford Mods, porque bastante gente hablaba bien de su rap post-punk, spoken word y su actitud chulesca, y sin pelos en la lengua, en escena. No fueron para mí. Además, una propuesta así, pedía un mayor volumen tanto en la voz como en las bases electrónicas y no lo sentí de esta forma. Muchos tocamientos, muchos fuck y buena pancarta con el reivindicativo “War Child”, pero no me llegaban.
Y claro, teniendo en cuenta los malditos solapes, decidimos cambiar de aires y tomar un respiro. Para ello elegimos y creo que acertamos con el cuarteto mixto Starbenders. De nuevo con imponente y potente batería femenina y con buenas guitarras que viajaban del glam-rock de Sweet y Slade al hair metal de Guns ‘N Roses y hasta con destellos de la más potente Pat Benatar.
Tras este entretenido y vistoso aperitivo llegaba la actuación estelar, aunque no para un servidor, del día. Por cierto, a un horario extrañamente temprano con respecto a las de días anteriores. Los de Mike Ness comenzaron con su instinto asesino. Y de hecho arrancaron con ese ‘Born To Kill’ que titula su reciente y eficaz trabajo de regreso. Sin embargo el sonido sonó excesivamente “capado”, hecho este que fue mejorando algo.

El tatuadísimo Mike Ness salió, sin embargo, convencionalmente ataviado. Siguieron con un buen tema lento que emocionó a bastantes de los presentes. Muchos presentes que no se movieron a pesar de la molesta y creciente, por momentos, lluvia. Se acercaron con acierto al folk de Billy Bragg, pero con arrebatos a lo The Clash (como siempre ha dicho el propio Bragg) en una estupenda ‘Sometimes I Do’. Otro de los momentos más emotivos fue para una ‘Ball And Chain’ en la que nos habló algo de la dureza de la vida. Y él sabe bastante de eso pues ha pasado graves enfermedades, dependencias peligrosas, pero ha continuado en el camino.
De hecho culminó otro momento estelar con una pegadiza ‘Story Of My Life’ cuyo título habla por sí sola. Había muchos seguidores para los que los Social Distortion son parte esencial de sus vidas. De hecho había varios padres e hijos compartiendo y especialmente estuvieron encantadores un padre e hijo venidos desde Grecia para la ocasión. Nos marcamos algunos arrebatos de pogo con ellos aunque había algunas personas a las que no les hacía demasiada gracia. Fue la presentación escénica más sencilla y sin artificios entre los cabezas de cartel, pero culminaron una correcta actuación con los espectaculares y sentidos coros de la mayor parte del numeroso público con un hit como ‘Don’t Drag Me Down’, aunque quizás hubo demasiado espacio para el reciente nuevo disco.

Por último, solo queda remarcar que la mejor actuación del festival (para la gran mayoría del equipo rutero) fue la de Jason Isbell & The 400 Unit que sorprendió con una bandaza y un sonido muy electrificado que nadie de los presentes se esperaba. Un torrencial que se vino encima con una reinterpretación de sus temas en lo que por momentos parecía una jam band que el público absorbió concentrado y respetuoso, sabedores de que en ese escenario estaba ocurriendo algo histórico. El caso es que en los últimos tiempos con Drive-By Truckers parecía muy poco fino y casi boicoteando algunas de sus actuaciones. Sus problemas de pareja parece que han quedado atrás y rodeado de una fantástica banda (y Unida) dio un concierto que pocos olvidaremos y que nos encantaría repetir en distancias más reducidas.

