No es fácil sonar a algo propio cuando el country moderno se pasa el día coqueteando con el pop y con fórmulas que ya vienen medio hechas de fábrica. Midland, aun así, sigue a lo suyo en Stages. Aquí no hay grandes giros ni ganas de reinventar nada. Hay más bien una especie de refugio en lo clásico, en ese sonido de bar al borde de la carretera, con guitarras que no buscan sorprender y una pedal steel que parece llevar toda la vida ahí, sin moverse demasiado de sitio.
El disco funciona cuando no intenta hacer más de la cuenta. Cuando se apoya en canciones sencillas, bien armadas, que entran sin pedir permiso. «Marlboro Man», «Drinkin’ Dark Whiskey» o «Vaquero» tienen ese punto entre nostalgia y oficio que sostiene el conjunto. No todo tiene el mismo pulso, y hay momentos en los que la cosa se queda un poco plana, como si el guion ya estuviera demasiado visto. Pero aun así el álbum se deja escuchar con gusto, sin imposturas, como un viaje corto en coche con la radio puesta y nada urgente por resolver.
Eduardo Izquierdo