Tampoco queremos dejar de comentar algo de otro de los bolos más reseñables del festival. Te hablamos de los Tropical Fuck Storm de Gareth Liddiard. Banda más adecuada para sala pero que funcionan bien en el Azkena como ya han demostrado en varias ocasiones, con momentos cargados de electricidad y sensaciones con idas de olla que parecen espasmos anárquicos sin control. Por cierto, su actuación tuvo un mal solape y nos perdimos The Termperance Movement que por los comentarios que nos llegaron también dejaron huella.
Texto: Txema Mañeru
Texto: Txema Mañeru
Y de esa sensible delicadez de Isbell pasamos a la tralla de Discharge, furiosos, rápidos, abrasantes, todo lo que se esperaba de ellos, la verdad. No decepcionaron. Pero una cosa es no decepcionar y otra triunfar, que es lo que hizo Carpenter Brut en el escenario principal. Tremendo.
La apuesta más arriesgada de esta edición (y de muchas otras) apabulló con un sonido brutal, con su propuesta synthwave, electrónica mezclada con guitarra metalera y mirando a los años 80, sobre todo a la temática de las películas de terror. Su trilogía “Leather” (“Teeth”, “Terror” y “Temple”) fue la base de una actuación demoledora, que puso a Mendizabala a bailar como si estuviéramos en aquella cueva de “Matrix” y que acabó con la versión del famosísimo “Maniac” de Michael Sembello de 1983. Una apisonadora brutal.
Y dos grupos para acabar, Alcalá Norte (presentes en el BBK Live 2024) que comenzaron con “Doctor Kozhev”, haciendo disfrutar a muchísima peña que se veía que estaban para verlos y no pasaban por ahí. Y enfilando la salida nos despedimos con Therapy?, que estaban revisitando su disco más celebrado, “Troublegum”, de 1994 y se marcaron bien pronto su versión del “Isolation” de Joy Division. Y con esa nostalgia noventera adiós, ya con ganas del Azkena Rock Festival del año que viene, en el que cumple sus bodas de plata, y eso promete mucho.
Texto: Michel Ramone

TRASHVILLE
El paso del tiempo nos enseña que, en muchas ocasiones, no se nos ha enseñado a reaccionar en ciertas situaciones, el no saber qué hacer con ciertas insinuaciones inesperadas y a la vez deseadas. Ahí te quedas de piedra sin saber qué hacer ni articular palabra. Y a mucha gente que ama el rock puede que le pase esto si se acerca al Trashville, ese espacio del Azkena Rock Festival en el que vas a ver lo que no pasará casi nunca por un escenario grande. Porque este es el reducto marginal, el circo freak, la morada de los que van más allá y vienen del más allá. Vamos, las propuestas diferentes en música, apariencia y manera de vivir de esta ponzoña maravillosa que corre por nuestras venas.
Y hubo de todo. Por citar algunas propuestas el Do It Yourself del encapuchado Captain Trasho (guitarra y batería a la vez), la aceleración punk de las catalanas Radioactivas (ese vestido con la ikurriña de la vocalista), el surf instrumental de Les Robots (muy marciano todo, pintas y sonido) el primer día del Festival. El viernes los japoneses The Stompin´ Riff Raffs nos recordaron (pero en mejor) a la visita de The 5,6,7,8´s en 2018, sacando chispas al theremín, los británicos Henge con su viaje interplanetario (venían del planeta Agricular… y nos lo creemos), la segunda visita de The Dwarves (la otra fue en escenario grande, menos intensa que esta) y el punk básico de Restless Ramone, con su vestido femenino de leopardo, haciendo que los propios Ramones parecieran a su lado un grupo de progresivo, pero cumplió bien con su cometido. Y el sábado fin de fiesta con quizás el mejor grupo que ha pasado por la carpa, Bridge City Sinners, liderados por una atómica Libby Lux facturando un folk punk de alto nivel que puso a bailar a todo el Trashville, que presentó llenos absolutos, bien por las tormentas que siempre acaban apareciendo sin ser invitadas en el Azkena, bien porque la gente ya sabe que aquí hay oro oculto. Quién sabe si en el futuro el propio Trashville se convierta en un festival de sala aparte, porque lo está pidiendo a gritos.
Texto: Michel Ramone






